El reflejo de la luna descubre el reflejo de lo que nos sucede por las noches. Puede inspirar a poesías, hacernos sentir la caricia de la persona que tanto extrañamos, o sacarnos una sonrisa al recordar aquella tarde. Como también puede llenar la habitación de viejos fantasmas, la mente de antiguos traumas, el corazón de soledad, o inundar los ojos por no permitirnos avanzar.

Sin embargo la luna carece de luz propia, sólo refleja la potencia lumínica de un sol que no podemos ver de manera directa. Es la que nos conecta a la fuente de luz. Nos regala una luz que podemos mirar, para que sea a la vez fuente de los pensamientos y sueños más profundos. Es el puente entre el origen de la luz, y el destello de la iluminación interior.

El texto bíblico de esta semana aborda la potencia del numero 7, y su relación íntima con el tiempo. Sin embargo para que el número 7 exista, se necesita de un número 6. Como la base de una escultura, el pedestal de una obra de arte, el fundamento de un edificio. El 6 es la conexión entre el cielo y la tierra. El puente que conecta el recorrido y la llegada, la luna que trae el reflejo del sol al alma.

En el calendario hebreo estamos transitando la sexta semana de la llamada Cuenta del Omer, un total de siete semanas en las que cada una lleva un desafío espiritual a alcanzar. Cada semana está vinculada a una de las Sefirot, las emanaciones de luz con las que la Kabalah de los místicos de la tradición judía, describe el funcionamiento interno de Dios. Esta semana vivimos la Sefirá de Iesod, la anteúltima de las Sefirot. Iesod significa “Fundamento”, y es la conexión de todas las Sefirot anteriores con la última, la que abraza y llega al mundo. La última Sefirá somos nosotros, la humanidad que recibe la potencia lumínica desde los cielos. Para que eso suceda necesitamos de Iesod, la conexión, el puente, la luna que refleja toda esa luz.

Todas las Sefirot anteriores hasta aquí, nos invitaron a medir nuestra sabiduría, a alcanzar un plano de entendimiento y comprensión, a distinguir entre lo oscuro y lo claro y a aplicar ese conocimiento con inteligencia. Luego, a llevar adelante nuestros pensamientos y decisiones a través de acciones que logren el equilibrio correcto entre la emoción y la razón. Por último, a comprender que no alcanza con nuestras convicciones y acciones, sino que debemos saber cuándo avanzar con seguridad y motivación, y cuándo frenar con paciencia y moderación, para darles dirección, sentido y rumbo.

Iesod es la Sefirá que finalmente conecta todo ese proceso con el exterior. Es la semana para evaluar cuán conectados estamos con el mundo, con nuestro alrededor, con los vínculos, la casa, la familia, los amigos, el barrio, la realidad, la sociedad y con nosotros mismos. Alcanzar la coherencia interior entre lo que pensamos, lo que sentimos, lo que hacemos y hacia donde lo dirigimos, exige finalmente llevarlo a la otra orilla. Lograr el equilibrio emocional y la paz de espíritu que tanto anhelamos, de nada sirven si no nos conectamos de manera sana con el afuera. Podemos tener la más brillante de las idea y la mejor de las intenciones, pero la intención no es lo que cuenta. Todo depende del puente que usemos en la manera en que lo transmitimos.

Iesod es el puente con el afuera, la semana donde evaluar esa conectividad. Es el número 6, el que nos lleva a la belleza de la plenitud del encuentro con la mística de todo lo que encierra el número 7. Cada Sefirá, como vimos en columnas anteriores, está vinculada a una parte del cuerpo: a la mente, a los brazos, al torso, a las piernas. Iesod está relacionada con los órganos sexuales, conectores y hacedores de nueva vida. El puente de unión de toda nuestra interioridad hacia el infinito potencial de trascendencia. La primera relación sexual en la Biblia es descripta con el verbo “conocer”. Dice el Génesis que Adán “conoció” a Eva, para entonces traer vida al mundo. El amor sano, el amor genuino, es aquél que hace que la intimidad se transforme en el acto de conocer interiormente al otro. Sabernos interiormente y conectarnos profundamente, es el comienzo de una vida en búsqueda de trascendencia.

Dijo Bertrand Russell: “Lo más difícil en la vida es aprender qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar”. Iesod es comparado con la luna. Reflejo de la iluminación. Alcanzar la iluminación es aprender a elegir el puente correcto para alcanzar el puerto deseado.

Amigos queridos. Amigos todos.

El Rebe jasídico Najman de Braslov decía y cantaba: “Todo el mundo entero es un puente angosto. Lo importante es no tener miedo”. El mundo genera miedo. La incertidumbre, el encierro, el mañana. Lo que conocíamos hasta ayer ya no será, e incluso las incertezas de este hoy nos llenan de temores. Pero lo importante enseña el Rebe, es que estamos sobre el puente. Por más estrecho que sea, no debemos caminar con miedo, sino a pesar del miedo. El temor a la estrechez del puente es legítimo. Pero el conocernos mejor en nuestro interior, el trabajar por refinar las emanaciones del alma, alcanzar el equilibrio de las emociones y la coherencia entre el pensamiento, la voz y las manos, hará que lleguemos a la orilla que deseamos alcanzar.

En esta semana de Iesod, estamos llamados a entregar lo mejor para una conexión más real, más genuina, más total. Un puente desde donde dejar atrás los miedos que generan algunas noches, para poder entonces disfrutar del reflejo de la luz de la luna sobre nosotros.

El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.