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El Gobierno despeja la agenda y sienta condiciones para hablar de futuro, para elaborar y proponer “lo que viene”

Martín Guzmán y Alberto Fernández (Télam)
Martín Guzmán y Alberto Fernández (Télam)

El Gobierno consigue dar el paso correcto al alcanzar un muy buen acuerdo para reestructurar USD 65.000 millones de títulos con legislación extranjera. Si consideramos lo anterior junto a la extensión de las condiciones al canje de deuda local, a la recomposición favorable del mercado de deuda en pesos y a las señales prometedoras con el FMI, podemos decir que Alberto Fernández y su ministro de Economía obtienen un logro significativo tanto a nivel político como económico.

En la dimensión política, un gobierno asediado por la pandemia, enfrascado en el cortísimo plazo y tratando de sacarse de encima las esquirlas del error Vicentin, ahora despeja la agenda y sienta condiciones para hablar de futuro, para elaborar y proponer “lo que viene”.

Tantas veces se dijo que los planes, objetivos, el rumbo estratégico o como quiera denominarse requería limpiar el horizonte del pesado tema de la deuda. Pues ahora es una realidad, y le permite que medidas concretas como por ejemplo el nuevo anuncio de un plan Procrear, diversas líneas de crédito productivo para la inversión, esbozos de propuestas de reforma impositiva, entre otras, tengan ahora otro significado y pueden interpelar con mayor eficacia a cada sector al que van dirigidas.

En el plano económico significa un gran primer paso para ahora sí poder “tranquilizar la macro”, como le gusta decir a Martín Guzmán, en un semestre donde la paulatina recuperación de los sectores productivos (con el Covid-19 que seguirá acechando) va a convivir con riesgos macroeconómicos nada despreciables, como son la inflación, la tensión del dólar y la brecha y la escasísima confianza que despierta nuestra moneda.

Argentina está cerrando un acuerdo que podría alcanzar niveles de adhesión muy altos (al haber consenso con todos los grupos de acreedores), obtiene una quita promedio de alrededor del 45% (vs 37% promedio de un conjunto de reestructuraciones en la historia) y lo logra en siete meses de negociación (vs 14 meses promedio histórico). El alivio conseguido trepa a USD 50.000 millones en todo el horizonte de tiempo respecto al contrato original, el nuevo cupón promedio de intereses es del 3,4% anual y se oxigena muchísimo de vencimientos el período 2021-2024.

Sacarse la espada de Damocles de encima de abultados vencimientos en los primeros años es uno de los puntos más destacables de este acuerdo. Ello permite pensar lo que viene, para que se pueda ir generando espacio desde lo fiscal (al fin y al cabo la nueva deuda hay que pagarla con superávit), pero ahora sin ahogar la economía, o sea creciendo y agrandando la economía real. De nada sirve tener episodios efímeros de aumento del PBI basados en el endeudamiento. Cuando esto se interrumpe nos queda la resaca de la deuda y el presupuesto pasa a tener como principal rubro el gasto de intereses. Además, sufrimos la salida de capitales y debilitamiento de las reservas para atender los compromisos en dólares.

En lo inmediato hay dos efectos favorables que se pueden esperar de este acuerdo. En primer lugar, una rebaja del riesgo país que le facilite el manejo de la deuda en dólares tanto a las provincias como al sector privado. Solo este último tiene compromisos por USD 16.000 millones en los próximos años, que ahora podrá pensar en renovar los vencimientos y conseguir financiamiento externo adicional para inversiones en el país.

El segundo efecto a corto plazo se podrá ver en el mercado cambiario. Salir del default ayudará a descomprimir una presión cambiaria incesante donde millones de argentinos esperan el principio de mes para arrasar con 700 millones de USD mensuales presionando las maltrechas reservas internacionales. En un marco de incertidumbre absoluta, cualquier valor del dólar puede resultar barato (el $99 de atesoramiento, el $120 del contado con liquidación o $135 del blue), más aún cuando el BCRA tiene que seguir emitiendo para tapar el agujero fiscal de la crisis. Entonces la expectativa devaluatoria toma vida propia y se alimenta día a día ensombreciendo cualquier iniciativa de la política económica que busque normalizar la crisis sanitaria. Ahora gran parte de este círculo vicioso se puede empezar a desarmar.

Por supuesto que falta mucho en la tarea de tranquilizar la macro, pero ahora estamos más parecido a otros países en cuanto a que el objetivo primordial es concentrarse en brindar la mejor respuesta desde la política fiscal, monetaria y de financiamiento para reactivar cuanto antes el colapso económico del segundo trimestre. Hasta hace horas éramos parte de un triste club de cuatro o cinco países del mundo que teníamos que lidiar con la pandemia y con el default de la deuda, en mundo de hiperliquidez y tasas de interés en cero.

Sigue habiendo por delante una agenda muy complicada. Se requiere ir retirando y racionalizando del gasto excepcional por la pandemia, robustecer la política fiscal, bajar la inflación y ampliar el financiamiento en nuestro mercado y nuestra moneda, para de esta forma aliviar la emisión y el balance del BCRA. Hay que hacerlo además dejando espacio para que también concurran a tomar créditos en pesos las empresas y familias para que también puedan pensar en el mediano plazo y salir del día a día de crisis.

A partir de este plafón que otorga salir del default y poder organizar sobre mejores bases la macro, conteniendo los principales riesgos de corto plazo, se puede motorizar otras iniciativas ya más tendientes a entusiasmarnos con la posibilidad de un crecimiento más sólido. Entre ellas destacamos reformas puntuales y muy necesarias como la impositiva (con incentivos para invertir y generar empleo) y la previsional, relanzar y dinamizar el plan productivo y generador de divisas con aliento a sectores estratégicos (como el de agroalimentos, energía, minería, servicios de base tecnológica, entre otros) y finalmente un plan masivo de infraestructura orientada al desarrollo productivo federal financiado con la concurrencia del sector público, los organismos multilaterales y el sector privado.

Se jugó un partido que era clave, que había que ganar y se ganó. Ahora quedan muchas fechas, complicadas sin dudas, pero es posible pensar en un manto de optimismo y mayor confianza para que, en el corto plazo, se pueda fortalecer la reconstrucción económica desde donde nos hundió la pandemia, y en el mediano plazo, levantar la mirada para estilizar ciertas políticas públicas sin renegar de la necesidad de planes o programas para apuntar a crecer y generar empleo en 2021, sin el acecho de las plagas de siempre como son la deuda y la inflación.

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