Atrapados sin salida

Se logró transmitir una clara sensación de desconcierto, y lo que es aún peor, que no hay fecha alguna de salida a la vista

@monigps
Alberto Fernández anunció una nueva extensión del aislamiento obligatorio (Presidencia)
Alberto Fernández anunció una nueva extensión del aislamiento obligatorio (Presidencia)

Nada parece augurar que la anunciada reforma que se anunció esta semana vaya a mejorar en lo inmediato el servicio de justicia que reclama la inmensa mayoría de los argentinos para resolver los conflictos que complican la vida diaria. Muy por el contrario, hay quienes aseguran que además de enrevesada y onerosa tiene como objetivo principal resolver los problemas de unos pocos conocidos bajo proceso por causas de corrupción. El resto, el común de los mortales, tendrá que esperar.

Esta hipótesis se refuerza por algunas evidencias. La oportunidad en que el gobierno de Alberto Fernández presenta su proyecto de la muchas veces reclamada y necesaria reforma de la Justicia es, por lejos, el menos indicado. Las urgencias de la mayoría están en otro lado.

El imparable avance de la pobreza que ya se calcula en el 50% al sumar los nuevos “pobres covid”, el desempleo de dos dígitos, el estallido de los casos de inseguridad y la amenaza del colapso del sistema de salud en un contexto de pandemia sostenida son los fantasmas que quitan el sueño.

La puesta en escena de una comisión de notables, muchos de los cuales más allá de de sus méritos académicos están entregados en cuerpo y alma a la defensa de los acusados en causas de corrupción de la administración K, entre ellos la mismísima Cristina Kirchner, refrenda la idea de que en el revoleo lo que se busca es facilitar el trámite de la impunidad.

La desconcentración del poder acumulado en años de corrupta connivencia política y judicial está entre las buenas intenciones de los redactores del albertismo, como por ejemplo Gustavo Beliz, pero el paquete completo tal cual se presentó aumenta la sospecha de que nos quieren meter gato por libre.

Otro Vicentin para el Presidente obligado a explicar por qué tanto apuro ahora por imponer cambios en la Corte cuando hasta hace muy poco pensaba de otra manera y eventualmente hacerse cargo del retroceso como ocurrió con la empresa exportadora.

“Con cinco miembros la Corte puede funcionar, pero está funcionando mal”, dijo este viernes.

Atrapado en su laberinto, Alberto Fernández vuelve a desandar sus posiciones. En la agobiante faena de explicar sus razones, dinamita el vínculo con la oposición: “Cuando me hablan de que estas cosas hay que consensuarlas antes de que vayan al Congreso, lo que me están proponiendo es que repartamos los jueces. Y yo no pienso repartir jueces con nadie, quiero nombrar jueces dignos, no quiero hacer repartija de jueces a ver cuántos te tocan a vos y cuantos a mí”. Deja poco margen para el encontrar acuerdos, en este y en tantos otros temas que urgen.

En este tipo de asuntos, el tiempo también es importante. Cuenta el cómo y el dónde, pero también el cuándo.

¿Por qué abrir otro frente de tormenta en medio de este tembladeral? ¿Por qué desatar suspicacias, enfrentamientos y disensos en el más difícil de los momentos y cuando la amenaza de la pandemia demanda coincidencias y templanza?

Varios de los consultados acerca del sentido de esta presentación que se juzga extemporánea sostienen que el Presidente tiene que dar respuesta a las urgencias procesales de su vice. La pandemia alteró todos los cálculos y las elecciones de medio término se vienen encima.

Para algunos de los que miran con detenimiento este tema, la idea de ampliar la Corte y dividirla en salas resulta impracticable, no solo porque desnaturaliza la función de la Corte que reside en el control constitucional de los fallos sino porque para designar nuevos jueces hacen falta los dos tercios y al oficialismo no le cierran los números para nombrar jueces que le sean afines. Desde esa mirada aparece como más funcional a las necesidades del kirchnerismo la propuesta promocionar a los subrogantes. Esa iniciativa otorga una posibilidad de colonizar juzgados al menos en el corto plazo. Los anuncios superpuestos de este jueves tiene pliegues interesantes.

El paulatino regreso a la actividad viene con la amenaza de otros colapsos. El del fuero laboral, que se estima será desbordado por las causas por despidos, y el del fuero comercial, cuando empiece la avalancha de quiebras que sobrevendrá tras el estricto rigor de la cuarentena. Puede que la obligada demora en las aperturas en cualquiera de sus formas tire la pelota hacia adelante de estos descalabros en los que nadie parece estar pensando. No hay mal que por bien no venga.

Otra expresión de estos tiempos, “cuando todo esto pase...”, perdió vigencia de manera absoluta. Tras los angustiantes anuncios de este viernes, ya nadie piensa que esto vaya a pasar. No por ahora.

“Nadie en el mundo sabe cuando va a terminar esto” dijo Alberto Fernández, y oficializó la sensación de sin salida que muchos ya empezamos a incorporar. Lo dijo al confirmar un nuevo tramo del confinamiento sin novedad de apertura alguna.

“Más allá de que se enojen, les estoy diciendo la verdad”. El primer mandatario no descartó que la tasa de letalidad crezca.

Axel Kicillof volvió al concepto de “cuarentena intermitente”. Dijo que la única esperanza está en la vacuna y que no se puede esperar que esto afloje. Luego de reconvenir a los medios por atribuir la caída de la economía a la cuarentena, llamó a “no politizar la pandemia”. Mucho más duro que el mismísimo Presidente de la Nación, el gobernador advirtió que si los números no bajan vamos a ir a una cuarentena aún más dura.

Con un número alto de casos pero amesetado en la ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta hizo saber que se salen a testear seroprevalencia puerta a puerta. La Ciudad concentra el número más alto de casos sobre cantidad de habitantes, pero el sistema privado de salud está cerca del límite.

“Enfrentamos un enemigo invisible. No conocemos cómo prevenir la enfermedad ni sabemos cómo curarla”, aseguró el Presidente. Con los números de casos y fallecimientos en los más altos registros desde que comenzó el cierre, y noticias desalentadoras de la aparición del virus en varias provincias, la impresión que dejó el anuncio de extensión del encierro de este viernes fue probablemente la más desalentadora desde que esto comenzó.

No se habló de fecha tentativa de llegada del pico, ni de perspectiva de descenso alguna. Tampoco de inmunidad de rebaño ni de apertura por sesgos etarios ni inmunológicos. Mucho menos aún de cómo se enfrentará el insondable deterioro de la economía.

Se logró transmitir una clara sensación de desconcierto, y lo que es aún peor, que no hay fecha alguna de salida a la vista.

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