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La culminación de la cuarentena parece no tener fecha cierta, pese a que ya se van abriendo ciertas industrias y comercios. Faltan aún los empleos públicos, la Justicia, el Congreso y muchos otros organismos públicos y privados. No está nada claro en ningún lugar del mundo cuál debería ser la estrategia óptima para enfrentar al virus. Es probable que el número de víctimas dependa de las pirámides demográficas, ya que todos confirman que el coronavirus acelera la muerte de los que ya padecen comorbilidades (enfermedades previas), entre los que se cuentan, obviamente, las personas de mayor edad. No es lo mismo poblaciones con muchos jóvenes y pocos viejos, o su inversa, al menos cuando se comparan muertes por millón de habitantes. Argentina en eso al menos está más favorecida que los países europeos. También quedó claro mundialmente que las aglomeraciones humanas en grandes urbes, o en poblaciones hacinadas por el nivel de pobreza, o la costumbre “cultural” de encerrar ancianos en los geriátricos son factores que incrementa el contagio y la velocidad en que se producen las muertes.

A diferencias de las guerras que, además de vidas humanas, destruyen el capital físico, como fábricas o ciudades, que pueden volver a construirse, las pandemias destruyen el capital circulante (el trabajo, los empleos). Dado que se ha instalado el pánico mundial, el crecimiento del consumo será lento y por lo tanto, la recuperación del empleo será un proceso largo, pese a que los salarios bajarán por exceso de oferta. Además, si esto ocurre simultáneamente con cambios tecnológicos que reemplazan personal y si le suman varios problemas preexistentes, la situación de sufrimiento social se agrava.

A este ritmo de cuarentena, el año 2020 está bastante perdido. La realidad de la última década es que ya estábamos decreciendo económicamente; la movilidad social era negativa; los sectores medios continúan empobreciéndose y la justicia social es opuesta al ideal; hay un aumento paulatino del número de pobres y un crecimiento de las diferencias sociales. Todo se agravará tras la pandemia. El modelo actual ya no funciona desde hace décadas y hace agua por todos lados, entre otras cosas porque no puede generar los dólares genuinos, obtenidos principalmente de la exportación de bienes y servicios, para resolver el antiguo problema de la restricción externa; el crédito externo para consumo doméstico y utilizado para atemperar el enojo social, es ya inviable. El panorama futuro no se presenta auspicioso, menos aún en un contexto de pago de una onerosa deuda externa.

A lo largo de la historia argentina hubo algunos pocos puntos de inflexión que marcaron épocas, con cambios significativos en el desarrollo económico y social. Cada uno se produjo por agotamiento de procesos anteriores en el marco de situaciones internacionales y geopolíticas importantes. Actualmente estamos en una situación en que una potencia desafiante (China) compite fuertemente con la potencia dominante (Estados Unidos), que ha adoptado una política de retirada parcial de algunos espacios globales. La crisis del corona virus acelerará el vacío del poder mundial. Es el momento apropiado para preparar una transformación nacional, saliendo de la actual decadencia con originalidad y audacia.

Desde Roca hasta Yrigoyen, el país tuvo un crecimiento importante y se produjo un modelo de movilidad social; entre 1880 y 1929 el PBI per cápita creció al 2% anual y Argentina se ubicó en el puesto 3, entre 34 países. Dicha época quedó asociada, en la memoria colectiva, con las corrientes inmigratorias, con el progreso individual competitivo, con la modernización tecnológica, con la poca intervención del estado; hubo un incremento poblacional de la clase media, en el marco cultural de mucho esfuerzo individual y familiar. El fundamento económico principal (la masiva exportación de productos primarios) estaba sustentado en una situación geopolítica apropiada, en el entorno de la I Guerra Mundial, donde Argentina se ubicó estratégicamente de tal forma de garantizar su crecimiento.

