¿Podremos salir a disfrutar de un mundo sin fronteras impuestas desde el miedo?

Si bien el mundo ya era un lugar bastante espinoso, el escenario actual, como resultado del coronavirus y sus efectos, se pone aún más complejo y nadie descubre la vacuna de las respuestas esperadas

Si el miedo es demasiado invasivo y por lo tanto paralizante, limitará nuestra libertad interior y nuestro campo de acción.
Si el miedo es demasiado invasivo y por lo tanto paralizante, limitará nuestra libertad interior y nuestro campo de acción.

“La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”, señaló Howard Philips Lovecraft. El miedo es una emoción básica del ser humano, al igual que la ira, el asco, la sorpresa, la alegría y la tristeza. Tiene sus raíces en la inseguridad. Hay miedos comunes, como a la muerte, la enfermedad y el dolor; y otros que son particulares, producto de vivencias personales. Toda vivencia traumática deja sus huellas en la memoria y cuando un hecho se asocia a esa experiencia sufrida en el pasado, se reactiva el recuerdo y aparece el miedo. El miedo es una advertencia, funciona como una alarma que despierta la sensación de angustia para preservarnos de un peligro real o imaginario. Siempre y cuando no sea paralizante, que sería su aspecto negativo, dejando al sufriente encerrado, víctima de su propio temor, poniendo en riesgo su salud mental y limitando el horizonte de su existencia, el miedo puede ser un dispositivo a favor de la vida, un mecanismo defensivo que nos advertiría de un posible peligro. Pero hoy el miedo está incrementado por el contexto social. Si la cultura es un invento que tuvo la intención de regular las acciones individuales en pos del bienestar general, es más que evidente que ha fracasado. El racismo, las guerras, el terrorismo, la violencia de género, la delincuencia, las desigualdades económicas, son muestras más que suficientes del fracaso social. Entonces es normal y esperable sentir miedo ante la desprotección en un mundo en el que además, para llenar el álbum de los desaciertos, encendió el botón rojo de sus reservas naturales y a la emergencia ecológica se le asoció la sanitaria. Y la pandemia vino a pegarnos una piña mientras nos estábamos cayendo.

El miedo, potenciado por la incertidumbre y la inseguridad actual, es el síntoma que define a esta época. A las vivencias personales, los miedos típicos que cada ser puede sentir, se le adosan los males colectivos que se ramifican como tumores apurados. De este modo, quienes cuentan con las condiciones ambientales y económicas propicias, se preservan, arman sus vidas intramuros. Es lo que se ha dado en llamar el Síndrome de la Cabaña, que por más comodidad que pueda obtenerse en una casa, no deja de ser una respuesta apurada por el miedo. El miedo termina siendo una suerte de GPS que orienta por dónde ir, qué evitar, movilizando al ser por una topología opuesta a la libertad. El miedo, como otras sensaciones o síntomas, es singular. Así como somos diferentes, también tenemos respuestas distintas incluso ante lo que podría ser un miedo común. Cuanto más intensa sea la sensación de miedo y más se sostenga en el tiempo, mayor será la conmoción psicofísica y la distorsión de la realidad.

En una sociedad en la que se sufre la desprotección, cada habitante busca armar su propia seguridad. De esa manera proliferan los barrios cerrados, las casas con cercos eléctricos, cámaras y garitas de seguridad; pero están también quienes se compran armas de fuego, dispuestos al uso de la legítima defensa, como se evidencia de vez en cuando en las noticias. A la inseguridad social y los miedos básicos preexistentes, hoy se adosa el acecho de la pandemia, y el temor colectivo se propaga generando mayor inestabilidad singular. Cada vez llegan más pacientes a la consulta psicológica refiriendo sufrir ataques de pánico, o diversos miedos: al afuera, al compromiso, a la soledad, al futuro, al abandono, al fracaso, al paso del tiempo, a la vejez, a la enfermedad, a la muerte... Miedos que se multiplican, que se traducen en angustias y ansiedades. Miedos y más miedos.

¿Cómo enfrentar los miedos y disfrutar de la vida, incluso en el mundo externo? ¿Es posible una existencia comunitaria armoniosa, convivir en paz? ¿Qué futuro nos espera? Las preguntas insisten, avanzan, y las respuestas se escabullen perversamente. Si bien el mundo ya era un lugar bastante espinoso, el escenario actual, como resultado del coronavirus y sus efectos, se pone aún más complejo y nadie descubre la vacuna de las respuestas esperadas. En el plano personal, la indicación más efectiva sigue siendo la observancia: registrarnos y registrar cómo nos sentimos. Si se trata de un miedo nuevo, o padecido en el ayer y potenciado por el clima actual. Los miedos sentidos alguna vez dejan una huella en la memoria emocional y muchas veces no son más que resabios de lo percibido en el pasado. Al miedo se lo debilita como a los árboles, desde la raíz, comprendiéndolo primero como un hecho de la vida, y luego preguntándonos a qué le tememos, si es un temor real o imaginario. Hace unos años temía subirme a una avioneta cuando leí la noticia de que una similar se había estrellado no hacía mucho y por la misma zona por la que tenía que sobrevolar yo. Mi miedo estaba fundado en un hecho real, pero no en una experiencia personal. Por lo tanto mi temor era imaginario. Pero como no quería perderme el reencuentro con mi amigo Paco en plena selva amazónica, luché contra el fantasma del accidente y me animé. Sentí mucha ansiedad, pero una vez arriba comencé a disfrutar de las delicias del vuelo y de la hermosa visión del río que serpenteaba la selva.

Los seres humanos contamos con el razonamiento y la reflexión interior, herramientas fundamentales para descifrar la verdadera naturaleza y dimensión del miedo, que muchas veces es ante un hecho del pasado, o imaginario, pero que se percibe como real, como un lobo hambriento que se fue y dejó sus huellas. Así, proyectamos en el presente el miedo vivido ayer y diseñamos nuestro propio mundo temido. También hay miedos provocados, herramientas para el control y la manipulación. Solo el análisis profundo nos ayudará a discernir de qué miedo se trata, cuánto depende de cada uno y cada una, y cuánto del contexto social. Ante la pandemia, el miedo puede operar a favor de la prudencia, para no contagiarnos. Pero si el miedo es demasiado invasivo y por lo tanto paralizante, limitará nuestra libertad interior y nuestro campo de acción.

Estamos en un tiempo de reaprendizaje de lo personal en relación a lo colectivo. Necesitamos de un trabajo conjunto para que las pestes, las violencias y las injusticias sociales no se propaguen. Para que de una vez por todas podamos salir a disfrutar de un mundo sin fronteras impuestas desde el miedo.

El autor es psicólogo (UBA) y escritor


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