Todo lo que Axel no sabe del deporte (y nunca se atrevió a preguntar)

A diferencia de la mayoría de los países, Argentina no tuvo durante la crisis del coronavirus una política coherente hacia la actividad física y el deporte aficionado. Peor aún: se estigmatizaron y estigmatizan muchas disciplinas por puro prejuicio

Especial para Infobae
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Cuando todo esto haya pasado, que en algún momento sucederá, podremos echar la vista atrás y asombrarnos con algunas de las cosas que se hicieron y dijeron durante los eternos meses de pandemia y cuarentena. Fascinados con las grietas, con el blanco y el negro, con el estás conmigo o sos el enemigo, muchos argentinos y buena parte del Gobierno situaron al deporte y a la actividad física como eje de una nueva y asombrosa antinomia. El deporte dejaba de ser salud para pasar a ser un peligro y la demanda caprichosa de unos privilegiados.

“¿Querían salir a correr? Salgan a correr. Estas son las consecuencias”, le dijo Alberto Fernández a Cristina Pérez, Rodolfo Barili y Reynaldo Sietecase en una tensa entrevista en Telefé. Aquella no muy velada acusación presidencial fue el clímax de unas semanas en las que los “runners”, que son apenas gente que sale a correr, pasaron a ser parte de un eje del mal. Correr, esa actividad física o deporte -depende de cómo se lo encare- que iguala a ricos y pobres, era una nueva excusa para el odio social.

Qué extraño, qué argentino. No es lo que sucedió en buena parte de los países que atravesaron la crisis del coronavirus antes que el nuestro. En ellos, salvo en las muy pocas semanas de confinamientos hermético que vivieron países como Italia y España, el deporte y la actividad física siguieron formando parte de la vida diaria allí y en Alemania, Francia, Reino Unido y hasta en la orilla de enfrente, Uruguay. Con cuidados, limitaciones, protocolos y renuncias lógicas, porque no tiene sentido hoy reclamar un fútbol cinco o jugar al rugby, pero con un amplio abanico de posibilidades.

A veces el problema está en hacer difícil lo sencillo. Los españoles hablan de salir a hacer deporte. Los argentinos, de “los runners”. Unos privilegian el acto y su generalidad, los otros apuntamos a una especificidad en anglicismo que facilita la estigmatización a aquellos que viven fascinados por señalar y dividir. Quizás la pandemia les permita entender a los “runners”, y a la industria en torno a ellos, que son corredores, deportistas. Que la etiqueta en inglés es innecesaria. Hay que recordar al electricista que viajó desde Brasil hasta la casa en la que vivía en la costa atlántica. El presidente Fernández lo llamó “idiota”. Su pecado era ser “surfer”, etiqueta de la que se colgaron también muchos medios para laminarlo. Un snob el muchacho, se lo merecía. A quién se le ocurre surfear...

Lo más importante, sin embargo, lo asombroso, fue ver cómo el deporte y los deportistas aficionados fueron dejados a la deriva, en el mejor de los casos, y ampliamente estigmatizados, en unos cuantos. El sedentarismo, uno de los males de la modernidad, fue ignorado como problema acuciante de la cuarentena. La necesidad del aire fresco, de algo de sol, ridiculizada desde el fanatismo.

La cumbre fue aquella señora de 83 años que, un mes después de iniciado el aislamiento social obligatorio, se plantó con su reposera en los bosques de Palermo y obligó a muchos a repensar si algunas cosas que se estaban haciendo tenían sentido. Habían pasado ya cuatro semanas desde un comienzo con comprensibles errores y excesos. Desde el presidente para abajo, a nadie podía exigírsele que estuviera preparado para lidiar con la pandemia.

Por eso la anciana de Palermo tenía razón en proponer un poco de sentido común. “Me estaba cuidando”, le dijo a la policía que le labró un acta por contravenir el artículo 205 del Código Penal. “Soy una vieja que necesita aire y sol. Los rayos ultravioletas son especiales para no pescarse el coronavirus. Lo malo es estar encerrado porque no tengo balcón, solo una ventana”.

Aquello se dio en pleno apogeo del fanatismo por la cuarentena, y la señora fue acusada de todo tipo de barbaridades. El hecho de que viviera en una de las zonas más ricas de la capital del país tampoco la ayudó, aunque departamentos chicos sin balcón y con ventana son la norma sobre todo en los barrios menos privilegiados.

