El reino del revés y las cuatro pandemias

En el sexto mes de cuarentena, solo quedan sus devastadores efectos y el nacimiento de otras tres Pandemias, junto con varias restricciones a las libertades individuales

Un hombre revisa su celular frente a locales comerciales cerrados en Buenos Aires(EFE/ Juan Ignacio Roncoroni)
Un hombre revisa su celular frente a locales comerciales cerrados en Buenos Aires(EFE/ Juan Ignacio Roncoroni)

En uno de los clásicos libros de María Elena Walsh, con su enorme poder de creación, anticipó la historia que hoy nos toca vivir. La canción comienza diciendo: “Me dijeron que en el reino del revés nada el pájaro y vuela el pez”.

En el reino del revés, versión 2020, la fantasía se vuelve a convertir en realidad una vez más. El 20 de marzo nos dijeron que entrábamos a una cuarentena estricta, pero nunca nos mencionaron que se iba a extender hasta la actualidad. El reino del revés en su máxima expresión. Hoy convivimos al mismo tiempo con cuatro pandemias a seis meses de declarada la primera: la pandemia de salud.

En marzo nuestro país se paralizó. Todos nos “guardamos” en nuestras casas. Cerramos empresas, negocios y comercios. Acatamos ejemplarmente, más allá de algún improvisado surfista, las órdenes de nuestro Presidente, quien vio subir sus niveles de aceptación pública de una manera antes impensada.

La sociedad entendió que era un esfuerzo necesario, para prepararnos, estar a la altura de los desafíos que se debían enfrentar en materia de salud. Eso estuvo muy bien. Pero nunca se nos dijo ni anticipó que llegaríamos a seis meses y aún sin saber cuándo terminará todo esto. Esa falta de información y previsión no permitió que, quienes debían tomar otro tipo de decisiones, como, por ejemplo, las empresas, pudieran actuar en consecuencia. Eso estuvo mal. A seis meses del día uno, podemos decir que el plan implementado no fue exitoso.

Hoy, nuestra nación alcanzó el top ten mundial en el ranking de los contagios. La propagación del virus en nuestra sociedad es una realidad que, de momento, pareciera no tener piedad, ni con los gobernantes, ni con los gobernados.

Todos tenemos un contagiado cercano y sabemos que el virus nos espera a la vuelta de la esquina. Transitando ya el sexto mes de cuarentena ahora “flex” la argentinidad al palo nos pone de cara a la hipocresía de hablar de cuarentena, cuando ya no lo es. Solo quedan sus devastadores efectos y el nacimiento de otras tres Pandemias, junto con varias restricciones a las libertades individuales.

La segunda pandemia que debemos enfrentar al mismo tiempo es la de la economía. La situación de bolsillo es realmente crítica. Lo que a finales de 2019 era malo, hoy parece ser el paraíso.

La gran mayoría de las PyMes están al borde del colapso. Se han perdido cientos de miles  de puestos de trabajo, pero vemos que se hace un “acto” oficial para celebrar la contratación de unos pocos trabajadores. El reino del revés 2020 en su máxima expresión.

Se prohibieron los despidos, los desalojos, las ejecuciones hipotecarias. El estado puso “octava” en la máquina de imprimir billetes, y a toda velocidad se fueron cubriendo los baches que generó la parálisis más absoluta que tuvo nuestra nación en toda su historia moderna.

Pero, a esa misma velocidad, el virus se fue propagando de manera implacable, a la vez que la economía nacional alcanzaba niveles récords en una caída que parece aún no tener fondo.

Y esa parálisis de la nación tiene sus consecuencias. Y, esas consecuencias las pagamos todos, de una u otra manera, todos los argentinos vamos a salir peor de lo que estábamos el histórico 20 de marzo de 2020, día “uno” de la cuarentena nacional y popular.

“Misteriosamente” el proyecto de ley aprobado el pasado 31 de julio por la cámara de diputados, dando media sanción a la Ley que suspendía los pedidos de quiebra, ejecuciones y otras yerbas hasta el 31 de marzo de 2021, se paralizó en la cámara de senadores, donde la agenda se centró en la reforma judicial. Al mismo tiempo se impulsa una reforma judicial, que, cuanto menos, es inoportuna.

Podríamos hacer una larga lista de situaciones que rozan el ridículo nacional, pero no le veo mayor sentido. Todos los lectores y consumidores de información están al tanto y cada uno ya se habrá formado un criterio propio. Valgo un solo ejemplo, que días pasados título magistralmente Carlos Pagni: “La rebelión de los Pitufos” para explicar la problemática situación de la policía bonaerense.

La economía nacional puertas adentro necesita en forma urgente un plan de consenso nacional, donde, a contrario de lo que significa como señal política quitarle de prepo a la Ciudad de Buenos Aires el uno por ciento de su coparticipación federal, el Presidente arme una mesa de diálogo nacional para discutir un modelo de país serio y previsible que tenga cómo objetivo generar riqueza e igualdad de oportunidades para todos y todas.

