El búmeran del impuesto “solidario”

Además de una reducción directa inmediata de la inversión privada reproductiva, no podemos dejar de considerar el efecto a mediano plazo que tendrá en el mundo inversor esta nueva política de aplicar impuestos progresivos a los que obtienen mayores ingresos

Empresario
Carlos Heller y Máximo Kirchner
Carlos Heller y Máximo Kirchner

Durante estos últimos diez años se han popularizado en la literatura económica teorías afirmando que la desigualdad en los ingresos y la riqueza de las personas se convertirán en el principal problema del sistema capitalista de mercado. Entre quienes han contribuido mayormente a su divulgación figuran los nombres de los economistas Joseph Stiglitz y Thomas Piketty, este último con su libro best seller El Capital en el Siglo XXI. No puedo dejar de suponer que las recientes propuestas del peronismo gobernante, de gravar a los propietarios de activos de más de 200 millones de pesos y de incrementar la tasa de ganancias al 41% se inspiran en estas ideas, hoy de moda en el hemisferio norte. La diferencia sustancial es que estos países tienen economías mucho más desarrolladas que la nuestra, sobre todo con una dotación de capital per capita históricamente superior. Podríamos decir, generalizando, que al capitalismo del hemisferio norte le sobra capital mientras que a la Argentina le falta, sumado a un récord alarmante en sus niveles de pobreza. Por ello considero inapropiado en estos momentos experimentar en nuestro país medidas que desalienten la formación de capital.

El proyecto impositivo recientemente presentado al Congreso propone gravar los activos radicados en el país y el extranjero de las personas a una tasa que puede llegar a más de un 5% partiendo de un monto superior a los 200 millones de pesos. Es un impuesto al capital, a lo ahorrado o invertido, o sea a lo no consumido por el contribuyente actual o por sus antepasados. Lo importante a señalar es que el monto de este impuesto se restará inevitable y totalmente de lo que este contribuyente planeaba invertir; no bajará su consumo. Lo recaudado disminuirá exactamente en esta cifra la inversión nacional, la dotación de capital per cápita. No hay otro modo de razonar este impuesto: se corresponderá exactamente con lo que se dejará de invertir. Agravado si razonamos que estos empresarios más ricos lo son porque fueron los más exitosos, los ganadores; o sea, los que en el mercado compitieron (a su propio riesgo) y pudieron vender sus productos de una cierta calidad a un menor precio. Incrementaron efectivamente el bienestar social. Son benefactores públicos. El número de este impuesto, mal llamado solidario, deberemos entonces restarlo de la inversión nacional 2021, de la inversión que hubieran efectuado justamente los empresarios más eficientes. ¿Es posible justificar la decisión político-fiscal de disminuir la inversión privada reproductiva para cubrir el déficit presupuestario causado por la pandemia? De ninguna manera, porque la menor inversión causará inexorablemente una menor producción futura y por consiguiente disminuirá la recaudación tributaria futura. Desde el punto de vista fiscal es como matar a la gallina de los huevos de oro. No es justificable técnicamente ni para ideas de izquierda ni derecha; es simplemente un error al analizar la dimensión de la crisis productiva que viviremos.

Además de esta reducción directa inmediata de la inversión privada reproductiva, no podemos dejar de considerar el efecto a mediano plazo que tendrá en el mundo inversor esta nueva política de aplicar impuestos progresivos a los que obtienen mayores ingresos. Implica una concepción para la cual las ganancias obtenidas legalmente, compitiendo en el mercado, deben ser disminuidas y el ahorro e inversión de estas ganancias no es deseable si termina en un nivel elevado. La lógica indica que los potenciales inversores seguramente entrarán en pánico y tratarán en lo posible orientarse a expandirse en otros países y a cambiar de residencia. Los teóricos que proponen atacar las ganancias y su acumulación no pueden ignorar que su prédica y medidas provocarán un tremendo desánimo empresarial, no solo en los dueños de las grandes empresas sino también en las medianas y pequeñas. Quienes eligen vivir el mundo del riesgo empresarial lo hacen para crecer, confiando que los resultados de su audacia no serán expropiados por el Estado cuando alcancen un cierto tamaño.

Los legisladores que van a evaluar a estas propuestas deben meditar cuidadosamente no ser influidos por teorías en boga en las regiones más ricas del mundo. Se puede corregir la desigualdad incrementando los ingresos y riqueza de los más pobres o disminuyendo la de los más ricos. Visitando Cuba se observa claramente que la inmensa mayoría son todos igualmente pobres, muy pobres. No nos equivoquemos: nosotros tenemos hoy niveles de pobreza desastrosos, salarios reales estancados y altísimo desempleo. No saldremos bien de este drama si solo apelamos a la inversión pública, financiada nadie sabe bien cómo. La historia demuestra que las economías capitalistas de mercado permiten el crecimiento simultáneo de los ingresos de cada uno de los productores, trabajadores y empresarios, siempre y cuando el gobierno no desaliente la acumulación de capital, no ataque la inversión privada reproductiva, único motor del crecimiento.

Finalmente, me permito sugerir que si por consideraciones políticas los legisladores deciden seguir adelante castigando impositivamente a los grandes inversores, deberían contemplar excluir a los que invirtieron en el país e incluir mecanismos que permitan recuperar lo pagado con este gravamen si invierten para aumentar exportaciones en el futuro próximo.

El autor es empresario

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