La Argentina sufre la falta de ideas

Cuando observamos el panorama intelectual argentino nos encontramos con un debate dominado por el corto plazo y que, en la mayoría de los casos, carece de rigurosidad

 REUTERS/Agustin Marcarian
REUTERS/Agustin Marcarian

Una vez más, los cambios que estamos observando en el escenario internacional muestran la importancia que tienen las ideas. Para entender la situación actual permítanme retroceder en el tiempo.

Ya entrada la Guerra Fría, en los Estados Unidos se dio un proceso llamado fusionismo. El fusionismo fue el resultado de un acuerdo entre líderes intelectuales y políticos del liberalismo y del conservadurismo. Luego de siglos de disputas, estas dos escuelas de pensamiento y gobierno sellaron una alianza debido a que enfrentaban un enemigo común: el socialismo. De esta forma, y luego de mucho debate, surgió un cuerpo intelectual que a grandes rasgos defendía los principios liberales en el plano económico y los conservadores en el social. Políticamente, el fusionismo sería liderado en Estados Unidos por Ronald Reagan y en Gran Bretaña por Margaret Thatcher.

Pero una vez finalizada la Guerra Fría, ya habiendo alcanzado su objetivo, esta alianza comenzó a deshacerse. El liberalismo pasó entonces a acercarse a visiones más progresistas en el plano cultural, produciendo así una ideología más afín a las elites modernas. Líderes como Tony Blair y Bill Clinton reflejaron un ideario que aún hoy sigue escuchándose en foros internacionales de negocios y leyéndose en algunos de los principales diarios del mundo.

La preponderancia de este discurso comenzó a disminuir unos años atrás. Líderes como Vladimir Putin en Rusia, Narendra Modi en India, Recep Erdogan en Turquía, Jair Bolsonaro en Brasil y Donald Trump en Estados Unidos encarnan la respuesta del conservadurismo frente al liberalismo progresista y a las élites que lo promueven. Profundamente antielitista, esta nueva camada de conservadores ha adoptado políticas nacionalistas y, si bien capitalistas, abandonaron algunos de los pilares del liberalismo económico. Efectivamente, tienden a priorizan metas como la estabilidad social o la autonomía nacional sobre la búsqueda de la eficiencia económica o la profundización del proceso de globalización.

Un ejemplo del éxito que han alcanzado el conservadurismo moderno es la conformación de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Un concepto central del conservadurismo de este país aplicado el ámbito jurídico es el originalismo, una familia de teorías que sostiene que los jueces no deben interpretar las leyes para de esta manera adaptarlas a los tiempos actuales. Deben, por lo contrario, atenerse a los deseos de los legisladores que redactaron estas normas y en particular la Constitución Nacional. Luego de que durante décadas la agenda progresista avanzara en las cortes estadounidenses, el originalismo comenzó su ascenso al poder gracias al trabajo de una organización llamada The Federalist Society.

Esta organización ha promovido el nombramiento de jueces conservadores en todo el país y ahora uno de sus miembros, Amy Barrett, está a punto de ser nombrada juez de la Corte Suprema. De esta manera se convertiría en el sexto juez conservador de los nueve que conforman el supremo tribunal. Esta amplia mayoría les permitirá a los conservadores influir durante décadas, más allá de quien sea el presidente de los Estados Unidos, en temas como el aborto o el grado de intervención del Estado en la economía. Las ideas tienen consecuencias.

Las ideas también juegan un rol central en los debates que se están dando dentro de la izquierda. En las últimas décadas la socialdemocracia fue adoptando un discurso liberal progresista, lo cual la llevó a perder parte de su base electoral. En efecto, muchos trabajadores estadounidenses y europeos comenzaron a votar a conservadores populares como Trump o Boris Johnson. Por otra parte, hoy comienza a tomar fuerza una izquierda más radical que tiene como objetivo producir un cambio profundo en las políticas públicas para combatir el racismo, las desigualdades de ingreso y el calentamiento global.

Detrás de estos movimientos hubo pensadores. El fusionismo fue impulsado por el escritor William Buckley y el filósofo Frank Meyer, mientras que entre las bases intelectuales del conservadurismo popular encontramos los últimos escritos del politólogo Samuel Huntington y el pensamiento del novelista francés Michel Houllebecq. En la izquierda, el economista Thomas Piketty enfatiza los problemas que produce la desigualdad mientras que el filósofo Jean Claude Michéa denuncia la agenda identitaria de la izquierda moderna, proponiendo una vuelta a un socialismo más respetuoso de la institución familiar y de la vida comunitaria. Finalmente, Francis Fukuyama y el israelí Yval Noah Hariri continúan defendiendo los principios liberales. En definitiva, en Occidente el debate de ideas goza de buena salud.

Pero cuando observamos el panorama intelectual argentino nos encontramos con un debate dominado por el corto plazo y que, en la mayoría de los casos, carece de rigurosidad. Resulta crucial entonces que comencemos a generar espacios en donde se den algunos de los debates que he mencionado. Esto nos permitirá no sólo entender el mundo en el que vivimos sino también focalizarnos, al menos por un momento, en el largo plazo.

El autor es secretario general del CARI y global fellow del Wilson Center



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