Haciendo cosas raras

En la imagen, el presidente de Argentina, Alberto Fernández. EFE/Juan Ignacio Roncoroni/Archivo
En la imagen, el presidente de Argentina, Alberto Fernández. EFE/Juan Ignacio Roncoroni/Archivo

La política está hecha de aciertos y yerros. Una afirmación sencilla, pero difícil de asimilar por parte del actual gobierno nacional. Por momentos, el Presidente parece encadenarse a medidas que, en su momento, fueron correctas, como la cuarentena total, y a enojarse con terceros por traspiés propios, como el avance sobre la propiedad privada. No existen los grises. Su respuesta es una fuga hacia delante que profundiza el problema y tritura el consenso social que se había logrado para enfrentar el Covid-19.

¿La gestión de Cambiemos cometió errores? Sí, claro. Lo admitimos en numerosas ocasiones: en economía no cumplimos nuestros objetivos. Además, la obsesión por ordenar las cuentas públicas careció de un relato político que justifique todo el esfuerzo de la gente. Más claro: como épica, el equilibrio fiscal sabe a poco. Y no nos ponemos colorados cuando hacemos este “mea culpa” porque estamos convencidos de que hay que debatir desde los hechos, no desde el ilusionismo. Un país serio se hace con los pies sobre la tierra. Winston Churchill era categórico al respecto: se trata de ser útiles más que importantes.

Ahora, ser autocríticos no nos impide subrayar logros de la administración anterior como el autoabastecimiento energético; la mayor descentralización de recursos hacia las provincias de los últimos 30 años (a tal punto que todas las administraciones intermedias tuvieron superávit); obra pública en cada rincón de nuestro país (un federalismo tangible, no verbal); freno al narcotráfico (saneamiento de las fuerzas y protección de fronteras); inserción estratégica al mundo (ahí están el G20 en Buenos Aires y el tratado entre el Mercosur y la Unión Europea como pruebas irrefutables); y una Argentina vertebrada y conectada a través de un circuito aéreo inédito.

Y esta revisión matizada de ninguna manera nos priva de señalar absurdos actuales, como la expropiación de la empresa Vicentin. Una estocada más a la confianza del país, una razón menos para atraer capitales y generar de puestos de trabajo para los argentinos. Acá no hay que inventar nada, basta con ojear las economías más exitosas del planeta y distinguir que su ecuación es sencilla: el Estado debe estimular al sector privado, no espantarlo con impuestos, marcos legales asfixiantes o intervenciones.

El mundo no entiende hacia dónde va Argentina. Es un enigma. Cómo una nación que fue un faro de clase media para la región se empecina con el espejismo venezolano. En vez de diseñar un país moderno, abierto y equitativo, nos aferramos al peor experimento político del siglo XXI. Un proyecto sumergido en problemas obsoletos como inflación, corrupción y desempleo. Retos cruciales de esta época como inteligencia artificial, trabajo remoto y renta básica universal quedan opacados por taras de otra era.

Somos conscientes que el Covid-19 es una situación excepcional. Nuestro presidente tiene que contar con los recursos institucionales y económicos necesarios para afrontarlo. Pero eso no habilita a suspender parcialmente los poderes legislativo y judicial. Debemos garantizar el equilibrio de fuerzas para no caer en un “cesarismo encubierto”. Como dice el filósofo español Daniel Innerarity, “en la democracia el poder está en todas partes y en ningún sitio”. Como oposición, nuestra tarea es defender dicho pluralismo y mantener despierto el sentido crítico.

Hay que frenar cualquier instinto hegemónico antes que sea tarde. En esta emoción pública que llegó para quedarse con las redes sociales, la clave para lograr una convivencia sana es respetar al que siente diferente. No hay valores correctos y valores equivocados. Esa división es típica del fanatismo, que está convencido que la realidad, es una película en blanco y negro. No. La democracia garantiza tantas verdades como miradas. El derecho a la diferencia es una de las conquistas más sagradas de la humanidad.

La libertad, la igualdad de oportunidades, la transparencia y el esfuerzo son principios cardinales para una gran parte de la sociedad argentina. Los que representamos ese imaginario estamos convencidos que la meritocracia es lo contrario al “amiguismo”. Los privilegios son propios de los sistemas feudales; ahora vivimos en sociedades vivas, dinámicas e innovadoras. El desafío es nivelar los puntos de partida y no dejar a nadie atrás. En criollo: la función del Estado es asegurar que la hija del laburante tenga las mismas posibilidades que el hijo de la intendenta.

El coronavirus es un Big Bang. Un nuevo comienzo. Nada volverá a ser igual. Sin negar las dificultades –sociales, económicas y sanitarias– que atravesamos ni caer en un optimismo terco, hay que tomarlo como una oportunidad que nos acerca la historia para deshacernos de nuestros problemas cíclicos. Y la nostalgia no es una opción. Hay que cambiar el espejo retrovisor por el parabrisas. Enamorarnos de lo que viene, no de lo que perdimos. Tener la valentía de mirar de frente al futuro. De eso se trata.

El autor es subsecretario de Cooperación Urbana Federal del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires Autor del libro “La Revolución de los Municipios” (2019)



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