FOTO DE ARCHIVO: Una bandera argentina flamea sobre el palacio presidencial Casa Rosada en Buenos Aires, Argentina October 29 octubre, 2019. REUTERS/Carlos Garcia Rawlins
FOTO DE ARCHIVO: Una bandera argentina flamea sobre el palacio presidencial Casa Rosada en Buenos Aires, Argentina October 29 octubre, 2019. REUTERS/Carlos Garcia Rawlins

Las ciudades despiertan de la cuarentena como después de una guerra, con demasiados caídos, donde la necrológica se expresa en “se vende o se alquila”, y en esos locales abandonados se juntan colchones y frazadas que cobijan a quienes hace tiempo arrastran las crisis. Una nueva etapa de concentración de la riqueza desnuda la debilidad de los restos de la clase media sobreviviente. Todo lo rentable fue quedando en manos de los grandes capitales, desde los almacenes a los quioscos, desde los bares a las farmacias; sobreviven verdulerías y carnicerías, liberadas todavía del imperialismo de “las cadenas y los royalties”, algunos otros comercios de barrio y los mercados chinos como testimonio del tesón de una cultura más esforzada que la nuestra.

En esta realidad, es difícil asumir quiénes son más decadentes, si los desesperados por ver presa a la Vicepresidenta -no terminan de asumir su derrota- o los provocadores que liberan presos con absurdas teorías de derechos que ignoran. Dos variantes de la provocación en una sociedad que necesita serenidad para transitar el día a día del confinamiento y pensar el futuro. Los grupos de poder se alternan, la pobreza cambia su gradiente de crecimiento sin que ninguno logre modificar la caída.

Hubo un tiempo en que la política actuaba más independiente del poder económico. Luego vino esta cruel modernidad donde ambos mundos, el Estado y los negocios, terminaron hibridándose y, en rigor de verdad, las dos opciones electorales solo se diferencian por expresar distintos sectores de intereses. Las ideas y la misma política, como saber y como oficio, fueron perdiendo su lugar, dejando la prioridad de lo colectivo para depender de las urgencias de intereses privados. Entre otras cosas, cada gobierno debería transparentar cuántos empleados designa para dejar en claro una parte de sus más bajos instintos de ocupación de lo colectivo. Pero ese es solo un aspecto de la cuestión: nada define tanto esta realidad como el hecho de que se puede hablar de todo mientras no se toquen intereses, mientras no se cuestione la distribución de la riqueza. Hay políticos intocables, pero también empresarios, los que apoyan con sus avisos todos los programas y quedan al margen de la crítica porque la libertad de prensa termina donde comienza el espacio del avisador. La ley de medios soñaba con un solo dueño, el Gobierno, triste expresión del complejo de inferioridad, cuando en realidad al Gobierno no le faltaban micrófonos sino ideas, y eso no hay ley ni decreto que lo subsane. El gobierno de Macri pidió prestados millones de dólares que no se pueden encontrar en una obra, una carretera, hospitales, escuelas, industrias; subieron tarifas, amontonaron ganancias y luego pidieron prestado para poder convertir esas fortunas en moneda aceptable en los países donde sueñan ser ciudadanos.

¿Es necesario recordar que la política necesita de personas que pongan el interés y el rumbo colectivo por encima de sus codicias personales? Ese hecho diferencia el destino de las naciones: hace tiempo que no aparecen dirigentes con esas características en nuestro país.

La pandemia nos convocó a trabajar juntos, más allá de los resentimientos de ambos bandos que continúan expresándose en actitudes confrontativas con un fanatismo que se empeña en eliminar al contrario sometiéndonos a todos a una guerra sin sentido ni final posible. Entre sus representantes, los hay cultos y necios, jóvenes y mayores. Los une a todos una enorme inconsciencia de las consecuencias de sus actos. Son pastores de discípulos extraviados que encuentran en sus demencias una razón para canalizar sus frustraciones. ¡Qué lábiles son las relaciones en la decadencia! No es lo mismo participar de una crítica que de un fanatismo, no es lo mismo estar motivado por una causa que estarlo solo para confrontar con otra. La prebenda de un lado y el enemigo del otro impulsan cambios y distancias afectivas difíciles de comprender y mucho más de aceptar.

El Presidente pudo ocupar el lugar del centro. Desde mi punto de vista, el pequeño y poco respetable peronismo de la capital ejerce demasiado poder sin asumir su inexistente prestigio. El distrito Capital no tiene debate de ideas, ni en el PRO que lo conduce ni en el peronismo que debería ser la oposición y no queda muy claro qué lugar ocupa. Ahora aparecen de nuevo las rencillas por candidaturas sin que se asuma siquiera la carencia de proyecto. La burocracia habita en su propia galaxia, bastante alejada de las miserias que supo sembrar en la dolida sociedad.

Ninguna de las dos opciones, ni el kirchnerismo ni el PRO, son dueñas de una propuesta de futuro. Ambas están más cerca de su agonía que de su consagración. Cuarenta y cinco años de crecimiento de la pobreza a los que se suma un desmedido endeudamiento obligan a asumir que carecemos de rumbo, que se destruyó el Estado no para incentivar la productividad empresaria, sino tan solo para liberar la codicia de los intermediarios.

Está claro que sin conciencia de patria no hay futuro. La codicia de los negocios no puede ni debe regir el destino colectivo, la miseria de sus consecuencias está a la vista.

No se trata de populismo contra neoliberalismo ni de Estado contra privado. Lo que falta es coherencia al servicio de los objetivos comunes, algo que está mucho antes de los pretendidos debates ideológicos. Ningún individuo, y mucho menos una sociedad, puede transitar la realidad sin haber elegido un rumbo y un lugar en el mundo. El Gobierno alterna su lugar de promesa de unidad con la agresión a algunos que no lo merecen, como si no terminara de asumir si es la continuación de la provocación kirchnerista o un intento superador de esa etapa infantil. A veces lo intenta, otras lo logra y, por momentos, como la misma pandemia, es imposible pronosticar su futuro.

El virus es lo único que nos permite compararnos con otros países. En lo demás, la inflación y las deudas, la pobreza y la carencia de proyecto, no podemos compararnos con casi nadie porque hemos forjado en décadas el atroz imperio de la decadencia. Por ahora no hay un rumbo de salida, después de esta crisis lo necesitamos más que nunca.