Un segundo hito ocurrió en el entorno geopolítico de la Segunda Guerra Mundial, canalizado finalmente por el general Juan Domingo Perón por vía de la doctrina de la justicia social, manifestado en el fenómeno de un masivo ascenso social y político de los obreros industriales, una profundización de la industrialización y de la sustitución de importaciones, todo conducido por decisiones importantes del Estado; un gran aumento de los salarios y del consumo, avances de la protección económica y de la social; migraciones internas hacia las grandes urbes; la ética imperante era la rápida dignificación y equiparación política de los trabajadores con los empresarios, y el crecimiento de éstos, particularmente de sectores medios (pymes) industriales, sustituyendo importaciones. La ubicación geopolítica de la Argentina se situó en el marco de la llamada Tercera Posición, y logró un potencial nacional con desarrollos tecnológicos en ciertas industrias de punta (avión a reacción Pulqui, energía nuclear), que superó en esos momentos a Brasil. Si bien el crecimiento del PBI per cápita promedio desde 1929 hasta 1958 fue del 1% anual, el país se mantuvo en el puesto 37 entre 54 países.

Luego de esas dos grandes disrupciones, la Argentina entró en varios ciclos, algunos mejores y otros peores, donde el progreso se estancó y hasta retrocedió. En promedio, los últimos 50 años fueron de franco estancamiento, en cierta medida por la falta de importancia estratégica de la Argentina y las dificultades de ubicación geopolítica relacionadas con la Guerra Fría, a lo que luego se sumó el proceso de globalización financiera, que empujó el crecimiento capitalista hacia Asia y en particular, a China. Además Argentina cometió reiterados errores; su PBI per cápita decreció al 1,3 % anual entre 2011 y 2019, época posterior a la crisis financiera del año 2009. Lo peor de todo es que las alternancias políticas siguen aún hoy discutiendo sobre el pasado y en base a los dos modelos disruptivos ocurridos en aquel lejano pasado; parecería bastante ridículo si no fuese tan trágico.

Las causas de nuestro estancamiento son de naturaleza puramente internas y políticas; no logramos encontrar un nuevo modelo de desarrollo, políticamente sustentable, basado en las condiciones objetivas del mundo actual, caracterizado por la economía del conocimiento. Seguimos atendiendo urgencias por intentar crecer priorizando “exportaciones de productos primarios” (aunque ahora se llame agroindustria), como dice un sector, o intentando “crecer con lo nuestro”, como dice el otro. Se suma un factor particularmente negativo, como son los reiterados endeudamientos financieros externos para paliar el déficit del Estado; los bancos ganan fortunas, con el atraso cambiario y financiando los desequilibrios fiscales; últimamente tampoco atienden a las inversiones productivas (pymes) y sólo se dedican a financiar bienes durables de los sectores medios; absolutamente todos negocios de bajo riesgo. En el futuro solo deberían permitirse la llegada de créditos externos para inversiones productivas, IED (Inversión Extranjera Directa).

El nuevo modelo necesario debe contemplar simultáneamente razonables aspiraciones populares y una economía productiva sostenible, que concilie crecimiento económico con progreso y equidad social. La esperanza en lograr una salida a este laberinto debe provenir de la creatividad y la inteligencia política, puesta al servicio del bien común. Una sociedad participativa, que encare con pureza y pasión su futuro, completaría el necesario ciclo virtuoso para poder despegar vuelo nuevamente. El actual momento histórico que estamos viviendo en el mundo, con importantes cambios geopolíticos, acelerados por la crisis del coronavirus, es muy propicio para realizar estos cambios disruptivos.

El centro de gravedad de la política debería pasar por proponer estrategias claves para “transformar” al país, entendiendo, “transformación” como un rediseño completo, de base cero, de los “pseudo modelos” que nos estuvieron llevando hacia un futuro distópico. No se trata simplemente de volver a “reconstruir” o de “recrear”, lo que efectivamente funciona mal. Esta transformación se vería facilitada porque todo el mundo entrará en una fase de reorganización importante, debido a que la mayoría de los países necesitan reformularse, no solo por los cambios que provoca el coronavirus, sino porque las demandas sociales así lo imponen.

Así como la geopolítica predominará en el futuro sobre la geoeconomía, también el concepto de “eficiencia social”, entendido como la satisfacción popular por la participación equilibrada tanto de los derechos (libertad y democracia), como de las obligaciones (producir y trabajar), predominará por sobre el concepto usado desde hace varias décadas de “eficiencia económica”, que es la expresión de la ideología de la maximización de las ganancias.

