Una gobernanza sanitaria para una salud a la deriva

Instituciones sólidas, mapa sanitario, comunicación inteligente y una administración “sana”, es decir, libre de mercadeo, corrupción y manipulación política

(EFE/ José Pazos/Archivo)
(EFE/ José Pazos/Archivo)

“En la tempestad, lo importante es mantener el rumbo” (Joseph Conrad)

Exponerse a la comunicación e información diaria implica atravesar un verdadero mar de sargazos en el que resulta imposible mantener el rumbo fijo. Entre cantos de sirenas y también voces lúcidas que advierten sobre una u otra cuestión a tener en cuenta, es fácil detenerse en aspectos parciales que por más válidos que resulten no terminan sino por empañar la totalidad real. En lugar de este espejo astillado, debemos enfocar en atender la complejidad del desafío con rigurosidad conceptual en lugar de discursos altisonantes que pretenden sintetizar “la cifra” de nuestro tiempo en una idea más o menos elocuente.

El descalabro que ha suscitado la pandemia del COVID-19 sin duda alcanza las más disímiles aristas de la vida. Pero semejante amplitud no hace sino confundir y generar desviaciones sobre lo que debiera ser el foco sanitario central: generar una co-gobernanza de gestión política-científica que minimice el impacto en la salud de la población, bajo la coordinación profesional de un gabinete nacional que actúe sobre la totalidad del territorio.

El nodo central en la Argentina pasa por la decadencia y degradación del sistema (en verdad, asistema) sanitario y el anacronismo (cristalización) gubernamental resultante de la incapacidad más negligencia, ignorancia, miopía, ceguera y amnesia social potenciada por la dislocación económica y la desigualdad social. En definitiva, la pandemia constituye un fenómeno político, social y cultural total a partir del cual debemos afinar la estrategia sanitaria, la consecuente táctica y logística.

La necesidad imperiosa es la de una Gobernanza Sanitaria (autoridad científica) sana, entendiendo por “sana” a la ausencia de mercadeo, corrupción y manipulación política que restablezca:

• instituciones sólidas,

• un mapa sanitario actualizado que posibilite la detección temprana que mitigue el impacto y el entrenamiento en protocolos procedimentales de los profesionales actuantes, y

• una comunicación inteligente que evite la confusión ante la complejidad y el aturdimiento dado por cifras sesgadas e investigaciones no validadas.

De esta manera, se evitaría el ir y venir del pánico al descuido o desatención, de la preocupación al agotamiento. La llave maestra para atenuar el impacto pasa por el índice de la capacidad de manejo de la tríada de Testeo-Rastreo-Trazabilidad en el aislamiento y por consiguiente un equilibrado conocimiento logístico. La performance argentina resulta claramente insuficiente. Más allá de matices y especificidades de cada número, tengamos en cuenta lo siguiente: en Chile se realizan 170.000 testeos por millón de habitantes, mientras que en Argentina son 40.000. Uruguay, por su parte, cuenta con 300 testeos por cada infectado; mientras en nuestro país apenas son dos. Datos estos más que significativos.

Por otro lado, si para algo debiera servirnos la pandemia, es para dejar clara la necesidad de formar a los médicos que sí tenemos en las especialidades que faltan (o que urgen) y en su distribución geográfica adecuada. Por no hablar del reducido número de personal de enfermería que contamos en nuestro país. Para ello, resulta indispensable la articulación entre los Ministerios de Educación, de Salud y las Universidades.

Se requiere de formación profesional que conjugue saber (formación académica) con saber hacer, es decir, la práctica clínica y pericia instrumental (las residencias). El médico requiere precisión y destreza en los procedimientos y no un listado de protocolos normativos, como los que se brinda al conjunto de la población (lavado de manos, mantener la distancia interpersonal, uso de barbijos).

Por último, debemos sistematizar los aprendizajes que se están produciendo sobre la marcha, como por ejemplo los que se han obtenido en el manejo terapéutico de antibióticos, analgésicos, corticoides, entre otros. Asimismo, detectar los equipos que han funcionado con óptima suficiencia (como el SAME) para discernir los componentes a reforzar y formas para replicarlo en otros equipos.

La detección de fallas es inescindible del progreso médico. Ante la falta central del “Registro Nacional de Situaciones Adversas”, se podría instrumentar un equipo ad hoc para hacer el relevamiento de este capítulo fundamental. Por último, diagramar el camino crítico para distintos escenarios, por ejemplo, la esperada vacuna, que lejos de ser una cura milagrosa, implica planificar la logística para un riguroso Programa de Vacunación, desde la recepción, guardado, trazabilidad, distribución, aplicación y seguimiento.

A la hora de la verdad, frente a esta situación extrema y recurriendo a lo descripto por Joseph Conrad en Tifón -“El viento ataca como un enemigo personal, y el vendaval aísla al hombre de la humanidad. A esa tempestad se la enfrenta, no se huye”-, debemos enfrentar un doble desafío: el temporal pandémico y las olas de miedo que éste genera.

El autor es doctor en Medicina (UBA), director académico de la especialización en “Gestión Estratégica en organizaciones de Salud” (Universidad Nacional del Centro) y de la Maestría de Salud Pública de la Universidad del Aconcagua, Mendoza.



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