El presidente Alberto Fernández (EFE/ Tono Gil/Archivo)
El presidente Alberto Fernández (EFE/ Tono Gil/Archivo)

La Argentina llego a un punto de inflexión donde dos diferentes sectores pretenden colocarnos ante la disyuntiva de optar por uno de ellos y ambos son contrapuestos, ambos son dogmáticos, unos de izquierda y otros de derecha, pero ambos fueron y son ruinosos, ambos se dicen nacionalistas pero tampoco los son.

Hasta las primeras dos décadas del siglo pasado teníamos un objetivo bien delineado y cierto, respetando y apegándonos a la Constitución. Luego, por intereses sectarios, este democrático y ordenado sistema se interrumpió. Ahí comenzó un período de decadencia que al día de hoy nos coloca ante un desorden estructural en todos los órdenes que se manifiesta en la crisis económica-social que nos llevó a la pobreza, la disolución y confrontación social.

Debemos enfriar los ánimos y comenzar a reconstruir sobre las ruinas y la descomposición del tejido social de los argentinos

A este dilema existencial debemos sumar ahora la pandemia que, como ocurre con estas calamidades, provocará cambios en todos los órdenes, pero esencialmente en la conducta y accionar del hombre. Seria reiterativo enunciar las consecuencias económicas y sociales a nivel mundial, pero creo que la creciente pobreza y desigualdad necesariamente nos van a llevar a una nueva organización, más justa y equitativa. Es decir el capitalismo tal como hoy lo conocemos deberá modificar su pensamiento y conformación, aggiornándose y adaptándose a las nuevas realidades y mitigar desigualdades sociales.

A este colosal desorden global, en la Argentina también hay que sumar el desorden que se arrastra desde hace décadas y que nos llevó a tener una economía quebrada tanto a nivel estatal como privado, con estructuras administrativas, jurídicas, laborales, políticas y empresariales corruptas y anacrónicas. La situación es tan dramática que, en algunos aspectos, es similar a los países que sobreviven a una guerra. Debemos enfriar los ánimos y comenzar a reconstruir sobre las ruinas y la descomposición del tejido social de los argentinos.

Martín Guzmán, ministro de Economía
Martín Guzmán, ministro de Economía

El presidente Alberto Fernández y su ministro de Economía, Martín Guzmán, continúan negociando con los bonistas para evitar el default de parte de la deuda pública. Reconocemos lo difícil que esto resulta, pero también debemos considerar las gravísimas consecuencias de un fracaso: significaría que se cierren los mercados financieros internacionales, eventuales embargos de activos argentinos en el exterior, juicios y más emisión montería, entre otros tantos males.

A este debemos sumar las consecuencias del COVID-19. Es necesario rever la cuarentena en su extensión ya que está generando un acelerado deterioro de la economía con una enorme expansión monetaria del Banco Central para financiar el creciente déficit fiscal. Paralelamente se siguen perdiendo reservas, el dólar continua su escalada alcista, la situación social es cada día es más vulnerable y hay cientos de miles de desocupados y empresas quebradas. Dentro del Gobierno dos sectores pujan por su posicionamiento y la oposición está fragmentada, frágil y sin rumbo. La conjunción de estos elementos puede ser un cóctel explosivo. Es apremiante sincerar, estabilizar y armonizar todas las variables económicas y sociales para lograr un desarrollo sustentable en el tiempo.

El capitalismo tal como hoy lo conocemos deberá modificar su pensamiento y conformación, aggiornándose y adaptándose a las nuevas realidades y mitigar desigualdades sociales

En este alarmante contexto de calamidades, desconcierto y transformaciones nos enfrentamos a un escenario que debe motivarnos para insertarnos ventajosamente en los irreversibles cambios que vendrán a nivel global. Estamos en un mundo de confrontación entre potencias que impone sagacidad. Lo que sostenía el primer ministro británico del siglo XIX Lord Palmerston: “Inglaterra no tiene amigos permanentes, ni enemigos permanentes, solo tiene intereses permanentes”. Esa idea debería guiar nuestra política exterior, manteniendo y defendiendo nuestros intereses territoriales, económicos y culturales.

Tenemos una infinita capacidad de producción primaria, pero tenemos que contar con un capital que está en los mercados. Y esos mercados requieren como condición sine qua non, como corresponde, seguridad jurídica, previsibilidad y continuidad en las políticas de Estado.

Comencemos a trabajar mancomunadamente con inteligencia, imaginación, inventiva y buena fe para lograr salir de la decadencia. Esta crisis es la oportunidad para lograr un crecimiento necesario y sostenido

Cuando hablamos de mercados de capitales estamos haciendo referencia puntualmente a la necesidad de contar con bolsas regionales que equilibrarán el flujo de capitales hacia actividades productivas hoy desatendidas. De haber existido en la actual crisis esas bolsas, infinidad de empresas pymes hoy en virtual estado de quiebra podrían haber acudido rápidamente a la obtención de financiamiento o la búsqueda de socios que aportaran capital.

Por favor, seamos pragmáticos. Comencemos a trabajar mancomunadamente con inteligencia, imaginación, inventiva y buena fe para lograr salir de la decadencia. Esta crisis es la oportunidad para lograr un crecimiento necesario y sostenido. Estamos proponiendo caminos más efectivos y diferentes que permitirán que nuestros ahorros dejen de ser en dólares o que emigren. Esos ahorros tiene que transformarse en participación accionaría u obligaciones negociables de empresas productivas locales que conocemos, que darán utilidades, trabajo y riqueza. Así lograremos definitivamente la repatriación de capitales que fugaron en búsqueda de la seguridad que nosotros no supimos dar. El desafió esta planteado; en nosotros está concretarlo.

El autor es presidente del IADER