CFK y sus acólitos siguen dando pasos en torno a la impunidad. Hace bastante tiempo que algunos venimos observando este hecho. Fue notorio y estuvo a la vista de todos desde un principio. Sin embargo, en la Argentina cuesta ver lo obvio muchas veces. Desde las usinas militantes y sectores políticos, más la adhesión de varios periodistas, vienen intentando desarrollar e instalar, desde algún tiempo, una teoría que cae por su propio peso. La imagen del presidente guitarrero que se reúne con algunos opositores y pide dibujitos a los niños ha resultado funcional para vastos sectores de políticos, periodistas y distintos formadores de opinión a fin de sostener discursos “antigrieta”. Los que decíamos que la lucha contra la pandemia no debía ser excusa para violentar las instituciones ni para permitir avances autoritarios pasábamos por herejes al descreer de la hazaña política que el Covid-19 había supuestamente logrado: el fin de la grieta. La indigencia intelectual de estos sectores da risa y pena al mismo tiempo.

CFK tiene otros planes y lo muestra a cada paso. A ella no le interesan las instituciones, ni los opositores, ni el virus. Cristina Kirchner trabaja por la impunidad y por el poder. Esta semana dio una prueba más de eso haciendo que la Oficina Anticorrupción abandonara su rol de querellante en las causas Los Sauces y Hotesur, donde se investigan el supuesto lavado de dinero de la familia Kirchner a través de hoteles en la Patagonia. El titular de ese organismo es Félix Crous, un fanático kirchnerista. Esa fue la comprobación semanal de Alberto Fernández acerca de las razones por las cuales ella lo puso de presidente. Él disfruta de los adornos del poder y ella lo ejerce. Asegura, además, su impunidad en los casos de corrupción y estimula todas las medidas que hacen que la imagen de profesor y guitarrero que cultiva Fernández empiece a dar un poco de vergüenza ajena.

La estrategia utilizada por Fernández para disimular los actos del kirchenrismo duro que atentan, una y otra vez, contra la justicia o avanzan sobre derechos fundamentales es siempre la misma: él no sabía y ahora está enojado. Eso fue lo que mandó a decir por miembros del gobierno a la prensa cada vez que los sectores que responden a la Vicepresidente ejercitaron las artimañas que componen la agenda básica de CFK. “Se enteró por los medios”, fue la respuesta de un funcionario frente al abandono de la condición de querellante de la Oficina Anticorrupción en la cuestión de los hoteles de la familia Kirchner. Son los mismos que dijeron que el Presidente no sabía nada y que se había enojado cuando el subsecretario de Derechos Humanos, Horacio Pietragalla, pidió oficialmente a la justicia por la libertad de Ricardo Jaime y otros presos por corrupción en la época en la que CFK ocupaba la presidencia. Así es, en cada caso, donde CFK hace lo que se le da la gana y no tiene la delicadeza de avisarle. Son las maneras perversas que tiene la Vicepresidente de recordarle, a cada momento, que él ocupa el cargo porque ella lo colocó en ese lugar. Cada vez que Fernández se enoja o asegura que no sabía o no estaba al tanto da un poco de pena y vergüenza.

No es casual que el titular de la OA sea un hombre que responde a CFK. Tampoco es casual que sean los incondicionales de Cristina Kirchner quienes manejan las grandes cajas del Estado como el PAMI y la Anses. Dinero, aparato político e impunidad para los corruptos. El acuerdo que llevó a Fernández a la presidencia aparece en su esplendor. CFK va en busca de eso y quiere dejar en claro que es ella quien maneja esos resortes. Es la historia de Fausto, nada más y nada menos. En el momento en que alguien obtiene lo que quería por un pacto con el Diablo cree que podrá no cumplir o doblegar la voluntad del mismo. Pero las deudas con Mefistófeles se pagan siempre. Este es el momento en que empiezan a emerger los síntomas de los pactos que se hicieron.

Fernández sabía muy bien quién era CFK. Conocía cuáles eran los objetivos de La Cámpora. Ante la muerte de Nisman, había dicho de CFK: “Ignorando la tragedia, se indultó a sí misma, apropiándose de la verdad, de la Patria y hasta de la alegría y condenó cínicamente a los quedamos agobiados por lo patético de lo ocurrido. Conoce que hay una herida abierta por una muerte que estremece y que no se entiende y sabe que el ciudadano lo interpela por ella”. El Presidente no puede aducir ignorancia acerca del comportamiento frente a la impunidad de su jefa política.

