La falta de meritocracia en la Argentina no significa que el ideal sea perverso o que no tenga nada para aportar

Sería similar a decir que, como no tenemos la vacuna contra el coronavirus, entonces las vacunas son malas. Confunden lo que ocurre con lo que debe ocurrir

(Shutterstock)
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Mucho se ha hablado sobre la “meritocracia” a raíz de los comentarios del presidente y de otras personalidades públicas. En este espacio introduzco dos reflexiones sobre el tema, aunque haciendo antes dos aclaraciones terminológicas.

La primera aclaración es que defino “mérito” como una combinación de talento y esfuerzo. Estas dos dimensiones del mérito son conceptualmente diferentes, aunque en la práctica pueden superponerse (por ejemplo, haciendo esfuerzo para desarrollar un talento). La segunda aclaración es que defino “meritocracia” como un sistema político, social y económico que premie el mérito en el ámbito público: es decir, en el campo comercial, científico, académico, artístico, deportivo, etcétera.

No me pronuncio aquí sobre el mérito en el ámbito personal. Por ejemplo, hacer mérito para agasajar a nuestra pareja o para ayudar a un amigo en un momento difícil. En otras palabras, me enfoco en la idea de “mérito” como aplicada a lo que el filósofo norteamericano John Rawls llamó “la estructura básica de la sociedad”. Es decir, las principales instituciones políticas, sociales y económicas. Comencemos ahora con las dos reflexiones.

En primer lugar, muchos de los debates actuales sobre la meritocracia giran en torno a una confusión entre dos sentidos diferentes de este término: el descriptivo y el normativo. En un sentido descriptivo, “meritocracia” significa que, en los hechos, tenemos un sistema en el que el éxito de las personas es una función del mérito que hacen, y no de su trasfondo social: que, en los hechos, la razón por la que hay ricos y pobres es que algunos son más talentosos y se esforzaron más que otros.

En cambio, en un sentido normativo, “meritocracia” significa que debemos aspirar a que haya un sistema de estas características. No es una tesis sobre lo que de hecho ocurre, sino sobre lo que debe ocurrir (un ideal regulativo que debe guiar el diseño de las instituciones). Alguien puede negar la tesis descriptiva (porque no hay meritocracia), y aún así insistir en que la tesis normativa es correcta, es decir, que debemos aspirar a un sistema meritocrático.

Muchas veces, intencionalmente o no, quienes se pronuncian en contra de la meritocracia confunden estos dos sentidos. Parten de la premisa (correcta) de que en Argentina no hay meritocracia (tesis descriptiva), y de esa descripción infieren que la meritocracia es un ideal perverso o que no tiene nada para aportar. Algo así como decir que, como no tenemos la vacuna contra el coronavirus, entonces las vacunas son malas. Confunden lo que ocurre con lo que debe ocurrir.

La segunda reflexión alude a una metáfora que a veces se usa para explicar la noción de meritocracia: la “carrera”. La idea es que, como la vida es una carrera, todos deben empezar en la misma línea de largada. Si ocurre esto, no habrá problema en que algunos lleguen más lejos que otros, dado que será porque son más talentosos o se esforzaron más. Entonces, quien quede atrás no podrá reclamar nada. Es lo que se conoce como “igualdad de oportunidades”.

Afortunadamente, la realidad no tiene que ser tan dura. La vida no tiene que ser una carrera. Una carrera es un juego de suma cero: uno trata de adelantarse para dejar atrás a otros, así que la ganancia de uno implica la pérdida de otros. La sociedad no tiene que devenir en esto.

Cuando las instituciones están adecuadamente diseñadas (en resumen, un sistema republicano, una economía de mercado, servicios públicos de calidad y acceso al crédito), el progreso de uno se traduce también en beneficios para otros. De hecho, cuando las instituciones están bien diseñadas, la principal forma de progresar es beneficiar a otros. A modo de ejemplo, ese producto que un empresario fabricó ahora está a disposición nuestra. Entonces aplaudimos su éxito, porque también nos benefició a nosotros. Y además, sin darse cuenta, envió la señal a otros empresarios de que allí hay una oportunidad para progresar. De forma similar, esa innovadora idea que se le ocurrió a un emprendedor será imposible de implementar sin ayudar a otros; por ejemplo, creando fuentes de trabajo. Y celebramos que un estudiante de medicina, provenga de donde provenga, se haya destacado y recibido con todos los honores, porque el día de mañana estará en el hospital público más prestigioso atendiendo a quienes lo necesiten.

El objetivo de una sociedad no debería ser medir la performance relativa de las personas, sino convertirse en un lugar seguro y habitable para todos. La sociedad no es una carrera. Nadie necesita ganar. Nadie necesita perder.

Si acaso hay algún mérito en estas reflexiones, será el de haber contribuido a enriquecer, al menos un poco, el debate público sobre estas cuestiones.

El autor es profesor investigador de la Escuela de Derecho de la Universidad Torcuato Di Tella

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