Había nacido en el destierro. Vivía en Babilonia, pero su corazón palpitaba en aquella tierra de la que su familia había sido exiliada. Su fascinación por el estudio fue el motor que lo llevó, finalmente, de regreso a Jerusalén.

La historia cuenta (Tratado de Ioma 35b) que con su salario de leñador de apenas medio denario, compraba algo de comida con un cuarto, y con el otro costeaba la entrada a la Casa de Estudios. Aquel viernes no había conseguido trabajo. No quiso sin embargo, faltar a su cita con los textos. Como no tenía la moneda que le permitía el ingreso, subió al techo para mirar a los sabios estudiar desde una claraboya. Lo abrazó la noche fría y cayó allí mismo, desmayado del cansancio. A la mañana siguiente los alumnos lo encontraron bajo una manta de nieve a punto de morir. Lo ingresaron y a pesar de la estricta prohibición por la santidad del día sábado, encendieron un fuego para calentarlo y reanimarlo. Ese fuego fue símbolo de su pasión por descubrir su lugar en el mundo. Con los años fue conocido como Hilel Hazaken, “Hilel el anciano”, el sabio y erudito más grande del tiempo del origen de la Mishná y el Talmud.

Hilel fue contemporáneo a la llegada de Roma a la Tierra Prometida, de Herodes, y de un joven y prometedor rabino llamado Jesús, que también solía ir a estudiar a Jerusalén desde el norte del país. Hilel Hazaken, viajó desde el exilio y la pobreza, a ese lugar en la historia que lo esperaba. A él y solamente a él. Desde su propia biografía, Hilel nos dejó entre sus máximas: “Si yo estoy aquí, todo está aquí. Y si no estoy aquí, ¿quién estará?” (Tratado de Suca 53a).

Hay un lugar en el mundo reservado para nosotros y sólo para nosotros. Un lugar desde donde podemos desplegar la reparación, la responsabilidad, la misión a la que hemos sido llamados. Cuando encontramos ese lugar y decidimos finalmente habitarlo, es el momento en que nos sabemos totalmente imprescindibles.

El texto de esta semana lleva una continuación literaria y temática al que lo precede. El comienzo del Libro de los Números nos habla del censo que contabilizó a cada persona con su nombre, entre los que marcharían hacia la Tierra Prometida. Nos describen además, el lugar en el campamento que cada tribu, cada clan y cada quien, debía ocupar. Cada uno bajo su bandera, su estandarte y su familia. El texto parece empujarnos hacia la noción de que para el viaje necesitamos reconocer, habitar y celebrar nuestro lugar en el camino.

Sin embargo, el resto del Libro nos traerá historias de personas que justamente no estaban conformes con su lugar. Los relatos acerca de los conflictos que viven a lo largo de la travesía tienen un denominador común: individuos que desean el lugar de otros.

Asumir el lugar que tenemos, no tiene que ver ni con el conformismo, ni con la resignación. Sino con reconocer que ese es el mejor lugar desde el que podemos llevar adelante nuestra misión única y personal. La modernidad nos empuja a no estar nunca satisfechos con la parte que nos toca, e incluso a creer que indudablemente lo que deseemos y queramos alcanzar, con el debido esfuerzo y tenacidad será logrado. Pero la vida nos hace chocar a veces con la realidad de que no siempre o necesariamente es así. Son tantas las variables que afectan a que lo que soñamos finalmente suceda, que cuando quizá no se logra después de tantas promesas realizadoras, caemos en un mundo de frustraciones y culpas del que no logramos recomponernos. Buscamos entonces culpables y responsables afuera, adentro o en el cielo. El texto de hoy nos llama a abrir los ojos y buscar cuál era ese verdadero y único lugar, que no es otro que la raíz a la que está aferrada y destinada nuestra alma para crecer de manera genuina en lo que en verdad somos.

A la vez, la tradición basada en una discusión en el Tratado de Rosh Hashana, nos dice: “Meshane Makom, Meshane Mazal” “Aquél que cambia el lugar, cambia la suerte”. Algunos prefieren la literalidad de la frase y suelen intentar mejor suerte cambiando de silla a la hora de cenar. Lo que en realidad nos sugiere este concepto es que debemos cambiar el lugar desde el que miramos las cosas. Cambiar ese lugar de observación, cambia la perspectiva y el tamaño del problema, o del objetivo.

La vida se dirime en la tensión entre el lugar al que aspiramos y al que pertenecemos. Entre el lugar que soñamos y debemos trabajar y esforzarnos por alcanzar, y el lugar al que solo nosotros podemos entregarle sentido. Tal como está escrito en el Tratado de Taanit 21a: “No es el lugar el que le da honor al hombre, sino el hombre quien le da honor al lugar”. Puede que haya lugares, posiciones o roles no muy populares. Pero será cada uno quien entregue honor y respeto a ese lugar, tan necesario e imprescindible como cualquier otro.

El lugar no es un lugar físico, sino eminentemente existencial. No es un lugar en el espacio, sino un lugar en el tiempo. A veces pensamos que lo conocemos, pero debemos salir cotidianamente a validarlo, resignificarlo y hacerlo trascendente. No era Babilonia, ni tampoco un techo nevado. Pero esos lugares le dieron a Hilel el anciano, la vocación de búsqueda y de encuentro con su lugar en la historia.

Mi gran maestro y colega el Rab Kogan me hizo conocer el pensamiento del Oraj Jaim en relación a un hermoso momento en el Libro del Génesis. Allí el patriarca Jacob en su ancianidad bendice a cada uno de sus 12 hijos: “y los bendijo a ellos, a cada cual de acuerdo a su bendición” (Gen 49:28). Cada uno tenía una bendición diferente y única. Cada cual un potencial guardado. El del liderazgo, la sabiduría, el heroísmo, el crecimiento económico, la creatividad, la habilidad con las manos, la capacidad de unir almas, la escucha, la palabra exacta, el arte, la sonrisa, la espiritualidad, el esfuerzo o la pasión. Pero sólo brillarían en la condición de saber cuál era su bendición.

Vivir o desear la bendición de otros, sólo trae tristeza y añoranza del lugar al que en verdad pertenecíamos. El texto también habla del plural: “Los bendijo a ellos”, porque desarrollar el potencial propio, no sólo nos ayuda a concretar nuestra verdadera misión desde nuestro lugar, sino que asegura que nuestra tarea haga que los demás puedan llevar adelante la suya en beneficio del todo.

Amigos queridos. Amigos todos.

Hilel el anciano, descubrió su lugar lejos de su tierra. No se trata de quedarse inmóvil o de no aspirar a crecer, sino de descubrir la propia bendición que traemos al mundo. Llegamos a la tierra con el objetivo de lograr un “Tikun”, una reparación. Una reparación que sólo le corresponde y le toca a cada uno. Reparar un futuro, un pasado, un problema, una historia, una injusticia, la realidad de alguien, un conflicto, una vida o un amor. Esa reparación sólo puede ser mejorada desde el lugar al que está conectada y aferrada nuestra alma. Sucede de pronto, que al encontrar y asumir ese lugar, nos enamoramos de él y descubrimos al fin, el sentido más profundo de nuestra vida.

Porque tal como dijo el gran Hilel Hazaken: “Al lugar al que amo, allí me llevan mis pies.”

El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti