La crisis no terminó

Sociólogo, autor del libro "Gustar, ganar y gobernar" (Ed. Aguilar)
Foto de archivo: una mujer camina con barbijo por el frente de la Casa Rosada, donde trabaja el presidente argentino Alberto Fernandez en Buenos Aires, Argentina. 21 mayo, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian
Foto de archivo: una mujer camina con barbijo por el frente de la Casa Rosada, donde trabaja el presidente argentino Alberto Fernandez en Buenos Aires, Argentina. 21 mayo, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian

A esta altura, ya es más que evidente que el impacto del Covid-19 no ha sido igual en todos los países del mundo. Distintos factores, como las variables estacionales y climáticas, el grado de interconexión con el mundo global, las dinámicas urbanas y la densidad poblacional, las particularidades de los sistemas de transporte y movilidad ciudadana, o incluso los hábitos culturales, han tenido su impacto relativo en la expansión de la pandemia.

Sin embargo, el desconocimiento o la minimización de la peligrosidad del virus o la falta de decisión política para avanzar en las medidas drásticas necesarias para su contención, son los factores determinantes que han contribuido a desencadenar multitudinarios contagios y lamentables muertes. Esto se ha podido ver en algunos países europeos que fueron golpeados tempranamente por el fenómeno (Italia, España y el Reino Unido) y, en mayor medida, en los Estados Unidos, en donde a pesar de que los contagios ya superaron los 2 millones de casos y las muertes se acercan a las 115 mil personas, el presidente Donald Trump insiste, incluso, con llevar adelante su campaña electoral por la reelección con eventos masivos en lugares cerrados.

América Latina en su conjunto no ha superado aun la peor fase de la pandemia, que también ha golpeado con diversa intensidad según los países, y la velocidad con que sus dirigentes y sociedades han actuado. Frente a una realidad que indica que lo peor aún no ha llegado, el desafío es que la sociedad en su conjunto, con los dirigentes de los diversos niveles del Estado, tanto en el gobierno como en la oposición, renueven sus esfuerzos y compromisos para librar la batalla decisiva.

Los riesgos de un éxito temprano

La región contó con dos ventajas considerables. La primera fue la distancia geográfica respecto a Europa, lo que, entre otros elementos, permitió ganar tiempo para intervenir activamente en el sistema de salud, generar protocolos de prevención, y conocer en mayor profundidad lo poco que aún se sabe del fenómeno. La segunda ventaja es la diferencia climática en relación al hemisferio norte: cuando el virus se conoció a nivel mundial, América Latina atravesaba su tórrido verano. Las temperaturas cálidas fueron en un primer momento un factor que no propiciaba la expansión del contagio.

Sin embargo, todos sabían que tarde o temprano el virus llegaría. En ese momento el factor determinante que podía reducir o incrementar los contagios y las muertes fue el factor político. Aquí es donde los liderazgos de los presidentes se diferenciaron claramente entre quienes asumieron seriamente el peligro y actuaron en consecuencia y quienes banalizaron su alcance, ignorándolo.

Habiendo transitado casi tres meses de aislamiento social obligatorio, Argentina está en una encrucijada. La falta de defunciones masivas y contagios descontrolados, o de las imágenes desgarradoras que nos llegaron desde otras latitudes, ha dado paso a un cierto relativismo por parte de muchos ciudadanos respecto a los alcances reales y la gravedad que la situación puede aun alcanzar. En otras palabras, el éxito temprano en haber achatado la curva paradójicamente hoy conspira en el combate contra el virus en los momentos decisivos, en cuanto los argentinos sienten que el peligro ya pasó.

En los últimos días, los analistas coinciden en que -al menos en el AMBA- existe una suerte de “relajamiento” respecto al compromiso individual que esta delicada situación amerita. El éxito que el Gobierno ha logrado en materia de mantener un nivel bajo de contagios y muertes en relación a lo que ha pasado en otros países, parece haber alentado a que muchos argentinos no logren dimensionar el riesgo en el cual aún estamos inmersos.

Nuevamente, el factor que logrará la diferencia a la hora de enfrentar y gestionar la crisis será el liderazgo político. Pero la dirigencia política está, evidentemente, dividida en dos grupos. En el primero están quienes, cercanos a la responsabilidad de gobierno, tienden a ser más responsables y cautos en sus decisiones. Ello no significa, sin embargo, que la tensión del día a día, las pujas intra partidos y espacio de gobierno, y los climas de opinión pública, no puedan alterar las decisiones de gestión y mostrar matices y diferencias. En otro grupo están quienes alejados de las responsabilidades de gobierno y siendo oposición al gobierno nacional, promueven -algunos vehementemente, otros apelando a argumentaciones económicas o incluso a planteos liberales- el fin de la cuarentena. Si bien este conjunto de dirigentes puede estar especulando con que apelando a una suerte de sentimiento de rebelión ciudadana frente a las medidas restrictivas -desoyendo claramente las recomendaciones de los prestigiosos epidemólogos que han venido asesorando al gobierno- podrán interpelar a un electorado que cada vez se mostrará más descontento con la situación, lo cierto es que también corren el riesgo de que la ciudadana los perciba como líderes irresponsables y oportunistas.

Esperanza o miedo

En términos generales, los gobiernos de la región han apostado a la esperanza como emoción movilizadora del esfuerzo colectivo que se necesitaba para enfrentar la pandemia. Así, bajo la consigna del esfuerzo compartido, la responsabilidad individual y la solidaridad colectiva, se podía superar la crisis. Cabe destacar que esto resultó. Pero como ocurre en todo orden social, lo que resulta en determinado momento, bajo ciertas condiciones, puede caducar y requerir de una reformulación.

En los últimos días, y sobre todo en zonas de mayor concentración demográfica como el AMBA, todo parece indicar que la sociedad no está dimensionando correctamente el riesgo. En este marco, la esperanza no parece ser ya un movilizador capaz de generar la actitud necesaria para este momento. Quizás, es tiempo de acudir a otra emoción: el temor.

Esta no es una crisis más. Lo que está en juego es la vida de las personas, de decenas de miles de argentinos y argentinas. Afortunadamente en nuestro país no fuimos testigos de imágenes como las que llegaron de los hospitales italianos, las fosas comunes estadounidenses o las calles de Guayaquil. Necesitamos que esto siga así, que no tengamos que sentir el dolor en carne propia para comprender que estamos ante una verdadera encrucijada civilizatoria.

Quizás sea tiempo que los gobiernos articulen un mensaje que logre transmitir esta idea. No se trata de generar angustia o miedo a una sociedad para disciplinar voluntades; se trata de generar una comunicación a la medida de los tiempos que corren y, sobre todo, de evitar una tragedia.

*Sociólogo, consultor político, autor de “Comunicar lo local” (Parmenia, 2019)


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