También estaba al tanto de que La Cámpora hace valer su “aparato político” y el dinero por sobre todo. En una elección en 2011, en la que se quedaron con los lugares a la fuerza, Fernández los había cuestionado diciendo que se los premiaba sólo por su “obediencia” y hablaba de la incapacidad de este grupo para colectar votos. El Presidente hizo un acuerdo con esta gente a la que conocía y denunciaba. Ahora toca el momento de la “letra chica” del acuerdo. Por eso Boudou está en su casa, por eso se están torpedeando causas de corrupción, por eso se hacen maniobras para liberar presos peligrosos, por eso vuelve la alianza con Cuba y Venezuela, por eso se amenaza a los ciudadanos que son opositores y se manifiestan, por eso se gobierna por decreto y el Poder Ejecutivo realiza maniobras para eludir controles. Por eso tuvieron inactivo el Congreso. Todo esto en medio de una pandemia.

Fernández no puede diferenciarse. Su pecado de origen es la alianza que lo llevó a la presidencia. Él sabía del daño que podía hacer CFK a las instituciones; lo sabía porque lo denunció. Denunció la corrupción, el desapego a la legalidad y la violencia política. Ahora es cómplice. Las miserabilidades en busca de la impunidad suceden en el momento en que la gente sufre por la crisis económica que genera la cuarentena. Ahora los gestos tienen otro significado. Cada foto de miembros de la oposición con Fernández con motivo de la pandemia, sin mencionar ninguna de las atrocidades institucionales, empieza a tener otro significado. Para luchar contra el Covid-19 hace falta hacer tests y tener camas de cuidados intensivos suficientes. Ese parece ser el único consenso en el mundo acerca de un virus sobre el que se sabe poco y se dicen muchas cosas que a la semana siguiente carecen de validez. Las fotos políticas son sólo eso: operaciones políticas. Un buen consejo que alguien le podría dar al Jefe de Gobierno de la Ciudad es que empiece a evitar esas fotos. La actitud del Presidente de echarle la culpa al gobierno anterior del desastre sanitario de la provincia de Buenos Aires es una canallada mediocre, ya que fue gobernada casi siempre por el PJ. De los últimos 37 años solo ocho fueron gobernados por otros partidos. El resto siempre el PJ. La provincia contiene a La Matanza, gobernada siempre por el peronismo desde la vuelta de la democracia. El nivel de deterioro político y de infraestructura de la provincia de Buenos Aires es una vergüenza peronista. El clientelismo político y la cantidad de pobres que crece sin parar también. Mientras se toman fotos de “unidad”, van gestando la próxima traición. Esta es una lección del manual del peronismo.

El primer momento de cualquier crisis despierta siempre un sentimiento de unión y de apoyo al Gobierno. Eso se vio en Argentina, pero en muchos lugares del mundo también. El politólogo francés Jerôme Fourquet hizo un análisis interesante sobre lo que, creo, se avecina: “Históricamente, las crisis sociales ocurren en períodos de recuperación, cuando la gente levanta la cabeza, piden su parte del pastel. Ahora llegará la hora de salvar la piel, el empleo, llegar a fin de mes cuando alguien en casa haya perdido el trabajo o esté a tiempo parcial”.

Hay que empezar a llamar a las cosas por su nombre e insistir en cuál es el plan para el día después. Todo este episodio estará signado por la tontería conceptual del Presidente de plantear una dicotomía entre salud y pobreza (y decir que elige la pobreza), que es uno de los mayores dislates que han emanado del poder en mucho tiempo. La pobreza en la Argentina atenta contra la salud, contra la seguridad y contra la dignidad de las personas. El nuevo modelo social que pregonan los intelectuales de pacotilla en la Argentina es un país pobrísimo sin posibilidades de progreso individual. El genial filósofo Antonio Escohotado expresó esta semana: “Ojalá esta crisis nos ayude a que se pueda ser progresista sin ser miserable o tonto”. Comparto ese deseo. En la Argentina los “progres” quieren un país de esclavos de un Estado ineficiente y corrupto. Quieren, además, impunidad para los políticos corruptos. Ese es el único proyecto.

No se les puede ni se les debe dejar el camino allanado.