La pandemia más peligrosa

Con la excusa del coronavirus estamos avalando graves violaciones a los derechos individuales reconocidos en la Constitución Nacional

El presidente Alberto Fernández (Juan Mabromata/REUTERS)
El presidente Alberto Fernández (Juan Mabromata/REUTERS)

Seis meses de cuarentena. La más larga del mundo. Decidida por decreto presidencial. Mientras el Congreso supuestamente está en funciones. Inconstitucional por donde se la mire.

Cinco policías en la provincia de Río Negro detienen y encarcelan a una ciudadana por el delito de pasear a su perro. Si, leyó bien: por pasear al perro. En soledad. En un barrio casi desierto de Bariloche. Todo fue grabado. Y nada sucedió. En un país medianamente normal ello sería un escándalo. Lo mismo ocurrió en Mar del Plata cuando un ciudadano cometió el “pecado” de salir a caminar por la costanera. En lugar de perseguir a delincuentes, la policía atormenta a ciudadanos honestos por el sólo hecho de salir de sus casas, después de meses de encierro.

Creo que resulta casi innecesario recordar que ninguna entidad de defensa de los derechos humanos se ha pronunciado al respecto.

Del mismo modo, se persigue a un remero que salió a remar en la soledad más absoluta. Probablemente la práctica deportiva menos contagiosa del mundo. Un individuo remando en medio del río. Pero hasta allí lo persiguieron. Demencial. Carente de la más mínima lógica.

Un alcalde de la zona norte del conurbano decreta que los cementerios deben permanecer cerrados, durante meses. Los deudos no pueden despedir a sus muertos. Nadie explica las razones. Cuesta imaginar cómo puede contagiar una persona en soledad, al aire libre, tan solo visitando la tumba de un ser querido. Inexplicable. Irracional por donde se lo mire.

Los padres no pueden despedir a sus hijos. Los hijos no pueden despedir a sus padres. Personas que no pueden despedir a sus parejas. Ni siquiera ante la muerte emerge un sentimiento de compasión. Una crueldad sin límite parece haber asomado entre nosotros.

Mientras la población es obligada a permanecer encerrada en sus casas, se liberan presos por temor a contagios masivos en las cárceles. Algunos liberados terminan contagiándose en sus casas. Inexplicable. Paradójico.

El Presidente se abraza con gobernadores, recibe a sindicalistas y se fotografía en Olivos tras compartir un almuerzo, sin distancia ni barbijos. Violando su propio decreto de confinamiento. Ningún asesor dentro de su ejército de funcionarios es capaz de advertirle lo inconveniente de esa fotografía.

Otro día se enoja cuando una periodista le pregunta por la angustia que sienten los ciudadanos. Luego llama “miserables” a los productores. Más tarde extiende la cuarentena. La que dice que no existe.

Aumenta impuestos, habla de “contribuciones extraordinarias” para los que más tienen pero se niega a rebajar un solo peso a cientos de funcionarios y miles de empleados públicos que desde hace meses permanecen en sus domicilios, sin hacer nada. Acaso la mejor demostración de la inutilidad de cientos de puestos estatales.

A los productores se les impide trabajar. A los profesionales se les prohíbe ejercer sus industrias. Pero el gobernador de Buenos Aires crea la “dirección de Masculinidades” de la provincia y la “dirección de políticas de género en el deporte”. Sí, leyó bien: “dirección de Masculinidades” y “dirección de políticas de género en el deporte”. Solo Dios sabrá para qué sirven. De una sola cosa puede estar seguro: lo paga usted, con sus impuestos.

Otro día, anuncian la cantidad de muertos por la pandemia en compañía de un payaso. Si, leyó bien: en compañía de un payaso. El Presidente anuncia un día que el suyo es un gobierno de científicos. Pero otro día reconoce que recurrió a un astrólogo. Perdimos hasta el decoro.

Decretos permiten la apertura de salas de juego pero mantienen cerradas las escuelas. Mientras tanto, los colegios permanecen sin funcionar para dictar clases pero se habilitan para actos de adoctrinamiento en los que la intendenta de Quilmes dice ser la hija de la Vicepresidenta. Sí, leyó bien: para adoctrinamiento. Todo está filmado. Y nadie dice nada.

Se prohíbe circular entre provincias. Meses interminables en los que los caminos permanecen cerrados. Decenas de personas que no pueden volver a sus casas, sin poder ver a sus seres queridos.

Tampoco hay vuelos internos. Una situación casi única en el mundo, que se puede comprobar con solo mirar una página de rastreo de vuelos en internet y que nos hermana con Corea del Norte. Sí, leyó bien: con Corea del Norte.

La ministra de Seguridad denuncia a los vecinos de Villa Mascardi que se manifiestan para defender su propiedad de las crecientes usurpaciones mientras otro vocero del oficialismo fatiga los canales de televisión propiciando tomas de tierras y confiscaciones -ilegales- ante la vista y paciencia de las autoridades.

El neurocientífico más reconocido de la Argentina advierte que ocho de cada diez adolescentes padece algún síntoma de depresión como consecuencia de un encierro interminable. Y nada parece suceder.

Una mezcla de sinrazón y violación de las garantías individuales parece haberse apoderado de nosotros. Hemos avalado abusos inaceptables durante demasiado tiempo. Sin ningún debate, sin casi ninguna explicación, soportando durante meses las repetidas consignas de un comité de “expertos” en una enfermedad desconocida al que nadie eligió. Otra contradicción: ¿cómo se puede ser experto en un tema desconocido?

Los derechos individuales reconocidos por el Estado a través de la Constitución sólo pueden ser regulados mediante leyes y decretos que reglamenten su ejercicio conforme al principio de razonabilidad y solamente pueden ser limitados con carácter excepcional y por breves períodos de tiempo. Pero cuando las leyes y los decretos adquieren el carácter de la irracionalidad, o se erigen en verdaderas medios para anular el ejercicio de los derechos consagrados en la Constitución los mismos carecen de validez y colocan a quienes los emiten al margen de la misma.

Una pandemia extendida se está apoderando de nosotros. La más peligrosa de todas. La que más graves consecuencias dejará en nuestra sociedad si no hacemos algo al respecto. La de haber dejado de lado la Constitución. Y el sentido común.

El autor es abogado, especialista en relaciones internacionales, ex embajador en Israel y Costa Rica.

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