La música del otro

Cada instrumento es diverso en los sonidos que nacen de él, pero su reacción vendrá en relación a la manera en que lo hagamos vibrar con nuestras manos y nuestra alma (REUTERS/Kenny Katombe)
Cada instrumento es diverso en los sonidos que nacen de él, pero su reacción vendrá en relación a la manera en que lo hagamos vibrar con nuestras manos y nuestra alma (REUTERS/Kenny Katombe)

Escribió Borges: “Gracias por la música, misteriosa forma del tiempo”.

Al rasgar las cuerdas de una guitarra, acariciar las teclas de un piano o llenar de aire un bandoneón, esperamos que brote la magia en la belleza de sus diversos sonidos. Lo que nos regale a cambio tendrá mucho que ver con su respectiva afinación. Sin embargo, la respuesta del instrumento estará por sobre todas las cosas relacionada a nuestra formación musical, a nuestra inspiración con la melodía, al equilibrio de las notas, a la potencia de nuestra interpretación, a los silencios que permitamos que intervengan, a los tiempos y a la conexión íntima que generemos con él.

Por un lado, cada instrumento es diverso en los sonidos que nacen de él, pero su reacción vendrá en relación a la manera en que lo hagamos vibrar con nuestras manos y nuestra alma. Por mejor versión de cuerdas que tengamos enfrente, tal como dijo el compositor inglés Nöel Coward: “Es extraordinario lo potente que es la mala música”.

Como vimos en columnas anteriores, los místicos judíos desarrollaron en la filosofía de la Kabalah lo que conocemos como el Árbol de la Vida. El mismo se compone de 10 Sefirot, emanaciones divinas, que explican el funcionamiento interno de Dios. Todas ellas a la vez, se relacionan con diferentes partes del cuerpo y conductas de nuestro propio ser. De esa manera, hemos visto Sefirot que iluminan nuestra manera de pensar, otras que moldean nuestra manera de actuar, Sefirot que equilibran nuestras emociones, otras que direccionan nuestras intensiones y aquellas que comunican nuestras decisiones.

Cada Sefirá es una invitación a trabajar dentro cada dimensión que representa. En el calendario hebreo, esta semana es la última del recorrido de 7 semanas de perfeccionamiento del alma y corresponde a la última Sefirá: la de Maljut. Nos enseñan los místicos que Maljut no es una emanación divina como todas las anteriores. Es diferente, lo que la transforma de alguna manera en la más importante. Maljut es la reacción que genera en el ser humano todo el trabajo de las Sefirot divinas que la preceden. El conjunto de pensamiento, acción, dirección, emoción y conexión que llueve desde las alturas, finalmente tiene su respuesta en nosotros. Como el sonido de las cuerdas de una guitarra o el llanto de un bandoneón, lo esencial es la melodía que finalmente genera.

Maljut no es una emanación que fluya de lo divino, sino la que devuelve el ser humano en respuesta al flujo del resto de las emanaciones. Las primeras son causas del objetivo central, que es la respuesta de Maljut, nuestra respuesta. Maljut está relacionada con la boca, es el poder de la expresión, es lo que dice el alma como respuesta a lo que recibe. Es la música que sale de nosotros. Al reflejar el mundo de las Sefirot en nosotros, Maljut representa la música que generamos en los demás.

Desde esta perspectiva, esta semana de Maljut nos invita a evaluar y saber medir la respuesta que generan nuestras acciones y decisiones en los demás. Nuestros vínculos, familia, amigos o vecinos, son un instrumento musical único. El trabajo interior, la formación espiritual que alcancemos, el equilibrio ordenado de nuestras emociones y los criterios al elegir nuestras acciones, tocan sus cuerdas, llenan de aire sus fuelles y acarician las teclas de sus almas. La melodía que salga de ellos tendrá su propia y personal interpretación, pero somos nosotros los responsables del modo en que toquemos las teclas de sus corazones. Tal como escribió Dickens: “El corazón humano es un instrumento de muchas cuerdas; el perfecto conocedor de los hombres las sabe hacer vibrar todas, como un buen músico”.

Cuando no recibimos de los demás la respuesta que esperamos, solemos juzgar su capacidad de comprensión, acusar a su obstinación, apelar a su falta de criterio, su insensibilidad o al desmanejo de su carácter. Esta semana de Maljut nos invita a evaluarnos y repensarnos a nosotros mismos en función de las respuestas que recibimos y las reacciones que generamos. Podemos tener la idea más brillante, la intención más elevada y la razón más absoluta, pero si del otro lado en lugar de la melodía que esperamos recibimos algo desafinado, quizá sea tiempo de afinar mejor nuestro oído y refinar con más sensibilidad nuestro interior, nuestro espíritu y nuestra vocación musical.

Amigos queridos. Amigos todos.

Maljut significa Reino. Nuestro hogar, nuestros lugares sagrados son ese reino. Esta semana, hagamos sentir a los nuestros que son reyes. Reyes haciendo música.

Maljut también es conocida como “Shejiná”. La “Presencia” que lo dice todo. La mejor manera de disfrutar la música de las almas que amamos es estar allí, presentes en su melodía.

La música es esa misteriosa forma del tiempo. Lograr generar música con las almas que nos acompañan alrededor es un arte. Con el paso del tiempo, con la paciencia, la convicción, la moderación y la madurez, no hay mejor regalo que el saber que aún dejando mañana a un lado la batuta, nuestra música seguirá sonando a través de ellos.

El autor es rabino de la Comunidad Amijai, y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.





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