El Consejo del Hambre que comenzó en noviembre de 2019 ya fracasó. No nos podemos permitir como país, seguir de fracaso en fracaso. Es necesario frenar la inercia de la decadencia, y en esto todos somos responsables.

Ya es hora de que los planes de ayuda sean para las empresas, y que estás lo vuelquen a la generación de empleo. El asistencialismo que tiene al cincuenta por ciento de la población colgado de las tetas del estado es un modelo de país que solo nos garantizará el fracaso.

La tercera pandemia que nos toca enfrentar es la de las Instituciones. Los argentinos padecemos de anomia boba generalizada y agravada en todo lo relativo al cuidado de las instituciones nacionales, con la Constitución a la cabeza. Para decirlo en palabras de Rivera Velázquez, “las instituciones son las reglas de juego de la interacción social, sistemas de reglas que establecen limitaciones e incentivos a los que responden los actores económicos, sociales y políticos. Las reglas pueden ser formales e informales, fundadas en leyes o en prácticas sociales repetidas, que con el tiempo determinan el modo en que las sociedades se desenvuelven”.

La importancia de respetar las instituciones de nuestra nación es trascendental a la hora de enfrentar el futuro de nuestra nación. El “affaire Vicentin” es un claro ejemplo de las consecuencias desastrosas que la falta de institucionalidad genera en todos los estratos sociales. La “rebelión de los pitufos” también es otro ejemplo de esto mismo.

Es de esperar que en breve tengamos un alzamiento del sector de la salud, que, como no podía ser de otra manera, en un país en plena decadencia, está al borde del colapso, justo cuando más se lo necesita.

La institucionalidad y el respeto de todos los ciudadanos por las reglas de juego son una fuente de certidumbre para los actores económicos y políticos de nuestra nación. Que un presidente entregue los atributos del mando al que lo sucede es un acto institucional que debemos respetar y celebrar. Cuando un ex presidente de la nación sale a hablar para señalar que hay “olor” a golpe y a los pocos días se retracta con argumentos cuanto menos cuestionables es una muestra más de la gravedad institucional que estamos viviendo, ya que a los pocos días de ese suceso los Pitufos iniciaron su vandálica revuelta rodeando la quinta presidencial, todo un ejemplo de la falta de institucionalidad y sus graves consecuencias.

Las instituciones le dan al gobierno estabilidad y eficacia, a los particulares les da seguridad y protección frente al poder.

Como dice Rivera Velázquez, la forma más eficaz de inducir determinadas conductas sociales es mediante un entramado de reglas que incentiven las conductas deseables y sancione las contrarias.

Que muchos individuos o grupos actúen de una forma constructiva o disruptiva para la sociedad no depende tanto de la calidad moral de los mismos como de los incentivos dispuestos por las normas.

La probabilidad de cometer delitos disminuye cuando éstos regularmente son sancionados; el desempeño esmerado de un trabajo depende mucho de la retribución que se pueda obtener de él; el cumplimiento en el pago de impuestos está condicionado por la calidad de los servicios públicos que se esperan y por el temor a sanciones si no se cumple esa obligación.

Esa es la función de las instituciones: estimular y encauzar comportamientos correctos y funcionales para la colectividad.

La cuarta pandemia es la de EDUCACIÓN. La he dejado para el final no porque sea la menos importante, sino porque es la más importante de todas.

La realidad es que, sin tomar partido por oficialistas u opositores, la educación de nuestros niños y jóvenes debe ser una prioridad del Estado y de todas y todas las argentinas. Hay un importante sector a lo largo y a lo ancho de nuestra nación que se educa mal, carece de los elementos más esenciales para afianzar sus conocimientos y, en esta época de pandemia ha perdido contacto con sus educadores.

La educación del siglo XXI no es la que en nuestro país se lleva adelante, aún en tiempos de la “pre-pandemia”. Tenemos un sistema educativo atrasado. La educación evolucionó al igual que la sociedad, pero en las escuelas esa evolución aún no ha llegado.

En un mundo hiperconectado, carecer de conectividad es carecer del acceso a una educación plena. Pero ¿cómo hablar de esto cuando cientos de miles de niños que no cuentan con los servicios esenciales más dignos, como agua potable, luz, alimentación adecuada?

La pobreza de nuestra nación la debemos medir en la cantidad de niños y niñas que no tienen para comer, ni que hablar en esos casos de educación moderna. Por eso decimos que la pandemia de la educación es mucho más profunda que lo que puede enunciar su propio nombre.

Si sumamos las cuatro pandemias nacionales, todo termina en la probeza infantil, en la falta de recursos para atenderlos adecuadamente, cuidarlos, educarlos, mostrarles que tienen un futuro diferente del que su lugar de nacimiento los condenó.

Este es y debe ser el desafío más importante de nuestra nación.

“Me dijeron que en el Reino del Revés, hay un perro pekinés que se cae para arriba y una vez no pudo bajar después”. Esperemos que este no sea el destino de nuestra nación.

*El autor encabeza el estudio de abogados GRISPO

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