El presidente Alberto Fernández junto a Martín Guzmán, ministro de Economía
El presidente Alberto Fernández junto a Martín Guzmán, ministro de Economía

En un film de ciencia ficción de 1993 Bill Murray interpreta a Phil Connors, un cínico y arrogante meteorólogo de la televisión de Pittsburgh que viaja a cubrir el evento anual del Día de la Marmota en el pueblito de Punxsutawney, Pennsylvania. Pero una tormenta de nieve le impide regresar y debe pernoctar en el pueblito. A la mañana siguiente descubre que se encuentra atrapado en un bucle de espacio y tiempo, repitiendo el mismo día una y otra vez. Phil va pasando por diferentes etapas, el hedonismo, la búsqueda del amor, incluso decide suicidarse reiteradas veces, hasta que por fin comienza a reflexionar sobre su vida, sus errores, cuáles son sus principios y el sentido de la existencia.

De un modo similar, la Argentina parece condenada a reiterar cíclicamente sus crisis, y algunos de sus habitantes ya empiezan a caer en el desánimo, y hasta en la desesperación o el exilio voluntario. Y esta vez, va a ser más grave de lo usual porque se suma al efecto de la larga cuarentena que decretó el presidente que por estos días se espera la extienda “hasta” el 7 de junio. Es probable que el PIB caiga este año entre un 10% y un 15% y que la inflación que se acelere en el segundo semestre. Lo más probable es que para fin de año lleguemos con un nuevo salto de la pobreza, y una crisis no solo económica, sino social y política. Tal vez, al igual que a Phil Connors, haya llegado la hora de revisar nuestras actitudes y la forma en que pensamos, o no lograremos salir del bucle.

Propongo usar una palabra clave que puede ser la llave para destrabar el enredo: “Neoliberalismo”.

Con gran acierto la izquierda y gran parte de la clase dirigente argentina encuentra en la deuda externa un grave estorbo para el desarrollo de la Argentina. Acierta también cuando critica al FMI como una de las piezas fundamentales que permiten continuar con este ciclo de reiterados fracasos. Pero yerra brutalmente cuando cierra el análisis adjudicando el origen del problema en los banqueros y en los gobiernos “neoliberales”. Al reiterar el diagnóstico equivocado, estamos condenados a repetir el ciclo.

“Neo” significa nuevo, y liberalismo es la doctrina política, económica y social, que defiende la libertad del individuo y una intervención mínima del estado en la vida social y económica. Históricamente el liberalismo siempre ha sido contrario a la deuda pública por un viejo principio que fue establecido en la Carta Magna de Inglaterra, en 1215, y que posteriormente pasó a ser resumido en el lema de los colonos americanos durante la revolución de 1776 como: “No taxation without representation”. Esto es, que los impuestos solo pueden ser establecidos con el consenso de los ciudadanos representados en el Parlamento. Por ese principio la deuda pública es condenada por el liberalismo porque deberá ser pagada con los impuestos a nuestros hijos o nietos. Sobre todo, es condenada toda deuda que no sea destinada a una inversión que genere un flujo de fondos que permita pagarse a sí misma, como puede ser la utilizada para gastos corrientes. Alberto Benegas Lynch (h) suele recordarnos que este principio estaba muy arraigado en los padres del liberalismo, como Thomas Jefferson que cuando recibió un flamante ejemplar de la Constitución de los EEUU expresó que “si hubiera podido introducir un agregado hubiera sido la prohibición del gobierno de contraer deuda pública, pues eso afecta los patrimonios de futuras generaciones que no han participado en la elección del gobernante que contrajo la deuda”.

Es evidente que siempre el origen de la deuda pública se debe a que el Estado gasta más que sus ingresos incurriendo en déficit fiscal. Frente a esto el “neoliberalismo” mantiene el viejo principio. Por ejemplo, en el primer artículo del Consenso de Washington reclama la disciplina fiscal y evitar el déficit fiscal, que es lo mismo que evitar el crecimiento de la deuda pública. Aquí es donde el pensamiento de la izquierda, o de quienes podemos llamar “neo-keynesianos”, entra en disonancia cognitiva: comprenden que la deuda excesiva es un problema, pero critican la austeridad o el recorte del gasto público para reducir el déficit.

En cambio, George Gilder explica con lucidez que el origen de la deuda pública es anterior incluso al déficit fiscal, y lo asocia directamente al incremento del gasto público; porque, a partir de cierto punto, es imposible financiarlo con aumento de impuestos. Argentina es un buen ejemplo donde el gasto público tiene bajísima productividad y el sector privado formal es tan pequeño, en proporción, que es imposible que logre financiarlo, por más que esquilmen despiadadamente a los más productivos como al sector agropecuario.

Vale decir que aún si el Gobierno logra un acuerdo con los acreedores externos, por más que en ese caso se denominaría reestructuración (en lugar de default), quienes creyeron en Argentina una vez más habrán perdido mucho dinero. Y, de todos modos, el país ya entró en default con los bonos de legislación nacional que fueron reestructurados compulsivamente.

Si reemplazamos el término “crisis neoliberal”, por el de “crisis neo-keynesiana”, tal vez logremos aprender de nuestros errores y, al igual que Phil Connors, no solo salir del bucle, sino ser más sabios y tolerantes.

El autor es director general de la Fundación Libertad y Progreso