Las dos crisis de la Argentina

La primera es la que vive todo el mundo; la segunda es propia de nuestro país y tiene efectos negativos en la estabilidad institucional, lacerantes consecuencias en la vida cotidiana de millones ciudadanos y una recurrente sensación de desencanto y frustración de expectativas

Sociólogo, autor del libro "Gustar, ganar y gobernar" (Ed. Aguilar)
REUTERS/Carlos Garcia Rawlins
REUTERS/Carlos Garcia Rawlins

Las grandes crisis siempre dejaron huellas indelebles en la humanidad. Si bien algunas fueron más hostiles que otras con respecto a nuestra civilización, el ser humano ha demostrado hasta hoy una notable capacidad de resiliencia que ha permitido la supervivencia de la especie. Naturalmente esa persistencia sólo pudo ser posible de la mano de adaptaciones y cambios en prácticas y hábitos culturales, sociales, políticos y económicos.

En los días que corren, Argentina vive atrapada entre dos crisis. Una es la que afecta de igual manera a todo el mundo, cuya resolución sólo será definitiva una vez que la humanidad logre disponer de la vacuna que varios laboratorios buscan en una carrera frenética por alcanzar la tan ansiada inmunidad. Pero la segunda crisis es propia de nuestro país, incubada hace ya varias décadas, con efectos negativos en la estabilidad institucional, lacerantes consecuencias en la vida cotidiana de millones ciudadanos y una recurrente sensación de desencanto y frustración de expectativas.

Lo que las crisis nos dejaron

El mundo asistió atónito ante la irrupción del COVID-19, virus que tomó por sorpresa a la mayoría de los gobiernos del mundo. Sin embargo, la historia de la humanidad está marcada, en parte, por el surgimiento de distintas adversidades, que en muchos casos constituyen verdaderas “crisis civilizatorias”, y cómo se las ha superado. Más allá de los significativos eventos bélicos que signaron el destino de la humanidad durante el siglo XX, cabe recordar, entre otros casos, la peste negra hace siete siglos y la gripe española hace uno.

La peste negra en el siglo XIV, la cual se estima extinguió a por lo menos uno de cada tres europeos, dio cuenta de la necesidad de mantener ciudades con mayores estándares sanitarios y de higiene. Al igual que ocurre en la actualidad, el comercio y sus extensas ramificaciones globales extendieron rápidamente la peste negra a diversas localidades por la ruta de la seda. Algunos investigadores identifican que la muerte de millones de trabajadores feudales y la consecuente movilidad que significó el traslado de los sobrevivientes a locaciones donde recibían mejoras económicas, fue el inicio del fin del feudalismo. Las personas no morían donde nacían, sino que migraban buscando mejorar sus propias vidas y brindar mejores oportunidades a sus familias.

Lo mismo ocurrió con la gripe española, la cual aniquiló más vidas que la, por entonces, recientemente concluida Primera Guerra Mundial. Sin embargo, se superó incorporando adaptaciones. Entre las más significativas y vigentes al día de hoy está el sistema de salud público, un factor determinante para mejorar los estándares sanitarios en las sociedades. Sumado a ello, la idea de que acciones sociales pueden impactar positiva o negativamente en enfermedades individuales recobró valor. Es cierto que la cuarentena no es un invento del siglo XX (ya durante la peste negra se implementó como medida preventiva en diversos puertos marítimos), pero sí, tras los resultados en Estados Unidos de los actos públicos en Filadelfia y la prohibición de ellos en Sant Louis, comenzó a ser un caso de estudio. Por otro lado, los devastadores resultados por parte de la primera gran conflagración mundial y la gripe española propiciaron que millones de mujeres pudiesen encontrar demanda laboral, en una sociedad que tenía que reconstruirse pero que no contaba con mano de obra masculina.

Muchas de las transformaciones y los efectos sociales que están ocurriendo de la mano del COVID-19, ya están impactando en nuestra vida tal y como la conocíamos. La tecnología de la comunicación, por ejemplo, aceleró tanto su cobertura como su uso. Millones de personas en todo el mundo que nunca habían usado servicios de video conferencia como Skype tuvieron que tomar cursos, reunirse, trabajar o generar encuentros sociales y familiares por Zoom, Google Meet y otras plataformas que surgieron o se visibilizaron al calor de una necesidad concreta. Por otro lado, la muchas veces subvalorada agenda ecológica recobró fuerzas, no solo tras los incesantes incendios en Argentina y en otras partes del mundo, sino al ver lo rápido que el medioambiente recuperaba su vitalidad al frenar la contaminación que resultaba del consumo masivo, la producción industrial y la dinámica cotidiana de traslados en autos particulares y transporte público.

