El conocedor de los secretos

(REUTERS/Jeenah Moon)
(REUTERS/Jeenah Moon)

El Talmud posee un Tratado llamado Brajot, en el que figuran todas las bendiciones de la tradición judía. El concepto es que a través de una bendición, una frase que contiene poesía y espiritualidad ante cualquier situación, podemos transformar lo que tenemos frente a nosotros en algo diferente, único, especial. En medio de la larga lista, Rab Hamnuna sorprende con una extraña formula: “Aquel que ve una multitud de personas debe recitar: Baruj jajam harazim, bendito el conocedor de los secretos” (Brajot 58a).

En su Psicología de las masas Le Bon entendía que en la masa lo heterogéneo queda anegado por lo homogéneo. Sin embargo, nos dice Rab Hamnuna, incluso en lo imperceptible de lo individual dentro de una multitud, cada alma es única. Cada una guarda un secreto.

En el texto de esta semana aparece una enigmática frase: “Las cosas secretas pertenecen a Dios, y las reveladas a nosotros” (Deut. 29:28). Al leer este versículo, el Maestro Jasídico Menajem Mendl de Kotzk (el Kotzker) entendía que la mayoría de las personas muestran hacia afuera sus méritos, logros y buenas acciones, mientras guardan en la intimidad de la esfera privada sus errores, faltas, miserias y limitaciones. El Kotzker decía que sus alumnos eran todo lo contrario: ellos mostraban hacia afuera sus errores y limitaciones, mientras se guardaban para ellos, en el secreto de su interior sus propios logros, virtudes y acciones de bien. Pero el Kotzker iba más allá aún. Él decía que muchos creen que ese tipo de personas -los que guardan en secreto sus buenas obras- son los verdaderos justos. Pero que hay un estadío aún más alto que aquellos que esconden sus buenas acciones en secreto. Son esas almas para quienes es un secreto, hasta para ellos mismos, saber que son justos. Es la diferencia entre “hacer” las cosas bien, o “ser” ese tipo de persona.

El texto de esta semana comienza con una enorme multitud congregada frente a Moisés. El profeta comienza a despedirse y dedica sus últimos mensajes a todo su pueblo reunido. Entonces dice: “Ustedes están hoy todos presentes. Jefes de tribus, ancianos y niños, hombres y mujeres, desde el leñador que corta tu leña hasta el aguatero que trae tu agua” (Deut. 29:10-11). Es seguramente el cuadro que imaginó Rab Hamnuna, cuando diseñó aquella bendición del comienzo. El Conocedor de los Secretos frente a toda su gente, en un ejemplo de inclusión de edades, sexo y posiciones sociales. Todos iguales. Cada uno diferente en sus secretos.

Pero al leer mejor la descripción de esa masa, la misma pasa de lo general a un par de trabajadores en especial. El Ishbitzer Rebbe, el más grande de los alumnos del Kotzker, nos enseña que el leñador y el aguatero son en realidad clasificaciones espirituales que llevamos dentro del alma.

Allí muy dentro del alma habita nuestro Yo, a veces tan secreto hasta para nosotros mismos. La Torá nos dice que “Adam etz hasade, el ser humano es como un árbol del campo” (Deut. 20:19), y en la búsqueda de desplegar nuestras ramas hay situaciones en las que nos creemos más de lo que somos, en las que pensamos que podemos alcanzar cualquier altura a cualquier costo. En ese momento es que necesitamos al leñador para podar nuestro ego, al leñador del alma para podar las ramas de la soberbia.

El otro trabajador espiritual es el aguatero que hay en nosotros. El que sabe del manantial oculto de donde abrevar. Ese mismo Yo que crece de más, muchas otras veces no reconoce todas sus fortalezas. El aguatero del alma es el que nos muestra el potencial que aún no explotamos, la creatividad y la personalidad que no nos animamos a revelar, el que nos guía para elevar las aguas de la propia estima.

Amigos queridos. Amigos todos.

Ese es el secreto. El de cada uno. La sabiduría espiritual radicará en hacer trabajar al leñador o al aguatero, en el momento preciso. Dejar de creer lo que no somos, y empezar a tener mas fe en lo que podemos ser. Dejar de mostrar hacia afuera, y bucear más dentro. Entonces hacer que los trabajadores del espíritu logren de nosotros ser árboles de sombra generosa, y manantiales de agua fresca. Almas con emociones en armonía, respuestas con altura, reacciones en equilibrio, búsquedas más profundas y tiempos de más paz. Almas que descubran la belleza del secreto de ser más genuinos.

En estos últimos días del año del calendario hebreo, pedir al Conocedor de todos nuestros Secretos, Jajam Harazim, el que habita en los cielos de nuestra alma, para la multitud de almas de todo el mundo, un año lleno de bendiciones.

El autor es rabino de la Comunidad Amijai, y Presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.


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