La mujer, esa dulce encantadora


(Shutterstock.com)
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¿Qué nos pasó, muchachas? Después de aquel largo recorrido fumando como los hombres, en lo que logramos igualarlos es en el cáncer de pulmón.

Nosotras, magas, hechiceras, encantadoras. Con un cableado increíble en nuestro diseño único, capaces de acoger vida en nuestro cuerpo, de criar y educar, de encauzar y guiar amorosamente, con paciencia infinita y ternura endógena.

Nosotras, buscando desesperadamente ese mar que no reconocemos en nuestro océano inmenso.

¿Y si recurriéramos a la dulzura? A caminar con delicadeza, a convidar sonrisas... ¿Y si nuestro objetivo fuera ser amables?

¡Amable, qué palabra tan bella! Amable, digna de ser amada. Un día las palabras bellas se volvieron malas palabras.

¿Cuándo el noble título de ama de casa pasó a ser denigrante? La palabra amo/a se refiere a la persona que es dueña o propietaria de algún bien. De igual modo, se entiende por amo o ama a la persona que se destaca por tener influencia y predominio determinante sobre otros, razón por la cual se les trata con una actitud respetuosa o sumisa. ¡Ama de casa, ama de llaves, ama de cría, ama de amar!

¿Dónde nos perdimos, muchachas? ¿Qué lobo cambió los carteles? “Se me acabó la paciencia” es una declaración con la que amenazamos orgullosamente, cuando en realidad debería ser una confesión cargada de vergüenza, ya que perder la paciencia es realmente una pérdida, lamentable.

¿Qué esmerada y sostenida campaña está intentando convencernos de algo tan irrisorio como esta alocada idea de tener que empoderarnos? ¡La mujer es todopoderosa! ¿Quién no lo sabe?

Leía días atrás acerca de las siete mujeres al frente de algunos de los países que mejor están gestionando la pandemia.

¿Qué duda nos cabe?

Hoy la neurociencia da pruebas del maravilloso cableado del cerebro femenino. No sólo sabemos tejer escarpines, también tejemos redes hebbianas con gran destreza. (E igual que Penélope, si lo vemos conveniente, destejemos...)

Como mujer, deseo que todo lo que pase por mí se transforme. Tengo la pretensión de hacer florecer el suelo que piso, adornar el lugar al que ingreso, hacer feliz al que entra en mi vida de visita.

Deseo provocar una sonrisa, hacer sentir ternura al que me mira. Adoro valorar y agradecer los elogios: ¡resaltar lo bueno del otro y regar lo mejor para que crezca!

Si ponés en agua hirviendo una zanahoria se hará blanda, si ponés un huevo se hará duro; el agua hirviendo puede transformarlos, pero yo elijo ser grano de café, y transformar al agua.

Ese es el verdadero poder: saber que lo que se me hace pesado depende de mi fuerza y no del peso.

Saber que la adversidad es agua hirviendo que se transforma ante mí (como París, en la canción de Sandro).

¡Mirate, mujer! Y hasta que logres reconocer que no hay tal guerra, podés usar tu mejor arma: la dulzura.

Presiento en tu silencio, esas incontenibles ganas de recuperar las llaves de ama! Tarareando feliz: “...que te quede de mí la ternura, como resolana debajo’e la piel”.

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