Según la leyenda su madre solía llevarlo arropado en su moisés hasta la puerta de la Casa de Estudios, para que escuchara los debates y discusiones de los sabios (Talmud Ierushalmi, Ievamot 1:5). Creció a la luz de la defensa de las ideas, del combate ideológico y de las disputas por la verdad. Se sumergió en el mundo de la mística de la mano del gran maestro de la época. Al llegar a la madurez, parecía que ese mundo de sabiduría y espiritualidad llegaba a su fin con la destrucción y el exilio de la ciudad Sagrada y el Gran Templo del Monte, por parte de los romanos a fuego y espada. Sin embargo, Rabi Ioshua, el hijo de Jananiá, así como toda esa generación, logró a través del debate creativo acerca de cómo seguir adelante, que la historia empezara otra vez.

Rabi Ioshua era conocido por su sabiduría, pero en especial por su capacidad argumentativa. En su visión, no era sólo su verdad la que valía, sino la que se lograba en medio del fragor de la discusión. Por esa habilidad fue nombrado como interlocutor con los césares y ministros romanos, habiendo participado en todo tipo de debates para defender la ideología y la fe de los suyos. Pero de todas las discusiones con gobernantes, sabios, intelectuales y políticos de la época, Rabi Ioshua recuerda haber sido rápidamente vencido en el debate en tres ocasiones. La primera, por una mujer que le dio de comer en un albergue en el camino, quien lo reprobó por sus impensadas malas formas. Las dos veces siguientes, el maestro recuerda haber sido superado por un niño y una niña (Talmud Babilónico, Tratado de Eruvin 53b).

En el caso de la pequeña, Rabi Ioshua recuerda ir caminando por una carretera hasta que nota un camino que atraviesa un campo. Cuando decide tomar ese camino para acortar el viaje, la pequeña niña le dijo: “Maestro, ése no es acaso un campo por el que no debiera pasar para no maltratarlo?”. A lo que Rabi Ioshua respondió: “No. Es obviamente un camino bien pisado”. Entonces dijo la niña: “Ladrones como usted lo han transformado en un camino”.

La historia con el niño también lo encuentra en un viaje. Rabi Ioshua recuerda: “Llegué a un cruce de caminos donde un pequeño estaba sentado y le pregunté: ¿Cuál camino debo tomar para llegar a la ciudad?. Él respondió: Este camino es corto pero largo, y este otro es largo pero corto. Tomé obviamente el camino más corto, pero al llegar casi a la ciudad, noté que estaba rodeado de jardines y huertos y sólo llegaría desviándome una y otra vez. Decidí volver al cruce. Cuando vi al pequeño le dije: Hijo mío, ¿no me dijiste que este camino era el más corto? Entonces me respondió: ¿y no le dije también que era el más largo?”

Rabi Ioshua, el experto en discusiones, aprendió de aquella mujer que cuando se discute lo importante no es sólo el contenido sino también el envase. No se trata sólo de lo que decimos, sino de la forma en que lo decimos. Podemos tener todas las razones y verdades posibles, pero si no tenemos la altura, la estrategia, el volumen o el timing para comunicarlo, la discusión ya está perdida.

A la vez aprendió de los niños, que uno no debe dejarse llevar sólo por la vasija, sino por la riqueza de su contenido. En la respuesta de la pequeña, descubrió que el hecho de que todo el mundo haga, piense, actúe, diga o vaya por un camino, eso no lo transforma en el camino correcto. De igual forma al discutir, a veces nos obstinamos en ir siempre por el mismo lugar, en las mismas respuestas, reproches, argumentos y exigencias, sin notar que simplemente por ahí no es el camino.

Del pequeño, comprendió que hay dos formas de hacer las cosas: una bien y otra mal. Que la que está mal seguramente sea más rápida y fácil, pero por lo general termina mal. La correcta puede parecer más ardua, dificultosa y larga, pero de seguro nos lleva al lugar que anhelamos. Cuando elegimos tomar el camino corto y no darle el tiempo debido a las conversaciones necesarias, la herida sólo crece. Tomar el camino más largo es darle el tiempo que merecen las charlas pendientes. Tomar un atajo, no siempre nos lleva a destino.

Rabi Ioshua nos dice que la vida es un viaje. Que vamos a encontrar momentos de quiebre, caminos que se bifurcan, salidas rápidas, atajos oportunos y refugios donde frenar la caminata. Que todos esos momentos nos llevarán a grandes debates, en nosotros, entre nosotros o con nosotros mismos. Cada día debemos elegir algún camino. Para un viaje más liviano, nada más seguro que alcanzar la altura emocional a la hora de debatir con nuestros compañeros de ruta cuál de ellas seguir. Lo que debemos saber es que en cada discusión, en cada cruce de caminos, podemos encontrar un enemigo que nos impida avanzar, o un maestro que nos ayude a crecer.

En uno de los más famosos y acalorados pasajes de discusiones entre sabios del Talmud (Tratado de Bava Metzia 59b) Dios aparece mediante una voz celestial, dándole la razón a uno de los sabios de la Casa de Estudio para terminar de una vez con un debate inagotable. Es en ese momento en que interviene Rabi Ioshua reprochándole a la voz celestial: “La Torá ya no está en los cielos”. Ese pasaje se transformó con los siglos en el emblema de la defensa al debate, la argumentación de ideas, la diversidad de opiniones y la negativa a obedecer una verdad única aunque provenga del mismo cielo. El Talmud nos dice que, en ese momento, Dios sonrió satisfecho y dijo: “Mis hijos me han vencido”.

Amigos queridos. Amigos todos.

Lo importante es descubrir el objetivo último detrás de una discusión. Cuando la lucha es por el poder, si yo pierdo, pierdo. Pero si gano, también pierdo, porque al disminuir a mi oponente también me disminuyo a mí mismo. Sin embargo, cuando el debate es en nombre de la verdad, la de cada uno que es profundamente valedera, si yo gano, gano. Pero si yo pierdo, también gano, porque crecí al escuchar, aprender y saber al otro.

Rabi Ioshua aprendió en el viaje de la vida que un par de niños podían ser sus maestros. Quizá eso le dio el mérito de ser quien le enseñó a discutir al mismo Dios. El texto bíblico que estudiamos esta semana nos invita a aprender acerca del arte de discutir. El saber los principios básicos acerca del debate y la discusión es parte esencial del viaje íntimo del conocimiento, de la enseñanza a los hijos, del vínculo con cualquier otro y del crecimiento creativo en el amor.

La victoria en cualquier discusión se mide esencialmente en el final. Cuando al terminar el debate podemos mirarnos profundo a los ojos y volver a sonreír. En ese momento, si afinamos los sentidos, podremos saber que hicimos sonreír también al mismo Dios.

El autor es Rabino de la Comunidad Amijai y Presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.