Alberto Fernández y los riesgos de confundir buena administración con opulencia

La Ciudad de Buenos Aires inició en 2007 un proceso de transformación cuyos resultados no deberían darnos culpa ni vergüenza

Horacio Rodríguez Larreta y Alberto Fernández
Horacio Rodríguez Larreta y Alberto Fernández

Nos sorprendió el Presidente de la Nación al decir que la Ciudad de Buenos Aires lo “llena de culpa verla tan opulenta”. Sería bueno primero decir que no siempre fue opulenta, no siempre fue rica, no siempre fue el faro que es hoy, y que tampoco nos debería dar culpa un modelo de desarrollo, de buena administración y de generosidad para todos aquellos que ingresan a ella todos los días.

En 2007 recibimos la Ciudad con el 75% de los establecimientos escolares en emergencia edilicia, sin inglés desde primer grado obligatorio, sin ejecución de proyectos de urbanización de villas, sin policía propia, sin insumos básicos en hospitales, sin obras hidráulicas y con las inundaciones como una foto triste y recurrente en distintos barrios, endeudándose para afrontar gastos corrientes y el espacio público destruido. En síntesis: una Ciudad muy lejana a lo que realmente debería ser.

Recién con la llegada de Mauricio Macri al Gobierno se invirtieron las prioridades y se puso al Estado al servicio de los vecinos. Con obras que estuvieron frenadas durante décadas (la del Arroyo Maldonado 80 años sin siquiera avanzar un centímetro), apostando a la movilidad sustentable con el metrobús, las bicisendas y la ampliación de la red de subtes, con más de un centenar de escuelas inauguradas en estos casi 13 años de gobierno, reinaugurando el Teatro Colón (hoy premiado como el mejor teatro del plantea) y avanzando en la integración social y urbana de todos los barrios de emergencia de la Ciudad. Hoy la Ciudad de Buenos Aires nos genera orgullo: fue galardonada con docenas de premios internacionales por su apuesta a la educación, la salud, la cultura, la obra pública, por su resiliencia y por ser el mejor destino de América Latina para vivir.

¿Acaso eso debería darnos vergüenza o culpa? Una ciudad que es modelo de movilidad ascendente, con su cultura, su ADN cosmopolita, por ser la cuna de la Revolución de Mayo nos infla el pecho a quienes vivimos en ella. Lo que realmente nos interpela es que tuvo que llegar un equipo con verdadera vocación de cambio para que todas estas transformaciones se puedan llevar a cabo. Pudimos en estos años derrumbar el Elefante Blanco: aquel hospital cuya obra fue iniciada en 1938 y proyectaba ser el más grande de América Latina se convirtió en un verdadero monumento a la decadencia, la desidia y la corrupción, y hoy en ese mismo sitio tenemos el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat. Como advirtió el jefe de Gobierno Horacio Rodríguez Larreta, “tenemos que igualar para arriba”. Eso es lo que estamos haciendo.

No nos avergüenza, pero sí nos hierve la sangre saber que a menos de una hora de CABA no haya ambulancias como las de Crescenti y sí como las de Ishii que se usan para vender falopa. Nos duele saber que en distintos municipios los “barones” usen las fuerzas públicas como sus guardias pretorianas, abusen del poder y no los sensibilice saber que altos porcentajes de su población hagan sus necesidades en baldes, vivan entre los basurales y sean víctimas de la inseguridad diaria que los azota. Millones de vecinos a la deriva absoluta, mientras sus gobernantes se perpetúan en el poder y los tienen de rehenes de un sistema clientelar que los condena en el futuro. Allí no hay asfalto ni agua potable. Tampoco vergüenza.

Duele ver que el Presidente de la Nación no perciba estas injusticias y confunda buena administración con opulencia. Opulencia son los bolsos de López, las propiedades de ex funcionarios fruto de la corrupción, opulencia es la mansión de Milagro Sala y las riquezas de los señores feudales dueños de provincias enteras. Vergüenza, culpa y opulencia es que funcionarios y amigos del poder tengan pistas de aterrizajes clandestinos al servicio del narcotráfico.

Duele también ver un espacio político empecinado en castigar a quienes no los han votado: ayer con el fomento de tomas de tierras como lo fue en 2010, hoy intentando meter mano en la coparticipación. Ayer con látigo y hoy con billetera. Estas prácticas son de manual y tienen olor a nafltalina: atrasan, dividen y son contrarias al camino que debe tomar la Argentina.

La única culpa que debería tener el Presidente es por enfocar su energía en atacar a quienes pensamos distinto y no por ocuparse 100% en salir adelante.

El autor es presidente de Jóvenes PRO Argentina


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