El presidente Donald Trump (EFE/EPA/Samuel Corum)
El presidente Donald Trump (EFE/EPA/Samuel Corum)

Los imperios y las potencias son creaciones humanas y tienen, invariablemente, un principio y un final. Por mucho tiempo que hayan durado, por mucho territorio que hayan conquistado, por más indiscutible que haya sido su dominio, siempre llega el momento en que los grandes, todos los grandes, pierden su lugar.

En algunos casos fue después de una batalla: el imperio bizantino murió en Constantinopla. En otros debido a un movimiento popular: los zares perecieron en la Revolución de 1917. En otros, aún, fruto de una crisis inesperada: el declive británico se hizo oficial con el Canal de Suez.

Ahora bien, en estos días se debate si la pandemia del coronavirus representa un punto de inflexión en la hegemonía que Washington viene ejerciendo en el concierto de naciones desde Hiroshima y Nagasaki.

El ex secretario de Estado Henry Kissinger advirtió que “los Estados Unidos están obligados a hacer un gran esfuerzo” para mantener su posición internacional en la actual coyuntura. Asimismo, la revista Foreign Policy describió el coronavirus como “el momento de Suez” del pueblo norte-americano.

Esta corriente de opinión ve la gestión disfuncional de la crisis, por parte de la Casa Blanca, como un momento simbólico de pérdida de fuerza internacional de los Estados Unidos.

El argumento es simple: ¿cómo puede una nación absolutamente incapaz de controlar una crisis interna se salud ser reconocida como broker geopolítico mundial?

En lugar de acudir a otras naciones, los Estados Unidos han dado una imagen de un país que necesitaba ayuda.

Por supuesto que siguen siendo la mayor potencia militar y que cuentan con una economía que, aunque con el desempleo en los niveles de la Gran Depresión, se recuperará primero que las demás. Sin embargo, en la era Trump los Estados Unidos vienen perdiendo el poder de atracción que caracteriza las superpotencias. Se alejan cada vez más de la comunidad que Tocqueville admiraba y donde el científico Albert Einstein y el poeta Jorge de Sena eligieron vivir. El aura de Roma, de Esparta, de Amsterdam se está disipando, aceleradamente.

La velocidad de este cambio se debe a otra crisis que está naciendo - la crisis del aislacionismo.

En efecto, creo que el coronavirus podría convertirse en una vacuna contra la doctrina política personificada, precisamente, por el actual Presidente americano.

El cierre de las fronteras, la neutralidad frente a la desgracia ajena y los enfrentamientos comerciales sin sentido no son más banderas electorales abstractas. Son una realidad que irrumpió brutalmente en la vida de millones de ciudadanos, ricos y pobres, del norte y del sur.

Todos han experimentado el aislacionismo en su propia casa y se dieron cuenta de que el confinamiento desmotiva los seres humanos, los hace improductivos e insatisfechos.

Se dieron cuenta de que el aislamiento empobrece y sofoca la comunidad.

Se dieron cuenta, por fin, quizás como nunca, de que la libertad y la solidaridad son innatas. Sin ellas, somos inferiores.

El autor es politólogo y ex embajador en Portugal