Los ”ricos”, esa gente que tiene la culpa de haber hecho algo de dinero, se valen de aplicaciones para hacer ejercicio en sus amplios departamentos, jardines de casas y countries o gimnasios de edificios. La falta de una política sobre actividad física y deporte en medio de la pandemia perjudica, sobre todo, a los pobres y las clases medias que no disponen de esas posibilidades. Ni el sol, ni el aire fresco, ni la actividad física, ni el deporte deberían ser vinculados a un capricho de clase.

“Yo soy futbolero”, respondió Ginés González García cada vez que se le preguntó por los impedimentos a la práctica del deporte. Nunca entendió el ministro de Salud que sus gustos y pasiones no importan ni sirven de explicación para lo que haya hecho o dejado de hacer, que lo que importan son sus decisiones. Que toda la población esté en sus hogares sumando kilos y colesterol es algo que debería preocupar enormemente a alguien en su posición. Esa pandemia oculta se pagará a medio y no tan largo plazo, pero también hoy en la lucha contra el Covid-19: hay un consenso internacional acerca de que, con mejor salud, más fuertes somos ante el virus.

Y así como el ministro recuerda cada vez que puede que es “futbolero”, el Presidente fantaseó desde el inicio de la cuarentena con que se jugara pese a todo el torneo de fútbol local. Él también es “futbolero”, como la mayor parte del país. Hubo, asombrosamente, más énfasis en el circo -con todo respeto para el gran espectáculo y deporte televisado que es el fútbol- que en lo que el deporte podía aportar a la salud física y mental de los argentinos. Fue así que Claudio Tapia y Víctor Blanco entraron a la Casa Rosada y salieron con mucho más de lo que esperaban: la reanudación de los entrenamientos de cara al torneo, que es lo que le importa a la AFA. Mientras tanto, los “runners” de Horacio Rodríguez Larreta seguían siendo señalados como irresponsables asociales.

Un deporte noble y esforzado como el remo tuvo la fortuna de que una de sus figuras, Ariel Suárez, rompió el absurdo con ingenio y valentía: “Si el fútbol vuelve, yo vuelvo al agua. Y que me metan preso”. Otros deportes, como el tenis y el golf, buscaron siempre ir por los canales oficiales para terminar entendiendo que sus interlocutores no se habían tomado en serio ni las reuniones ni el trabajo que demanda elaborar un protocolo.

El maltrato al tenis fue llamativo, con Daniel Gollan, ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, como cumbre: cree que el tenis de aficionados se juega con ball-boys. Lo que denota el comentario no es que no se haya leído el protocolo, sino algo mucho peor: no le interesó ocuparse del tema, aunque eso no le impidiera dar cátedra sobre el asunto. A los comentarios de Gollan se le sumó la extraña comparación de su gobernador, Axel Kicillof, entre los supuestamente angustiados por no poder jugar al golf y el personal de salud o la gente a la que se le muere un ser querido. Demasiado burdo, el gobernador y sus gobernados no se merecen un trazo tan grueso.

Además de que no hay deporte con mayor distancia social que el golf, la inmensísima mayoría de los grandes campeones del golf argentino surgió de condiciones muy humildes, aunque tampoco debería importar si no fuera así. No hay deportes buenos y deportes malos en función de quiénes los practican. Hay deporte sencillamente, una actividad beneficiosa para la sociedad y las arcas públicas que disminuye el ausentismo laboral, descongestiona el sistema de salud, mejora la productividad y el humor social, forma la personalidad y ayuda a evitar que gente cometa crímenes o reincida en ellos. Algo de eso puede decir Coco Oderigo con sus “espartanos”, los jugadores de rugby en las cárceles.

La del deporte es una industria de la que viven muchos argentinos de las clases medias y bajas. Kicillof viene insistiendo en que la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires no son entes distintos, sino una misma unidad epidemiológica. La afirmación, sin embargo, es desmentida por el muro invisible que discurrirá a partir de ahora por la General Paz y el Riachuelo. De un lado, habrá gente que podrá volver a hacer deportes respetando todas las reglas y protocolos necesarios. En el otro, ciudadanos limitados por los prejuicios de un gobernador: “Algunos hablan de la angustia de no poder jugar al golf. Angustioso es lidiar todos los días con esta enfermedad, angustioso es cambiarse la ropa 46 veces por día para tratar pacientes. Que se te muera un familiar. Tratemos de hablar con la verdad”.

Kicillof nació en 1971, un año antes de que Woody Allen estrenara Todo lo que usted siempre quiso saber sobre sexo (y nunca se atrevió a preguntar). Haya visto o no la película, el gobernador puede inspirarse en el título y empaparse un poco más acerca de cómo funciona y qué implica el mundo del deporte. Preguntar lo que quiera saber. Seguramente no ignora que el deporte es salud. Y con frecuencia, el silencio también.

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