El presidente Fernández y la pulsión de muerte freudiana

El presidente Alberto Fernández
El presidente Alberto Fernández

El presidente Alberto Fernández fue entrevistado esta mañana en un evento virtual de la American Jewish Committee en el que se conmemoraba el aniversario número 26 del atentado a la AMIA que se cumplirá el sábado. También hizo definiciones económicas, políticas y filosóficas que podrían enmarcarse como una especie de Thanatos social.

La pulsión de muerte o Thanatos en Freud se presenta como un impulso inconsciente hacia el reposo de la no existencia. Un descanso eterno de la pulsión de vida, que es la otra fuerza que interviene. En opinión del Presidente hay un falso dilema entre salud y economía, porque solo existe la salud como problema. En realidad lo que quiso decir es que hay un dilema en el que la economía se subordina completamente a la salud. Más que referirse a un falso dilema está hablando de un valor competitivo a sacrificar en términos absolutos. Agregó que la pandemia era lo que había dañado a la economía y no la cuarentena. Esto quiere decir que ve al confinamiento obligatorio como algo que no tiene efectos económicos. Afirmó que esta crisis internacional tenía que llevarnos a pensar en lo frágil que era el capitalismo al caerse como un castillo de naipes por un virus.

Después cerró el círculo de su pensamiento diciendo que el medio ambiente estaba mucho mejor gracias a los encierros compulsivos ocurridos en todo el planeta, lo que también tenía que ser motivo de reflexión para todos nosotros. Pareciera que tanto el planeta como nosotros estamos mejor sin vivir normalmente. La culpabilización al capitalismo es la culpabilización a la vida libre de las personas. En el capitalismo no hay hombres nuevos ni santos, solo hay humanos como humanos, lo que en el pensamiento de Fernández, muy cercano al del papa Francisco, lleva al pecado del dinero y la contaminación.

Un ser humano encerrado es un ser humano más bueno y menos peligroso para la ecología, para sí mismo y para la economía al final. Tendría que haber una economía normada moralmente hacia la quietud y la no molestia a lo salvaje. La tranquilidad de no tener que tener dilemas, de no tener que moverse y vivir. No hay acción, solo reflexión acerca del mal que llevamos adentro de querer cosas. Deberíamos no quererlas y encerrados en casa parece la mejor manera de lograrlo.

Es una cuarentena como fin mucho más allá de la salud de nadie. Algo que se nota más cuando se ve la despreocupación por los daños a la salud de la propia cuarentena. Lo que caracteriza al capitalismo es que las personas intercambian valores, comercian en base a sus intereses en lugar de hacerlo de acuerdo a una una norma moral de desprendimiento (de quietud, de muerte). Se crean empresas con organizaciones complejas y proyectos productivos riesgosos que demandan trabajo y ofrecen productos competitivos, todo de acuerdo a los intereses reales de las personas que intervienen y no a los parámetros externos de quienes postulan un hombre nuevo o un hombre santo, que es uno que no quiere nada, que no vive. Un ser cuya perfección consiste en no incurrir en el riesgo de vivir, que es perder la tranquilidad de no existir.

La humanidad ha experimentado suficiente con los proyectos moralizantes sobre cómo ser puro, cómo debería dejar de lado su impulso vital (que es culpabilizado en su líbido y su afán de lucro) para saber que no es inocente esa posición. Quién juzga y ensucia lo que el otro hace para ser lo que es, busca poder. Es el poder mezquino de no dejar vivir, sea por la satisfacción psicológica de que nada se mueva, que nada prospere y un apego a la miseria que coloca al protector en una posición doblemente superior. Por su postura de desprendido de lo que los demás pecaminosamente desean y por el carácter asumido de protectores. Este moralista es interesado. El Presidente es interesado también.

En este Thanatos social todo lo que está bien parece estar mal. Crear, sentir carnalmente, prosperar, mejorar, tener un sistema inmunológico fuerte, ser fuerte, ganar, intercambiar, tener en cuenta lo que el otro quiere en lugar de tirarle por encima un pegamento moralizante y asfixiante para quedarse con lo que tiene para ofrecer a cambio de nada. El Thanatos social manipula al ser humano con culpas venenosas para convertirlo en su propio enemigo, en su propio vigilante. El error fundamental que comete el Presidente al atribuir la crisis económica a la pandemia, en vez de hacerlo a los confinamientos, es no comprender qué cosa es un valor económico. Y no es un error propio, es la visión general de la economía como algo atado exclusivamente a la producción de bienes y servicios palpables.

El daño que el gobierno argentino le hace a la economía y a la salud es el de eliminar la elección de valores que tienen que hacer los individuos. En toda elección hay costos. El dilema es si el costo y el beneficio lo establecen las personas o un protector que sólo puede esgrimir una pulsión de parálisis, al punto en que celebra el beneficio para el planeta de que la humanidad no salga a vivir. Porque la elección que harían los que decidieran por sí mismos quedarse en casa tendría costos en la producción, pero sería perfectamente económica, del mismo modo que es económica la elección de irse de vacaciones en lugar de seguir trabajando.

Costo y beneficio, eso se vivir. Esta posibilidad queda fulminada cuando el disciplinador moral interviene. Ni la moral ni la economía son independientes de la libertad, de lo que el presidente llama capitalismo.

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