El velorio de Juan Domingo Perón en Olivos
El velorio de Juan Domingo Perón en Olivos

Fue el día en que lloramos todos. Era otra sociedad, muy distinta de la de hoy. Cuesta explicarlo. Recordarlo, mucho más. Comprenderlo para los jóvenes debe de resultar muy difícil, y son muchos los que ni siquiera lo intentan.

Me agarró en la calle. Una nube de silencio envolvió a los caminantes, la mayoría lloraba en soledad. Una lágrima expandida que marcaba una concepción de la patria. Más del 60% de los votos y el respeto de la enorme mayoría del resto. Nadie lo ignoraba: se acababa una etapa de la historia nacional. Ese día nació el miedo, el de todos, ese que fue creciendo hasta convertirse hoy en el más fuerte sentir colectivo, el temor al mañana. Nunca fuimos tan patria como ese día ni tan colonia como somos hoy. Una historia violenta pero digna, con una oligarquía con pretensiones de grandeza que se advierte en el arte que llena nuestros museos. Iban a Europa a buscar lo mejor, aquellos que lucen hoy sus palacetes, sobrevivientes como embajadas, el diseño de nuestros parques y sus estancias. Aquello que expresó André Malraux al conocer Buenos Aires: “Es la capital de un imperio que nunca existió”. El país conservador y luego, la patria radical, la de Yrigoyen y también, por qué negarlo, la de Alvear. La década infame donde ya es tiempo de incertidumbre y desvíos como nación, el tratado Roca-Ruciman como expresión de una oligarquía agotada, sin energía para ser ella misma. Una oligarquía que prefiere la humillación de la dependencia al esfuerzo, y decide que al mundo lo piensen otros. Y el peronismo, surgiendo de un ala militar de esa dictadura, eso que lleva a un antiperonismo ignorante y miope a decir que “Perón era fascista”, una idea que, como ya hemos dicho a propósito de la neutralidad en ambas guerras -con Irigoyen y con Perón- adoptaron de Churchill a su usanza, sin elaborarlo.

Perón es el surgimiento de una democracia popular, el reconocimiento de la dignidad de los humildes. “Después de Perón y Evita nunca más tuve que bajar la vista frente al patrón y al policía”, me dijo en una oportunidad un obrero. Desde aviones a tractores, desde coches a motos, fabricábamos todo. Con Alvear, fuimos parte del selecto grupo que investigaba la industria aeronáutica. En esos tiempos, Buenos Aires era una ciudad mucho más rica que Roma o Madrid. Y siguió siéndolo durante mucho tiempo, con Frondizi, con Illia, incluso bajo la dictadura de Onganía y Lanusse. La pobreza era apenas del 5 por ciento, la deuda no superaba los seis mil millones de dólares, no había miseria ni caídos en la calle, la desocupación apenas existía, nuestra ciudad brillaba hasta en la digna vestimenta de sus caminantes.

Lo conté muchas veces. Fui a Olivos. Me conmovió ese enorme pedazo de historia en el féretro y los cuatro soldados temblando pero firmes. En esa soledad de una capilla ardiente sin visitantes sentí el dolor y el nacimiento del miedo al futuro, ese que surgiría pocos días después y ya nunca habría de encontrar su final. La imbecilidad de “los imberbes”, de los que entregaron vidas pero nunca entendieron las necesidades reales del país y nos invitaban a una guerra suicida. Y los militares, formados en el imperio para perseguir comunistas, se sintieron liberados e iniciaron la masacre. Alguna herencia cargan los organismos de Derechos humanos de aquella violencia sin rumbo, como sigue arrastrando la derecha aquel liberalismo destructivo de Martinez de Hoz. La mayoría éramos democráticos y nacionales, peronistas y radicales, frondizistas y del Partido Intransigente de Alende. Todos soñábamos consolidar la democracia, menos la guerrilla y su contracara, las fuerzas armadas. Les molesta que digamos que había dos demonios -es cierto que no eran lo mismo, naturalmente-, pero sí había dos violencias, que se asemejaban en la demencia. Una violencia heroica e insensata; otra, oscura, empleada del imperio de turno. El patriotismo estaba en la democracia; la decadencia, en las armas. El reformismo era lo único conscientemente transformador.

La traición ideológica fue absoluta. Usurparon su memoria y su nombre, su fotografía y a Evita, para demoler todo lo construido por él y sus predecesores, hasta lo forjado por sus enemigos. Decidieron un destino colonial, comprando todo afuera, para limitarse a producir materias primas y depender de los demás. Regalaron las rutas y los aeropuertos, la luz y el gas, el teléfono y los ferrocarriles, y repartieron lo de todos, construido por todos, en nombre de una supuesta “eficiencia de la modernidad”. “Privatización” fue el nombre de aquel saqueo, parecido a las invasiones inglesas, sin habitantes que les arrojaran aceite hirviendo. Nacieron miles de ricos, intermediarios, buscadores de “royalties”. Dejamos de intentar ser Europa y su sociedad del bienestar para imitar a Estados Unidos, donde la riqueza no tiene límites y la miseria, tampoco. La patria era un destino para todos, y la dirigencia política la transformó en el espacio de su propio ascenso social, contracara del empobrecimiento colectivo.

Aquel primero de julio se nos fue el General y la voluntad de ser nación, que era el nervio de su pensamiento compartido con aliados y con la mayoría de sus enemigos. Por eso, nuestros hijos deben recordar esa fecha recuperando la única consigna ordenadora de todo pensamiento “patria o colonia”, y recuperar para siempre la patria de nuestros mayores.