Por una integración latinoamericana libre de ataduras ideológicas

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El tema de la integración latinoamericana ha sido uno de los asuntos más importantes y vigentes de todo el siglo XX, y lo es en el siglo XXI también.

Intelectuales, políticos, diplomáticos y juristas de toda la región se han ocupado de discutir ideas, medidas y proyectos que impulsen dicho proceso.

Asimismo, desde sectores minoritarios, pero poderosos, en el interior de muchos de los países latinoamericanos y del Caribe han criticado y se han opuesto a cualquier integración que pudiese dañar los intereses nacionales de sus países, por lo general más chicos.

La integración no es un tema que ocupe solamente el interés latinoamericano, sino que también en otras geografías forma parte de la agenda internacional.

El primer problema es definir qué es la integración y analizar qué parte de la soberanía nacional se abandona o no cuando un Estado se integra con otro. ¿No se cede nada y la integración se reduce a una baja en los aranceles? ¿Se busca integrarse con aquellos Estados donde gobierna un partido político o una coalición con la que hay afinidades? ¿La ideología se debe dejar de lado y lo que hay que buscar en la integración es el mayor bienestar económico?

Estas y otras preguntas conforman el presupuesto básico para que los procesos de integración puedan avanzar y consolidarse. Todos los Estados que se integran deberían compartir la misma idea respecto a esto; si no, solo habrá permanentes batallas comerciales, ecológicas, aduaneras y de todo tipo.

Europa occidental encontró en su proyecto integrador la forma de alejarse del peligro de una nueva confrontación bélica como la que padeció durante la primer mitad del siglo.

Su avance fue cauteloso. Se esforzaron sus creadores (Manet, De Gásperi, Adenauer, De Gaulle) en alejarse de los extremos ideológicos y bajo pocas pero profundas bases e ideas (democracia, libertades fundamentales, defensa de los derechos humanos, libertad sindical, negociación salarial, igualdad de género, etcétera) se avanzó hacia lo que fue el Mercado Común, después la Comunidad Económica Europea y finalmente la actual Unión Europea de 27 Estados soberanos, unidos por instituciones plurinacionales como la Comisión, el Consejo y el Parlamento Europeo, que elige sus miembros por elecciones directas de todos los Estados.

No caben dudas de que más allá de algunos sobresaltos y retrocesos, como el Brexit, la Unión Europea es el ejemplo más importante de integración que se haya construido.

Por su parte, en el norte de América, los tres Estados que componen esa parcialidad americana sellaron el Acuerdo del NAFTA, (recientemente reformado por iniciativa americana), donde lo importante es el acuerdo comercial y donde no se hace lugar a temas sociales, como las migraciones, o a los estándares laborales. Es un acuerdo de integración económica y comercial que intenta cerrar las exportaciones que llegan al norte de América y remplazarlas por lo que se produce en los tres socios. Es decir que se trata de un acuerdo “defensivo” (en especial para protegerse de China y de Europa occidental). La diferencia abultada de desarrollo entre dos de sus tres socios le quita, ecuanimidad y eficiencia. No obstante ello, le permitió a los tres Estados crecer y mantener relaciones mucho más armoniosas que las que existían con anterioridad al tratado y son una coraza defensiva ante los fuertes intentos nacionalistas que existen en el interior de los socios.

En ese marco, a Latinoamérica y en especial a la Argentina le corresponde definir cuál es el concepto de integración que pretende y qué lugar quiere otorgarle.

Es obvio que la iniciativa no puede dejar afuera a algunos Estados que son clave en cualquier proceso integrador por su mayor riqueza económica, por cantidad de bienes y servicios y por población.

La tantas veces convocada “unidad latinoamericana”, para ser posible y alcanzarla, debe dejar de ser una consigna ideológica para traducirse en una palanca que sirva al desarrollo.

La consigna de unidad regional ideológica huele a retraso histórico. Al igual que la apertura económica sin límites, rechaza lo propio, lo autóctono, al negar un pasado común que hoy debería cristalizarse en un crecimiento regional que le ponga fin a las obscenas injusticias económicas y sociales que imperan cada día más en el interior de todos los Estados latinoamericanos.

Es por ello que creemos que el proceso integrador no puede estar regido por exámenes ideológicos, ni amistades personales, ni por afinidades históricas. Somos lo que somos, una región injusta y dividida claramente entre muchos pobres y pocos ricos, muy ricos.

No importe quién gobierne. Si está interesado en avanzar juntos, dejando de lado discusiones del pasado, América Latina debe integrarse comercialmente, rápidamente y luego como bloque avanzar hacia otras zonas geográficas. Sin temor pero con prudencia, sabiendo defender lo propio.

El Mercosur puede ser el núcleo inicial pero no el único. Los países andinos deben integrarse también, ya que no hay motivos para que queden fuera. Después podrán venir los demás que están más lejos y que tienen una presión muy fuerte que viene del norte al cual sus ciudadanos emigran cuando se van y que tardarán un tiempo en buscar nuevos horizontes en el sur.

Pero lo que no se puede hacer es trazar una línea ideológica donde se decide quiénes son justos y quiénes no. Somos todos latinoamericanos y tenemos el mismo destino común, nos guste o no.

Ya es hora de ponerlo en práctica.

El autor es diplomático de carrera, ex embajador en China y Canadá y ex representante permanente ante la ONU



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