Construir nuevas mayorías, así en la calma como en la adversidad

Sociólogo, autor del libro "Gustar, ganar y gobernar" (Ed. Aguilar)
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A diferencia de lo que ocurría hace 50 o 100 años, los liderazgos políticos modernos comprenden y reconocen, como parte fundamental de su actividad, el aprendizaje que se deriva de la experiencia. Ya no se busca proyectar la imagen de salvadores providenciales, portadores de dones cuasi sobrenaturales, megalómanos cuya misión está determinada por una suerte de dictamen divino y sus actividades regidas por certezas inquebrantables e infalibles.

Los líderes de hoy son hombres y mujeres que toman decisiones en contextos más o menos adversos, con altas dosis de incertidumbre, y con mayor o menor cantidad de recursos a disposición, entre otros condicionantes. Como todo ser humano que decide, los líderes no están exentos de equivocarse. Lo virtuoso en los líderes actuales, no es entonces estar exentos del error, sino la posibilidad de reconocer equivocaciones, aprender de los errores y tener no sólo la humildad sino también la visión estratégica para corregir o ajustar oportunamente sus decisiones para obtener resultados más eficaces.

Una opinión pública líquida

En las últimas semanas, la Argentina ha vuelto a dar cuenta de un fenómeno extensamente estudiado por las ciencias sociales, pero poco reconocido por los políticos: la sociedad es dinámica, la opinión es vólatil, líquida diría el filósofo Zygmunt Bauman. Todo lo que hoy parece una realidad consolidada, mañana –o con el paso de los días- puede cambiar.

Hace algunas columnas atrás, alertábamos sobre los riesgos de enamorarse de los contundentes números de imagen positiva que el gobierno nacional había cosechado fruto de la gestión de la crisis del Covid-19. Es cierto que los estudios de opinión pública mostraban, en muchos países en que los líderes estaban afrontando con seriedad y compromiso la pandemia, que sus niveles de aprobacioón estaban aumentando. De hecho, el aumento de la imagen positiva de presidentes y primeros ministros puede verse en los meses de febrero, marzo y abril en muchos países, con algunas notables excepciones como las de Estados Unidos o Brasil. La tentación era muy evidente: enamorarse de sus resultados, creyendo que perdurarán por siempre.

No debe perderse de vista que una encuesta es un instrumento científico que sirve para analizar el estado de la opinión pública en un momento determinado y que, en el mejor de los casos, ofrece información estratégica para la toma de decisiones. Pero hay que ser cauto y precavido en su análisis, ya que en manos incorrectas o bajo la tentación de su interpretación inexperta, puede enceguecer aun al lector más preparado.

En la clásica obra de Homero, La Odisea, el heroico y aventurero Ulises, guiado por las recomendaciones de la hechicera Circe para afrontar con éxito las desaventuras que lo obstaculizarían en su vuelta a Ítaca, se ató al mástil de su nave para poder cruzar los dulces y seductores cantos de las sirenas. Este sería el primero de varios desafíos que el vencedor de la guerra de Troya tendría que superar para llegar a su añorado destino. Así, sin dejarse guiar por la intuición o el sentido común y recordando la recomendación de Circe, Ulises tomó los recaudos necesarios, evitando caer en las mortíferas –pero a simple vista apetecibles- aguas de las sirenas.

Los líderes tienen que evitar caer en la seducción de los números que arrojan las encuestas. Sobre todo, cuando estos son embriagadoramente positivos. Es evidente que muchos dirigentes de Argentina, pero también de otras latitudes, no tomaron los recaudos necesarios, y se vieron tentados por las seductoras melodías de las encuestas. Como resultado, muchos ven hoy estruendosas caídas de imagen positiva sin encontrar consuelo o explicación racional. La respuesta es simple: la opinión pública esta constantemente en movimiento y es necesario articular consensos casi a diario. Nunca mejor recordado aquel concepto esgrimido en la década de 1970, que señalaba que gobernar requería en cierta forma estar en “campaña permanente”.

Los consensos y mayorías no se construyen leyendo encuestas, sino en el día a día, y ello tiene una fuerte incidencia en las acciones y decisiones de gobierno. Una valorada performance en la gestión de una crisis puede desaparecer si se desatiende la necesidad de construir un consenso en materia de opinión pública respecto a otras decisiones, sean éstas sensatas o no.

Un aprendizaje para los ciudadanos y para los líderes

Esta volatilidad de la imagen de los presidentes no es nueva. A partir de los estudios de opinión pública que se han hecho en Argentina desde 1983, de la mano de los prestigiosos sociólogos que fueron pioneros en la materia como Manuel Mora y Araujo, Alejandro Catterberg y Julio Aurelio, podemos ver que lejos de ser un fenómeno de los últimos años, es una recurrente e intrínseca característica de nuestra pendular democracia.

Los argentinos suelen recaer, sobre todo en épocas de crisis, en la peligrosa tendencia de erigir –o exigirles ser a los políticos- líderes mesiánicos o salvadores providenciales para que les resuelvan todos sus problemas. Evidentemente este fenómeno no es exclusivamente argentino, sino que es estudiado a nivel mundial en contextos de líderes carismáticos. Sin embargo, aquí, parece que tenemos cierta predilección a ello.

El tiempo que nos toca por delante es sinuoso. No está claro en cual etapa de la crisis estamos viviendo. Si bien es evidente que transcurrió un primer y extenso tramo, no se está pudiendo determinar si pasamos, estamos o cuánto falta aún, para atravesar el cénit de la pandemia. A ello se suma la realidad de un país que heredó una situación económica ya de por sí muy difícil, y que ahora se ve agravada por las circunstancias excepcionales que atravesamos.

Así las cosas, quizás hoy más que nunca, los líderes modernos se enfrentan al desafío de construir mayorías y consensos casi a diario, que les permitan gobernar tanto en la calma como en la adversidad.

*Sociólogo, consultor político, autor de “Comunicar lo local” (Parmenia, 2019)


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