El presidente Alberto Fernández junto al canciller Felipe Solá (REUTERS/Agustin Marcarian)
El presidente Alberto Fernández junto al canciller Felipe Solá (REUTERS/Agustin Marcarian)

En las últimas horas, el gobierno de Bolivia se sumó a la lista de países ofendidos por las actitudes y palabras del presidente argentino. La canciller boliviana Karen Longaric criticó lo que consideró “actitudes injerencistas” de Alberto Fernández, tras unos dichos suyos en una reciente reunión virtual de los políticos pertenecientes al Grupo de Puebla. “Bolivia rechaza esta conducta contraria al derecho internacional, que se suma a la protección de los actos sediciosos de Evo Morales en Argentina”, protestó.

La ofensa boliviana viene a sumarse a una larga lista de incidentes diplomáticos protagonizados por la política exterior de Alberto Fernández-Felipe Solá. El 24 de abril, el gobierno argentino anunció que se retiraba de las negociaciones que el Mercosur está manteniendo con Canadá, Corea del Sur, India y Líbano. Lo hizo con el argumento falaz de sostener que la Argentina no está en condiciones de abrirse al libre comercio en las presentes circunstancias. Al abandonar la mesa de negociaciones, Argentina sorprendió a sus socios con quienes llevamos 35 años de esfuerzos en la construcción de un proceso de integración regional. La decisión, a todas luces equivocada dado que las negociaciones del Mercosur requieren unanimidad, provocó un enorme rechazo en especialistas, diplomáticos y opositores. No hace falta ser Metternich o Talleyrand para comprender que es mejor permanecer en una mesa de negociaciones en la que eventualmente se puede ejercer el derecho de veto que retirarse anticipadamente. A pesar de numerosas críticas, días más tarde, el canciller Felipe Solá confirmó la decisión. Lo hizo durante una presentación virtual ante la comisión de asuntos exteriores del Senado en la que se mostró visiblemente malhumorado, al extremo que terminó insultando a una senadora opositora. Una seguidilla de explicaciones y malentendidos se sucedieron en los días posteriores pero lo cierto es que la decisión complicó nuestros vínculos de confianza con nuestros socios brasileños, paraguayos y uruguayos.

La relación con el Brasil merece un párrafo aparte. La animosidad entre el presidente Fernández y su par Jair Bolsonaro es un hecho objetivo. Acaso asoman como responsables ambos mandatarios. Algunas expresiones del titular del Planalto bordearon la falta de respeto y el ataque personal. Todos los intentos por concretar una cumbre presidencial entre ambos fueron abortados por parte del presidente argentino. Pese a los buenos oficios realizados por el presidente de la Cámara de Diputados Sergio Massa, quien viajó a visitar a su par brasileño, y del designado embajador en Brasil Daniel Scioli, una personalidad caracterizada por su vocación de diálogo, la relación permanece empantanada. La última oportunidad en la que iba a tener lugar el esperado encuentro entre ambos jefes de Estado, fue el pasado 1 de marzo en ocasión de la jura del nuevo presidente del Uruguay Luis Lacalle Pou. Dicha cumbre fue cancelada por el presidente argentino quien argumentó no poder viajar pese a que solo separan a la capital argentina de la uruguaya 35 minutos de vuelo. Las explicaciones resultaron absurdas. Voceros oficiales indicaron que ese mismo día el Presidente debía abrir las sesiones ordinarias del Congreso. Bien pudo hacerlo en la mañana y volar a Montevideo al mediodía dado que el acto de asunción de Lacalle se desarrolló en las primeras horas de la tarde de aquel primer domingo de marzo. Pero el presidente argentino optó por dejarse fotografiar aquella tarde en un partido de fútbol.

En tanto, las autoridades chilenas se quejaron por expresiones del Presidente Alberto Fernández durante una teleconferencia con el llamado Grupo de Puebla en la que estimuló a los participantes trasandinos a reorganizarse para “recuperar” el gobierno. La Cancillería chilena presentó las quejas correspondientes ante el Encargado de Negocios de la Embajada argentina, dado que el embajador designado aún no asumió su representación. Horas después, Fernández llamó por teléfono a su par chileno, para bajar la tensión. Pero el daño en la relación bilateral ya estaba provocado.

El vínculo bilateral con Ecuador también se vio perjudicado por las acciones de la diplomacia de Alberto Fernández-Felipe Solá. En esa misma reunión del Grupo de Puebla del viernes 15, el titular del Ejecutivo argentino prácticamente calificó de desleal a su par ecuatoriano Lenin Moreno. En dichas reuniones, Fernández insiste en reunirse con ex mandatarios y líderes izquierdistas, todos ellos opositores declarados de los presidentes en ejercicio en los respectivos países latinoamericanos.

El gobierno nacional ha logrado en pocas semanas el triste récord de haber conseguido malquistar todas las relaciones bilaterales de la Argentina con sus vecinos e incluso dañar vínculos diplomáticos con países lejanos pero con quienes manteníamos relaciones amigables, como el Reino de Suecia. El lazo con Estocolmo quedó dañado cuando el jefe de Estado argentino presentó el caso sueco como un fracaso en la lucha contra el COVID-19.

Durante la campaña electoral, Fernández aseguró que daría un impulso “latinoamericanista” a su política exterior y acusó al gobierno anterior de haber “abandonado” la región. Una vez en el poder, parece haberlo olvidado. Sus acciones han deteriorado prácticamente todos los vínculos políticos con nuestros hermanos de la región. En menos de seis meses de gestión, todas las relaciones señaladas han descendido notoriamente en su nivel de vinculación.

Los intereses permanentes del país se atienden aplicando un principio básico de las relaciones diplomáticas que reside en que éstas deben conducirse conforme a principios de Estado y no en base a caprichos personales o preferencias ideológicas. Tal vez conviene recordar que la Historia está compuesta de actos y no de intenciones.

El autor es especialista en Relaciones Internacionales y ex embajador argentino en Israel y Costa Rica.