El hombre de la luna y la luna de miel que no fue

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A orillas del Éufrates, 1900 años atrás en el tiempo, vivía un humilde mercader de seda descendiente de los judíos exiliados a Babilonia, llamado Abba bar Abba. El hombre no tenía hijos y apenas tenía trabajo, sin embargo la miseria económica no lo había privado del orgullo de ser quien recolectaba fondos para los huérfanos de la ciudad. Cierta vez un hombre le encargó unas telas negándose más tarde a pagárselas, bajo la excusa de que sólo se las había pedido de palabra. Abba bar Abba lo miró y le preguntó: “¿Acaso la palabra de una persona no es mayor garantía que su dinero?”. El hombre, desarmado por completo, le respondió: “Es cierto. Y debido al compromiso que pones en una palabra dada, la buena fortuna te dará un hijo que será como el profeta Shmuel, y sus palabras serán reconocidas por todo Israel como verdaderas”. Poco tiempo después Abba bar Abba tuvo un hijo a quien llamó, sin dudarlo, Shmuel.

El joven creció con su padre como maestro. Enseñanzas de amor al texto, a la palabra dada y al compromiso con su sociedad. Con los años Shmuel llegó a transformarse en uno de los eruditos más reconocidos del tiempo del Talmud, fundando la prestigiosa y legendaria casa de estudios de su ciudad, Nahardea. Abba bar Abba, su padre, alcanzó la verdadera fortuna en su alma cuando en la ciudad comenzaron a llamarlo Abbua diShmuel, “el Padre de Shmuel”. Shmuel, maestro en Ley Judía, tenía además de la pasión por los textos otra gran debilidad: era un amante de la luna. Su enamoramiento al cielo junto a sus tratados en astronomía, le valieron el título de “Shmuel Iarjinai”, “Shmuel, el hombre de la luna”.

Sin embargo no vivía en la luna, sino en la tierra que lo vio nacer y crecer. Su alma miraba los cielos, su corazón desde el exilio a su Tierra Prometida, pero sus pies estaban en Nahardea. El amor a su pueblo y a su Ley, no le eran contradictorios con la fidelidad y el compromiso para con su país. Uno de los postulados más famosos de su autoría, atravesó todos los siglos y se hizo pilar en la legislación de toda comunidad judía en sus diferentes diásporas: “Dina de Maljuta Dina” “La Ley del Gobierno, es Ley”. Shmuel postula ya en el Siglo II el reconocimiento a la ley de la autoridad gubernamental local, por sobre la jurisprudencia de la ley religiosa. Su famoso postulado de limitación a la ley religiosa, aparece al menos en cuatro oportunidades en el Talmud. Podía estar enamorado de la luna, pero sus pies estaban sobre la tierra.

El hombre que sonreía cuando la luna embellecía las noches de Babilonia se transformó en el líder indiscutido de la judería de la época. Sus enseñanzas llenaron sus aulas de a miles de discípulos. El amor a su tradición iluminaba su alma, tanto como la luna las calles de su Nahardea. Pero sabía que al igual que la luminaria de las noches, ese Libro y esa Ley a los que había entregado su vida, también tenían un límite. En el Talmud (Tratado de Ioma 85a), los sabios discuten acerca de la importancia de salvar el riesgo de cualquier vida, concepto conocido en hebreo como “Pikuaj Nefesh”, por sobre el cumplimiento de las prescripciones religiosas. En medio del debate, uno de los alumnos más importantes de Shmuel recuerda y cita las palabras de su maestro: “En la Torá Dios prescribe (Lev. 18:5) ´Guardarás Mis leyes y Mis mandamientos, los cuales habrá de cumplir la persona para que viva con ellos´ Las leyes de la Torá son para vivir, nunca para morir.”

El hombre de la luna jamás imaginó que tantos siglos después, en alguna noche de Buenos Aires, una pareja de novios recién casados en medio de una pandemia estarían transgrediendo esos dos conceptos tan elementales y fundamentales de la tradición judía para pasar su luna de miel detenidos en la comisaría del barrio.

Las lamentables imágenes de la boda religiosa ortodoxa que se llevó adelante la semana que pasó sólo merecen nuestra condena y la aclaración pertinente de que van a contramano de las enseñanzas y mensajes de la tradición judía. Por un lado, infringiendo la ley nacional vinculada a la cuarentena decretada por el COVID-19, situación que nos afecta a todos y todas en lo personal, lo económico, lo social, lo intrafamiliar y lo cultural. Por el otro, incurriendo en la falta de los cuidados preventivos indispensables, con el consecuente riesgo a nuevos y mayores contagios del virus.

El hecho de que esta falta de respeto a la comunidad y a la sociedad toda haya sido rápidamente condenada por todas las instituciones, representantes y líderes de la colectividad judía, incluso la de algunos rabinos ortodoxos, no habla más que del respeto y la coherencia a nuestros propios textos y valores milenarios. Entre ellos la del versículo bíblico: “No seas indiferente ante la sangre de tu compañero” (Lev. 19:16), que nos llama a no transformarnos en cómplices por omisión y no permanecer callados ante el error o la falta de nuestro propio hermano.

Amigos queridos. Amigos todos.

Estos días celebramos en la tradición judía la Fiesta de Shavuot, que conmemora la entrega de la Torá a Moisés en el Monte Sinaí. Enseña el rabino Kushner que los judíos leemos la Torá como si fuera una carta de amor. Nos detenemos en cada coma, en cada punto, porque cada letra es una fuente de interpretación para buscar su mensaje más profundo.

Enamorados de ese Libro, lo hemos transformado a través de los siglos en fuente de inspiración para el alma. El hombre enamorado de la luna nos enseñó desde los milenios, a saber leer su líneas más bellas. Las de respetar la ley, al prójimo, a la sociedad, al entorno, a la gente. Las de cuidar la salud, el alma y la vida. La propia y las de aquellos que cruzan nuestro camino. En definitiva, comprender que el fanático es aquel que ve en un ideal algo por lo que morir, pero que un sabio es aquel que descubre los ideales por los que vivir.

El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.


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