Coronavirus: las enseñanzas de las que nadie habla

Foto de archivo: un hombre con barbijo camina al lado de un comercio cerrado por la cuarentena obligatoria dispuesta para evitar la expansión del coronavirus en una calle céntrica de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. 22 mayo, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian
Foto de archivo: un hombre con barbijo camina al lado de un comercio cerrado por la cuarentena obligatoria dispuesta para evitar la expansión del coronavirus en una calle céntrica de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. 22 mayo, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian

La vida no se aprueba definitivamente porque siempre hay algo para aprender, hasta el último suspiro. Y sin lugar a dudas este virus que acecha a la humanidad es una materia que no habíamos cursado. Ya se dijo suficiente acerca de los síntomas que desencadenó. Pero lo resumo, para hacer un repaso. En el inicio de la cuarentena, con el cambio abrupto en nuestras rutinas, se instaló el miedo a contagiarnos y contagiar, y el terror a morir o que mueran nuestros seres queridos. Avanzado el confinamiento, llegaron las angustias y las ansiedades, en variadas intensidades, asociadas a la incertidumbre que genera ese mañana pandémico, apocalíptico, menos cierto que nunca. Pero hay un lado b, que podríamos llamar de las enseñanzas del coronavirus, de lo que poco se habla porque quedamos capturados por lo negativo, por la toxicidad reinante, y porque siempre tiene más prensa la muerte que la vida.

De movida aclaro que no proclamo, ni deseo, que el dolor sea la puerta de acceso por la que debamos pasar para aprender. Pero, siempre hay un pero, el dolor es inevitable por el simple hecho de estar vivos. La cuestión a definir es cómo no paramos ante el dolor y qué dimensión le damos. En definitiva, y en criollo: qué jugo le sacaremos a esta extensa y por momentos dolorosa cuarentena. Debemos tomar una decisión, o lo vivimos solo como un drama, o le sacamos provecho sumando nuevos aprendizajes. ¿Puede ser una oportunidad para repensarnos, para reinventarnos, para armar un nuevo sentido en nuestro vivir?

No hay enfermedad, hay enfermos. Máxima que invita a pensar que ante la misma problemática cada sujeto responde a su modo. Y frente a padecimientos sociales, sucede lo mismo. El coronavirus nos interpela a todos y a todas, pero el aprendizaje es singular. Para aprender, primero necesitamos ser flexibles. Cuando nos abarque la angustia, el miedo o la ansiedad, tenemos que recordar que estamos en medio de una pandemia, reconocernos vulnerables, y saber que no podemos responder “normalmente” frente un hecho inédito. Se responde bien, cuando se sabe. Se responde acertadamente, cuando hay una experiencia previa. Y esto que está sucediendo es desconocido. Aceptemos, entonces, que estamos ensayando, que nos vamos a equivocar, y que es esperable no entender ni entendernos, estar desorientados. Si en condiciones “normales” no es tan simple alcanzar la paz, el equilibrio, mucho menos en medio de un tiempo adverso. Debemos saber que todas las alteraciones psicológicas ya descriptas son esperables porque todavía el psiquismo está acomodándose ante lo inesperado y sus efectos. No nos va a definir lo que está sucediendo sino el aprendizaje que le saquemos.

El tránsito por una pandemia implica un aprendizaje mayor, determinante, porque está ligado a lo fundamental: la enfermedad y la muerte, es decir nuestro destino y el de la humanidad. Quienes no sean flexibles sufrirán más porque este es un tiempo que desestructura, que desarma mucho de lo que conocíamos en los planos individuales, sociales y ecológicos. Si tomamos el coronavirus y sus efectos como una posibilidad, podremos repensarnos, recalcular y darle una nueva dirección a nuestra existencia.

La llegada del coronavirus desajustó los sentidos que teníamos hasta entonces. Pero mientras continuemos “guardados”, una de las mejores inversiones que podemos hacer es apelar a la memoria, repensar cómo vivíamos antes de la cuarentena, con qué nos quedamos, qué desechamos, redescubrimos y diseñar nuevos proyectos. Debemos luchar para no quedar paralizados, sin un propósito para continuar. ¿Y cómo saber por dónde seguir? El deseo será nuestra brújula para rescatar en lo cotidiano, en lo profundo de nuestro ser, aquello que quizá estaba oculto, dormido, invisible por el ajetreo que teníamos antes de la cuarentena. Entonces, desde este tiempo marcado por el coronavirus, por momentos paralizador, podremos intentar una transformación. Estamos en la escuela de la vida, cursando la materia “cuarentena”. Sugiero que nos preparemos, que incorporemos nuevas herramientas porque nadie nos puede garantizar cómo sigue este mundo, si no nos esperan nuevas pandemias.

El autor es psicólogo y escritor

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