La pandemia que sinceró los vínculos

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Tendrá unos 40 años. Sale al balcón de enfrente a la hora en que salgo a meditar. No despega su vista de la pantalla del celular, fuma un cigarrillo tras otro. Cada tanto, un niño abre la puerta corrediza y él levanta la cabeza con un dejo de fastidio. Mientras yo construyo historias imaginarias. Un día, una mujer salió a buscarlo y él se levantó con brusquedad de la reposera. Me preguntaba si esa pareja será feliz. Si se querrán, si se desearán, si la convivencia los habrá acercado o habrá puesto sobre el mostrador la cruda realidad del desamor. ¿Se elegirán o se habrán dejado elegir por los mandatos, por el temor a la soledad?

Me escriben muchos hombres y mujeres como una suerte de confesionario. Algunos han quedado “varados” con compañeros a los que ya no desean sexualmente, por ejemplo. En la vida pre Covid-19 viajaban, flirteaban y, en otros casos, tenían una vida paralela en la que “oxigenaban” sus relaciones cansadas. Se terminó. Ya no hay aviones ni relaciones clandestinas. No hay oficinas de 9 a 5 donde pasan cosas de las que el otro jamás se entera. O sí, y se hace el distraído. Ahora, algunos se las ingenian para tener sexo virtual desde el baño. El abanico de tentaciones que ofrece las redes sociales es infinito. Y el encierro puede, paradójicamente, avivar el erotismo y hacer volar las fantasías más alocadas. El confinamiento aviva la calentura.

Nunca milité por la infidelidad. Soy militante de la honestidad, cualquiera sea la relación que nos vincule a un otro. Sea en el rol de amante, marido, lo que sea, tenemos derecho a saber qué hay del otro lado. Cuando están todas las cartas sobre la mesa, podemos elegir si jugamos ese juego o lo abandonamos porque no nos divierte o nos daña.

Lo antes descripto no aplica solo a las relaciones de pareja. La cuarentena está obligando a sincerar vínculos sentimentales, familiares, de amistad, que el frenesí diario tapaba con distracciones y actividad incesante. Cierto es que todos seguimos muy ocupados –algunos viendo series– pero las situaciones críticas son siempre exponenciales. Nos ponen frente a la muerte, nos obligan a tomar conciencia de finitud, a plantearnos si estamos viviendo la vida que deseamos o la vida nos está viviendo a nosotros. Momentos extremos como el actual nos ponen frente al espejo. Hacen que nos miremos a los ojos del alma y nos preguntemos si las personas que elegimos son esas con las que de verdad deseamos estar o nos quedamos allí porque funcionan como certeza. Parejas de muchos años que ya no se quieren siguen juntas “por los chicos”, “por la economía familiar”, por lo que sea los mantenga unidos “hasta que la muerte los separe”. Y están muriendo día a día, sin darse cuenta. Simplemente porque lo nuevo da miedo y es más fácil quedarse en la zona confortable que no ofrece más riesgos que los de morir en vida. Pegar el salto abre la puerta al vacío y uno no sabe que encontrará allí. Pero de eso se trata VIVIR con mayúsculas.

¿Y los amigos? ¿Y la familia? Algo parecido. No todos evolucionamos al mismo ritmo y quien nos acompañaba en un tramo puede sentirse distante ahora. La pandemia también iluminó – como un seguidor en el escenario - a las relaciones de amistad y los lazos familiares. Los que estaban y desaparecieron cono Houdini cuando las papas quemaron. Los que sorprenden por su presencia y apoyo aunque no esperábamos de ellos… Las situaciones extremas muestran las luces más brillantes y las sombras más oscuras de cada quien. Siempre es bueno recordar que nunca se trata de algo personal (segundo acuerdo de la sabiduría tolteca) sino de que todos vamos por la vida haciendo lo que mejor podemos con las herramientas con las que contamos.

Te invito, en este momento de inflexión externo y a la vez personal, a interpelarte, a desnudar tu alma frente al espejo. ¿Estás siendo honesto con vos y con los demás? ¿Estás viviendo como deseas? ¿Estás siendo sincero en tus vínculos?

La autora es periodista y escritora



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