Ser mejores personas o testigos del fin de la humanidad

Podemos aprovechar del coronavirus y su convulsión mundial para sanarnos y sanar el medio ambiente

Personas caminan en las calles de la ciudad este lunes en Buenos Aires (Argentina). EFE/Juan Ignacio Roncoroni
Personas caminan en las calles de la ciudad este lunes en Buenos Aires (Argentina). EFE/Juan Ignacio Roncoroni

Más allá de las teorías conspirativas, si estamos en medio de una guerra biológica, si el coronavirus es un arma invisible o un invento de laboratorio para luego vendernos la vacuna, (lo que no sería nada raro), lo cierto es que esta peste nos presenta la posibilidad, tal vez la última, de un cambio en el paradigma de ser humanos. Nadie puede negar que el espíritu de la época viene moldeado desde hace años por un capitalismo cada vez más feroz, dando por resultado seres individualistas y competitivos, cuyo mayor anhelo es el crecimiento económico, acumular bienes, consumir. Tengo luego éxito, sería la máxima cartesiana que mejor define al humano inscripto en este tiempo, donde el tener dinero y cosas materiales le fue otorgando mayor consistencia a su ser y estar en el mundo. Desde esta ideología imperante, las personas y la naturaleza pasaron a ser recursos de los que hay que servirse, como sea, para crecer en lo material, para tener más. Uso y descarte tanto de las cosas como de la tierra, los animales, los vegetales y los seres humanos. Y así el planeta se ha convertido en un gran tacho del que se sacan productos, cada vez menos, pero también en el que se tira basura que tardará en degradarse millones de años.

El ser y el estar en el mundo quedó definido por una conquista arrolladora, avanzar por sobre las vidas y la naturaleza sin medir las consecuencias. ¿Pero quién inició este juego en el que la mayoría empezó a jugar para hoy estar jugados? La naturaleza y la vida en todas sus expresiones están profundamente afectadas. Entre tantas especies extintas, el ser humano puede ser la próxima. El equilibrio ecológico, la unión milenaria entre los seres humanos, la tierra, los animales y las plantas están en una crisis sin precedentes. Todo es arrasado por la voracidad consumista, todo lo existente pasa a ser un recurso para apropiárselo, usarlo y descartarlo. Los seres humanos, la naturaleza, con su vegetación y seres vivos, en el mismo combo, como parte del engranaje de la maquinaria capitalista que solo ha logrado una paradoja perversa: que la riqueza material esté en manos de unos pocos, mientras el mundo se divide entre consumistas que cambian su tiempo de vida trabajando para consumir, y millones de pobres que no tienen techo ni comida.

Pero el coronavirus llegó para desacomodar los papeles de la existencia. Muchas veces se necesita de un síntoma o de una enfermedad para detener el aturdido vivir, para registrarnos y registrar nuestro alrededor. La tierra, como un organismo vivo, también ha enfermado. Los seres humanos, desde una absurda omnipotencia, desatendimos las señales sutiles, los síntomas que el planeta nos viene mostrando. Entonces llegó esta pandemia para poner una pausa y decirnos que no va más, no así como veníamos viviendo. Vivimos y sobrevivimos naturalizando la desigualdad social, la violencia urbana, la toxicidad ambiental, los desmontes, los agronegocios y sus pesticidas, el maltrato animal y el salvajismo de su industria, al punto tal de que ya no se puede ni siquiera tomar sol ni agua sin filtros, algo tan básico, tan determinante para la vida.

Somos los vencedores vencidos. Los consumidores consumidos. El ser humano cayó en su propia trampa: corriendo detrás de la zanahoria impuesta por ideologías que aborrecen la vida, en el camino sumó ambiciones desmedidas e innecesarias para terminar llenos de estrés, ansiedades, angustias y miedos. En la velocidad por una carrera, por lograr un status, un nombre, una empresa, el ser humano olvidó su vínculo ancestral con la tierra, con el tiempo sin tiempo, con el amor a la vida y lo vivo más allá del poseer. Los que manejan el poder crean subjetividades y también las destruyen acorde marchen sus negocios. El ser esclavo del capitalismo trabaja de sol a sol mientras el poder económico real lo acumula el 1% de la población, un puñado de ricos que se divierten observando a la gente que consume mientras se consume, que cree usar y descartar cuando en realidad es usada y descartada.

Podemos aprovechar del coronavirus y su convulsión mundial para sanarnos y sanar el medio ambiente. Para salir de ese engranaje perverso y que resurja la vida por encima de la competencia y el consumo. Romper la burbuja del individualismo para que nos encontremos en lo solidario, en la interconexión, sabiendo que somos sujetos interdependientes, para el bien, como para el mal. Nadie se salva solo. Destruir la naturaleza es destruir nuestra casa, es destruirnos. No estamos por encima de la naturaleza ni de los demás, somos parte de un todo en permanente interacción. Nos hicieron creer que el secreto estaba en la conquista, en los logros personales, en la autosuperación, y así se reventó el equilibrio social y ecológico. Desatendimos nuestros deseos más profundos por comprar el producto que nos impusieron. El mundo se ha convertido en un campo devastado donde aun así se sigue compitiendo sin que importe lo fundamental: la calidad de vida. El maltrato humano, animal y de la naturaleza en general entró en su recta final. Si no modificamos los vínculos sociales y con la madre tierra, vendrán peores pandemias. Volver a humanizarnos, ser parte de una sociedad cooperativa y no competitiva, en comunión con la naturaleza y sus criaturas, ese es el nuevo desafío para ser mejores personas o últimos testigos del fin de la humanidad.

El autor es psicólogo y escritor


MAS NOTICIAS