Para organizar a cualquier comunidad, se requiere plantear un ideal o una doctrina; las sociedades solidarias anhelan mayores grados de igualdad, pero también deben asentarse en una organización social concebida desde la fraternidad, que permite a los iguales ser diversos, desde su propia individualidad. Toda democracia participativa debe conducirse hacia la búsqueda de equilibrio entre sus integrantes; ese mandato político debería ser compartido tanto por la dirigencia que conduce un Estado transparente, como por una sociedad civil empoderada para controlar a los dirigentes, pero sin debilitarlos. Cualquier avasallamiento de unos sobre otros conducirá al autoritarismo o al caos social.

Los cambios tecnológicos están impulsando fuertemente la reestructuración geopolítica del poder mundial y ello traerá relocalización de producciones, disminución de consumo de ciertos bienes, aumento de otros, cambios en el tipo de consumo masivo, reorganización del turismo global, se dará mayor importancia de los problemas ambientales; caída de los precios de commodities agrícolas; interrupción de algunas cadenas de valor globales y regionales; dificultades para lograr financiación a largo plazo y con las seguridades que se reclaman; salida de capitales hacia los centros de mayor seguridad, y otros. Habrá ganadores y perdedores. La crisis sino-norteamericana continuará por largo tiempo y habrá que aprender a manejarla; una mejor integración regional con respuestas homogéneas y con liderazgos basados en un fuerte consenso interno es la mejor repuesta para enfrentar los desafíos futuros.

Ante esta crisis inédita, todo pensamiento estratégico es más necesario que nunca, y dado nuestros conocidos antecedentes de improvisación y atención de urgencias, ha llegado el momento apropiado para formular con audacia planes y programas de transformación, formulados como nuevo modelo nacional. No es posible esperar a que la crisis del virus vaya terminando, porque sin dichos planes, se volverá a privilegiar las antiguas recetas de ajuste basadas en la “eficiencia económica” tradicional. Sus bases son simples, aunque su implementación pueda parecer compleja: conciencia social y ambiental, economía sustentable, eficiencia social y atención consciente del ambiente. Habría una tendencia mayoritaria en todo el orbe, pese a las grietas actualmente existentes, en ese mismo sentido.

Las grandes transformaciones del mundo actual se basan en tres transiciones: lo analógico va hacia lo digital, lo lineal se modifica hacia lo circular y lo material deja paso a lo intangible. Todo se vuelve más flexible y lo individual necesita de redes colaborativas para mejorar su eficiencia, que además permitan rapidez en la adaptación. Todas las teorías no servirán para nada si no se transforman en planes y programas concretos. Sin entrar en los temas propios del Estado, como la Justicia o la seguridad, o su misma gestión, varios son los temas, todos interrelacionados, que son necesarios transformar en etapas sucesivas, las que deberían confluir en el nuevo modelo; los recursos elementales básicos: agua, alimentos y energía; vivienda y descentralización de las grandes urbes; cyberseguridad e Internet como servicio social universal y gratuito; Salud universal de calidad; medioambiente; educación y empleo para el mundo de las nuevas tecnologías; transformación productiva e innovaciones sostenibles; integración y alianzas estratégicas.

Un ejemplo que involucra varios temas es el de organizar la creación de nuevas ciudades o pueblos, en determinadas provincias, financiables por el BM o el BID o por Fondos de Capitales de Riesgo para Emprendimientos Sociales (FCRES). Habría que hacer concursos competitivos para elegir los mejores casos, donde se propondrían las producciones a realizar, particularmente dando espacio a la radicación de innumerables start-ups, los mercados que dichas producciones alcanzarán, la construcción de viviendas populares con materiales de la zona, relocalización de poblaciones de las grandes urbes y en particular de las zonas más vulnerables, las necesidades sanitarias y educativas; es decir todo una planificación como pocas veces antes se ha hecho en Argentina. Eso ayudaría a la ocupación racional de nuestro territorio y a la creación de empleo de todo tipo, ya sea en la construcción, salud, tecnología de internet, educativas y otras de alta tecnología. Además se podrían descentralizar organismos públicos supernumerarios, cárceles, instituciones militares, de seguridad, científicas, tecnológicas y otros organismos del estado, nacionales o provinciales. Tenemos muchas zonas “vacías” que debemos ocupar con población.

