La Argentina, frente a un nuevo escenario internacional

Si la bipolaridad se consolida podríamos quedar atrapados entre las dos potencias, teniendo que resignar grados de autonomía (REUTERS/Agustin Marcarian/File Photo)
Si la bipolaridad se consolida podríamos quedar atrapados entre las dos potencias, teniendo que resignar grados de autonomía (REUTERS/Agustin Marcarian/File Photo)

En el marco de una serie de diálogos organizada por el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), tuve el gusto de conversar con Michael Fullilove, director del Lowy Institute, principal think tank de relaciones internacionales de Australia. Hablamos sobre los cambios que están ocurriendo en el sistema internacional y de qué manera estos afectarán los intereses de países medios como la Argentina y Australia. ¿Qué conclusiones saqué?

En primer lugar, que el mundo esta cambiando rápidamente. Nos estamos encaminando hacia un escenario internacional más complejo e inestable del que vivimos, especialmente en el hemisferio occidental, luego de la caída del Muro de Berlín. En este nuevo escenario, dos grandes potencias compiten por la primacía.

Para apoyar esta afirmación permítanme presentarles algunas cifras. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), actualmente China representa, en términos de paridad de poder adquisitivo, el 19% de la economía mundial, mientras que Estados Unidos, el 15 por ciento. Más atrás aparece India con el 8 por ciento. En términos de poder militar, EEUU, según el Instituto de Estudios para la Paz de Estocolmo, destina a su defensa el equivalente al 38% del gasto militar mundial, China el 14% y Rusia, India y Arabia Saudita menos del 4 por ciento. Lo que llama la atención de estos números no es tanto lo cerca o no que se encuentran las dos potencias entre sí, sino la distancia que las separa del resto de las naciones. Como muestran estas cifras y el mismo accionar de los Estados, vivimos en un mundo con dos grandes actores (bipolar) y no con muchos (multipolar).

Como sucedió en otros períodos de la historia, el ascenso de un nuevo poder genera incertidumbre en el sistema internacional. “¿Cuáles son las verdaderas intenciones de China?”, se preguntan en Washington y en otras capitales. “¿Buscará EEUU detener nuestro crecimiento?”, se cuestionan en Beijing. Esta lógica nos permite entender por qué estos Estados están compitiendo en el plano económico, pero también en el militar, tecnológico y cultural. Esta competencia incluso ahora parece estar trasladándose al sector financiero, dado que unas semanas atrás China anunció la creación de una moneda virtual que podría poner en riesgo el dominio del dólar como principal medio de pago y moneda de reserva del sistema financiero internacional.

Este es un escenario que puede perjudicar a los países de peso medio como la Argentina. Efectivamente, si la bipolaridad se consolida podríamos quedar atrapados entre las dos potencias, teniendo que resignar grados de autonomía. Es por este motivo que las naciones medias debemos comenzar a actuar de manera coordinada para moldear el sistema internacional de manera que este no perjudique nuestros intereses.

Un caso emblemático en este sentido es el de Australia, país que destina la mayor parte de sus exportaciones a China pero que a la vez mantiene una alianza estratégica con Estados Unidos para preservar, de esta manera, su autonomía ante el crecimiento del gigante asiático. De hecho, al pedir recientemente una investigación internacional sobre al accionar de Beijing al inicio del coronavirus, Canberra ha dejado en claro su alineamiento con Washington.

Pero Australia no es el único país que esta analizando cómo acomodarse ante la rivalidad estratégica entre China y EEUU. Sudamérica y Europa enfrentan un dilema similar, pero con un agravante: la posibilidad de que aumenten las tensiones entre los Estados que forman parte de estas regiones. Esto se explica porque, al igual que ocurrió durante la Guerra Fría, es poco probable que las dos grandes potencias se enfrenten militarmente. La existencia de armas nucleares convertiría esto en un acto prácticamente suicida. Como consecuencia de esto, el escenario más probable es que busquen resolver sus disputas en otros ámbitos y, en el caso que lo hagan en el plano militar, esto ocurra en regiones distantes. Esto último lo harían por lo tanto a través de aliados, que se enfrentarían entre ellos, o incluso tomando partido por distintas facciones en los conflictos que tengan lugar dentro de los países. Este proceso aumentaría fuertemente los niveles de conflictividad.

¿Qué podemos hacer entonces para evitar que esto ocurra? Para comenzar, las naciones de peso medio deberían promover el multilateralismo. Si bien el orden liberal que primó luego de finalizada la Guerra Fría -período durante el cual Washington y sus aliados impulsaron el libre comercio, la democracia liberal y las organizaciones internacionales- parece haber llegado a su fin, esto no significa que el mundo deba dejar de estar regido por reglas ni que temas centrales de la agenda internacional deban perder relevancia. Entre estos últimos, no podemos dejar de mencionar la lucha contra el calentamiento global y la coordinación de políticas fiscales, comerciales y monetarias para evitar futuras crisis económicas.

Y esto nos lleva a plantear un tema de suma importancia: el rol de las organizaciones internacionales. El resurgimiento del nacionalismo a nivel mundial, liderado por líderes conservadores populares, ya había comenzado a debilitar a estas instituciones. Muchos Estados simplemente ya no están dispuestos a delegarles responsabilidades, mientras que los conservadores populares desconfían asimismo de sus burocracias, supuestamente progresistas. Pero ahora el desafío es aún mayor.

La puja entre China y EEUU puede llevar a que los organismos multilarterales se conviertan en meros espacios en donde los grandes poderes busquen resolver sus disputas. La posible salida de EEUU de la Organización Mundial de la Salud (OMS), debido a la influencia que China ejercería sobre este organismo, es un ejemplo de ello. Pero la menor influencia de las instituciones no implica que el multilateralismo tenga que desaparecer. Lo que necesitamos es un multilateralismo más realista, uno en el que foros como el G20 ganen protagonismo.

A diferencia de lo que ocurre con muchas de las organizaciones creadas luego de la Segunda Guerra Mundial, el G20 no requiere una gran burocracia ni que los Estados le cedan autonomía. Esto lo hace compatible con un mundo liderado, para bien o para mal, por líderes más realistas y nacionalistas de los que tuvimos en los 90 o a principios de siglo XXI. Esto, sin embargo, no significa que las Naciones Unidas (NU) o la Organización Mundial del Comercio (OMC), por mencionar dos casos, deban o vayan a desaparecer. Tan sólo que perderán influencia.

Otro de los objetivos de los países medios debería ser fortalecer las alianzas regionales, ya que estas jugarán un rol fundamental a la hora de evitar el traslado de los conflictos globales a las distintas regiones. En este sentido, la alianza estratégica entre Brasil y la Argentina, por un lado, y la que une a Alemania con Francia, por el otro, son clave. Estas, recordemos, trajeron paz y estabilidad tanto a América del Sur como a Europa.

En definitiva, si bien es posible que la nueva bipolaridad ponga un fin al orden liberal, aún podemos vivir en un mundo con reglas de juego estables que les permitan a los países medios y pequeños preservar sus intereses. Una coalición diplomática entre los primeros sería, en este sentido, una iniciativa deseable y necesaria.

El autor es secretario general del CARI y global fellow del Wilson Center.



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