Si miramos la política, el incremento vertiginoso que evidenciaron las imágenes públicas de los liderazgos ejecutivos en Argentina, pero también en otros países al comienzo de la pandemia y en consecuencia con las decisiones adoptadas, fue lentamente horadado por la caída de la economía y sus dificultades para crecer en este contexto. Si bien cada país tiene sus matices, lo cierto es que la mayoría de las naciones atraviesa un clima de desánimo y descontento por parte de su población, producto de la recesión o desacelaración económica, las expectativas futuras, la incertidumbre en relación al futuro de ciertas actividades y el empleo vinculado a ellas, entre otros factores.

Dólar: tradicional síntoma de una economía de incertidumbre

En Argentina, uno de los matices más complejos con el que cualquier gobierno debe lidiar es el dólar. Indudablemente, en tiempos de gran incertidumbre como estos, cuando no se sabe el real alcance temporal de la situación generada por la pandemia, donde no se puede precisar cuándo se dispondrá de una vacuna ni se puede arrimar a una fecha tentativa en la que se recupere gran parte de la dinámica económica, el dólar es uno de los pocos objetos que materializa certezas para muchos argentinos.

Sería ingenuo pensar que el dólar no está en la agenda pública –aun en la de quienes no acceden al mercado cambiario- desde los últimos dos, tres o cuatro gobiernos. Algunos investigadores señalan que ya desde la década de 1930, pero en particular desde la década de 1950 y 1960, la cotización y centralidad del dólar es un tema recurrente en la discusión pública. En ese lapso, la divisa estadounidense pasa de frecuentar las calles del microcentro donde se comercializaba a estar en los medios de comunicación, el teatro, la literatura y otros medios culturales.

No es casual, entonces, que Argentina sea el segundo país con mayor tenencia de dólares per cápita del mundo, mientras que Rusia es el segundo país con mayor volumen de dicha moneda en reservas. Es cierto que el mundo globalizado en general y el comercio en particular encuentran en ese papel moneda un medio de cambio confiable y cuasi universalmente aceptado. Es evidente que la suba o baja de la divisa impacta en los precios de los bienes y servicios tanto que compramos como que vendemos. Pero la particularidad de la ligazón que los argentinos tenemos con el dólar va mucho más allá del vínculo con una situación económica particular: es un refugio frente a la incertidumbre y las frustraciones acumuladas, una referencia que hacemos respecto a su valor y el valor de inmuebles, una capacidad de ahorro o de realizar cálculos económicos de mediano y largo plazo.

Como todo en el ámbito social, su explicación no es caprichosa y responde a más de un factor causal. Sin dudas, unos de los más importantes son las recurrentes crisis económicas, procesos inflacionarios y debilitamiento (con consecuentes cambios) de moneda que vivimos desde la segunda mitad del siglo XX, y en particular desde la década de 1970. El patrón de frustraciones acumuladas al calor de las sucesivas crisis, recesiones, escaladas inflacionarias y devaluaciones, ha tenido indudablemente un impacto muy fuerte en la valoración social que tiene la divisa estadounidense para muchos argentinos.

Pero el dólar no es para los argentinos solo una fuente de atesoramiento y refugio ante potenciales crisis, sino que es también uno de los termómetros con los cuales las personas “miden” la fortaleza o debilidad de un gobierno. Si el dólar baja o sube, si está en mayor presencia en los medios, si nuestros amigos y vecinos hablan del dólar, quiere decir que algo está pasando. Quizás la mayoría de las personas no entienda técnicamente a qué se deben las turbulencias y oscilaciones cambiarias, pero lo cierto es que, como seres humanos que buscamos constantemente salvaguardarnos y evitar la incertidumbre, ante la duda recurrimos a esa moneda “fuerte”.

En este contexto, la política argentina -y no sólo sus gobernantes de turno- tiene un desafío compartido frente al dólar: generar certidumbre en la población. Pocos candidatos a presidentes y casi ningún presidente pudo eludir hablar del dólar. Como mencionamos, no es un trabajo exclusivo de un Ejecutivo dado que el dólar no es un problema que afecta a un sólo gobierno, pero sino logramos construir confianza duradera en nuestra moneda -uno de los atributos clásicos de la soberanía de las naciones- será difícil planificar e implementar medidas económicas exitosas en el mediano y largo plazo. Medidas que pongan de una vez y para siempre al país en una senda de progreso.

*Sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (Parmenia, 2019)



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