La nueva normalidad

La Argentina superó los 100 días de aislamiento obligatorio (EFE/Juan Ignacio Roncoroni)
La Argentina superó los 100 días de aislamiento obligatorio (EFE/Juan Ignacio Roncoroni)

Nadie en nuestra querida Argentina hubiese imaginado en su brindis del 31 de diciembre de 2019 que la consigna “salud” iba a tener que ser de trascendencia mayúscula no solo para nuestros familiares sino también para el mundo entero.

Nada será igual para todos aquellos que hayamos tenido que vivir la pandemia del COVID-19. El mundo entero cambiará, consolidará nuevos hábitos que seguramente forjarán un horizonte distinto en todos los alcances de la humanidad.

Hemos aprendido que la hiperconexión conlleva a que todos, absolutamente todos, estamos más cerca de lo que creemos y que esa cercanía no diferencia países, ciudades, pueblos ni personas. El motor de contagio ha sido diagnosticado e indicado de las más disimiles maneras, a tal punto que para muchos ha puesto en riesgo la credibilidad de la mismísima Organización Mundial de la Salud.

Todos estamos expuestos y lo vivido nos obliga a pensar en el bien común como eje de recuperación de estándares deficitarios en materia de salud, educación e infraestructura. Volvemos al viejo actúa local, piensa global. Esa globalización debe ser pensada y diagramada con una mirada del bien común, quizás comandada estratégicamente con el G-20 y los organismos multilaterales pero diseñada desde valores de verdad absoluta, aceptando que lo global ha dejado fuera de circuito a gran parte de la población y que ahora, con la mirada que nos deja esta pandemia, debemos aprender que todo es absolutamente circular.

Argentina ha apostado a sostener el aislamiento por sobre la caída de los indicadores de producción, pero también todas las variables económicas, lo que obligará de corto plazo a todos los sectores y actores sociales a converger en una mesa de decisión para el futuro social y económico de nuestra querida República Argentina.

Entre los bienes jurídicos en juego, el Presidente de la Nación optó por la vida. Luego deberá seguir optando por la vida con el trazado de políticas públicas que disminuyan las grandes diferencias sociales, tomando y construyendo cuatro rutas troncales y transversales: salud, educación, vivienda y trabajo.

En esa mesa decisora ya no podrá -ni deberá- estar solo el Gobierno. Allí se deberán debatir muchas de las reformas legislativas de base y que históricamente han sido materia de irritación en nuestro país, pero que hoy más que nunca ameritan ser discutidas en virtud del contexto que estamos viviendo. Allí es donde el Estado debe estar presente y ser realmente eficiente.

¿Puede Argentina recuperarse sin una reforma del sistema de salud, tributario, laboral y educativo?

La dinámica económica y las sucesivas crisis llevan a que crezca la informalidad, ya que la contratación implica que entre aportes y contribuciones el costo laboral ronde el 50 por ciento. Además, no existe en la Argentina un fondo que proteja al trabajador ni al empleador en casos como el que estamos viviendo hoy en día.

De ser más dinámica la presión tributaria, seguramente el Estado recaudaría más y los sistemas públicos podrían ofrecer un servicio de mejor calidad para los que se encuentran fuera de la población económicamente activa, que de ser más dinámica la contratación serán muchos los que entrarán en la formalidad.

Por último, el calendario impositivo es casi tan complejo como la receta para salir de esta crisis que se avizora y que nos convoca a refundar bases y pilares de nuestra sociedad.

Hay ciertos momentos donde los debates resultan oportunos. Las crisis son habitualmente la pista de despegue para aquellos que necesitan plantearse un cambio. La ya denominada nueva normalidad nos ha demostrado que los sistemas pueden funcionar a distancia, que la economía de plataformas ha permitido y facilitado el abastecimiento y que pese a las reticencias de muchos sectores a la inclusión de la tecnología en el mundo laboral, esta ha permitido dar muchas soluciones.

La telemedicina, el teletrabajo, los bots y tantas otras formas nuevas de operativizar soluciones a nuestra vida cotidiana han quedado en el seno de las familias argentinas.

Es momento de pasar el pico de la pandemia, pero también de articular espacios de diálogo sectorial que permitan ir dándonos cuenta de que cada sector responde a una dinámica especial y que esta construcción a medida de las soluciones llevarán a la reconstrucción de los diferentes sectores como casos de éxito.

¿Todos los sectores deben ser abarcados por leyes únicas, rígidas y con años de antigüedad? ¿Todos los sectores deben tributar de idéntica manera?

El Estado debe alivianar la recuperación y eficientizar las políticas públicas. El Estado en sus tres poderes debe devolver a la ciudadanía la posibilidad de una pronta recuperación a través de herramientas tributarias, económicas y educativas, comenzando hoy el diseño de estas políticas con todos los actores sociales en la mesa.

La toma de decisión compartida no implica una pérdida de poder, sino una decisión eficiente e inteligente con todos los que podrán –o no– poner de pie la República Argentina.

La adaptación de las normas y las regulaciones hará que cada sector económico pueda potenciarse en forma independiente. Ha servido el caso del tratamiento especial de la industria de la construcción, la economía del conocimiento y algunos otros que podríamos tomar como modelo para aplicar leyes especiales.

El Estado en sus tres poderes deberá ser el articulador de una decisión conjunta que convoque a empresarios y trabajadores a diagramar el plan de vuelo sin turbulencias para una nueva normalidad argentina.

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