(Reuters)
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Se están cumpliendo 109 días desde aquella ya histórica jornada de marzo en la cual la OMS declaró la pandemia a raíz de la propagación del Covid-19. Envuelta en una serie de acusaciones por parte de algunas potencias, pérdida de prestigio en materia de rigurosidad científica y -sobre todo- notables inconsistencias en su comunicación, el organismo dio el puntapié internacional para que los países adoptaran o aceleraran medidas extremas.

Por estos días, el mundo debate el retorno a la “nueva normalidad”, aunque todo ello en un escenario todavía de mucha incertidumbre: mientras el hemisferio sur oscila entre la flexibilización o el reforzamiento de las medidas sanitarias, en el hemisferio norte conviven realidades tan disímiles como la de Estados Unidos con un virus sin control, y una Europa que comienza a volver paulatinamente a cierta normalidad aunque con el riesgo aun latente del tan temido rebrote.

Argentina, por su parte, atraviesa ya 100 días de cuarentena con un notable nivel de cumplimiento de sus objetivos, aunque con un inocultable agotamiento de los ciudadanos: la estrategia del gobierno nacional, respaldada por todas las provincias, permitió retrasar la propagación, preparar el sistema sanitario y sobre todo aprender más de un virus tan novedoso como rápido en su evolución y contagio. Sin embargo, tras la última conferencia de prensa conjunta entre el Presidente, el gobernador bonaerense y el jefe de gobierno porteño, quedó en claro que, lejos de estar transitando la meseta de la crisis, nos acercamos al temido pico, por lo que será necesario redoblar esfuerzos ante la inevitable llegada de los climas gélidos y el riesgo de saturación del sistema de salud.

En este contexto, en un mundo en el que conviven países con estrategias sanitarias restrictivas, otros indiferentes o negacionistas de los riesgos, y otros que comienzan a entrar en una “nueva normalidad”, un nuevo debate se ha comenzado a instalar: ¿qué hacer con las elecciones?

Una decisión difícil

La decisión de iniciar el largo proceso que suele caracterizar cualquier campaña electoral en el mundo está siendo objeto de acalorados debates. En términos generales no es su costo económico –algo que siempre ha sido muy cuestionado- lo que está dividiendo aguas, sino el criterio de oportunidad para que este o el próximo año sea propicio para hacer campañas o, en todo caso, qué tipo de campañas y elecciones serían las adecuadas. Es que en tiempos donde el distanciamiento social llegó para quedarse por largo tiempo, todo el movimiento de gente, reuniones, y contacto estrecho que significan las elecciones plantea serios interrogantes

Es cierto que en los últimos años una buena parte de las campañas electorales han dejado de tener lugar en el plano de lo físico, para pasar exclusivamente al virtual: a los clásicos spots televisivos, afiches gráficos o jingles radiales característicos del siglo XX, en los últimos 15 años se le sumó todo lo que significan las campañas por redes sociales, sitios webs, mensajes de WhatsApp, etc. Resulta muy difícil estimar cuánto, en términos porcentuales, de las contiendas ocurre en el mundo de los pixeles, y cuánto en el mundo de lo sensible. Pero lo cierto es que cada vez es un porcentaje mayor el que se mide en bytes. No obstante ello, lo que viene sucediendo en los Estados Unidos estas semanas, sobre todo en el caso de la campaña electoral de Donald Trump, da cuentas de que las formas y rituales tradicionales son una mala idea en momentos en que el contacto físico y las grandes concentraciones de gente son el escenario ideal para propagar el virus.

América Latina se ha convertido por estos tiempos en uno de los epicentros de la pandemia ya que, como no había ocurrido meses anteriores, los contagios están aumentando exponencialmente. En la región, solo tres países (República Dominicana, Surinam, y San Cristóbal y Nieves) han celebrado sus comicios para elegir cargos locales en lo que va del año, pero cabe remarcar que todos ellos han sido al comienzo de esta crisis, una decisión que seguramente hoy hubiese sido diferente.

Tal es la situación que vive Chile, quien postergó los comicios para un plebiscito constitucional y para la elección de autoridades regionales. Del mismo modo lo resolvieron Uruguay, quien postergó sus elecciones departamentales, República Dominicana para su elección presidencial, México y Paraguay para sus elecciones locales.

Si bien Argentina no tiene que esclarecer esta disyuntiva en las próximas semanas, ya que su calendario electoral nacional aún está lejos de comenzar, el debate parece acercarse. Un debate que se resignifica, además, a la luz de las últimas experiencias en materia de calendarios electorales, con provincias que iniciaron sus procesos electorales tan temprano como febrero.

Si bien no se trata de una cuestión urgente, se trata de un tema central para la salud, ya no de de las personas, sino del sistema democrático que tanto nos costó consolidar. Por ello, es imprescindible que ésta, como otras decisiones centrales, sigan tomándose en consenso con todo el arco político.

*Sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (Parmenia, 2019)