La producción nacional puede tener nuevas oportunidades en la relocalización global de sectores productivos; la mayoría de los productos textiles, calzado y otros de mano de obra intensiva deberían producirse localmente. Hay que dar los incentivos adecuados para todos los grados de industrias, simples o del conocimiento, según los criterios de la “eficiencia social”. Hay modelos de producción y formatos de organización de la economía popular que se adaptan muy bien a la creación de empleo tanto como para resolver problemas básicos como los de alta tecnología, que deben ser fuertemente incentivados.

En lo económico el énfasis debería caer en las micro, mini, pymes, que se verán seriamente afectadas por la actual crisis y por el reordenamiento de la geopolítica global, ya que todos los países rediseñaran sus producciones para localizarlas internamente, en orden a dar empleo a su población. A estas empresas hay que liberarlas de las actuales ataduras y corsets financieros y regulatorios que la ahogan (IIBB, burocracia y tramites excesivos, presión impositiva demencial, y otros) para poder tomar más empleados, poder exportar más fácilmente y lograr sustituir mas importaciones.

La defensa nacional puede hacer sus aportes, considerando que somos el octavo país del mundo en términos de superficie y que nuestros recursos naturales son y serán aún mas apetecidos por el resto del mundo. Un ejemplo de contribución a la transformación argentina sería crear el Polo Logístico Ushuaia-Base Petrel, para el aprovisionamiento de las 44 Bases de 21 países instaladas en la Antártida para el aprovisionamiento de las mismas, la resolución de problemas ambientales y la producción de raciones alimenticias, de uso dual (militar y civil) y también para ayuda social interna y misiones de ayuda humanitaria. Este proyecto nos otorgaría un posicionamiento estratégico y geopolítico importante y una base de negociación para el futuro de las Islas Malvinas. Además ayudaría a hacer más eficiente el Polo de Fabricación de la Línea Blanca y otros (lavarropas, cocinas, heladeras, computadoras, televisores) trasladándolo hacia algún nuevo pueblo en el centro del país, con centros tecnológicos cercanos y sin el altísimo costo logístico de su actual instalación en la isla de Tierra del Fuego; es decir, más cercano a los grandes centros de consumo y de la provisión de componentes nacionales (motores, chapas, semiconductores, software, etc).

El acuífero Guaraní es otro punto estratégico a defender. Es antinatural que, siendo el problema del agua dulce un tema estratégico a nivel global, sigamos haciendo correr hacia el mar, vía nuestros ríos internos, agua dulce sin ser destinada previamente para algún uso productivo, el que además debería poder ser instalado en una de las nuevas ciudades a crear en el interior del país. Además, tampoco las vías fluviales, de mucho menor costo operativo, son utilizadas por barcos argentinos como transporte de cargas. Hasta Paraguay tiene una flota importante.

La logística interna nacional necesita ser transformada en algo eficiente, combinando las vías navegables y el ferrocarril de cargas, ambos para trayectos largos; y una flota de camiones para trayectos medianos o cortos, con muchos puestos hubs de transferencia, como se hace en los países eficientes. No es posible exportar más y obtener divisas si la logística interna tiene valores muy superiores a la logística externa. Debemos ser doblemente competitivos, en toda la cadena de producción y distribución, para exclusivo beneficio del conjunto. Una logística interna eficiente y barata tiene beneficios también para fomentar el trabajo local, la construcción de viviendas sociales y la radicación de la población en el interior del país, donde habría más posibilidades de instalar industrias intermedias.

Toda transformación territorial está atravesada por la estructura energética. Nuestro país ha hecho una gran apuesta por el yacimiento de Vaca Muerta. Mucho dependerá de los intereses norteamericanos en sostener los precios a largo plazo para su propia producción de shale oil/gas, que Vaca Muerta sea rentable para recibir inversiones. El plan nuclear se haya estancado solo por problemas de financiamiento y de intereses geopolíticos. Deberíamos profundizar el debate para lograr una resolución estratégica correcta. Además, hay que defender el conocimiento científico nuclear nacional acumulado desde hace seis décadas. Un gran plan eólico patagónico permitiría radicar población, instalar la construcción de los mismos aparatos eólicos; con energía barata se podría radicar industrias pesqueras eficientes, trayendo mayor actividad en el sector. La minería sustentable con incidencia positiva sobre el poblamiento y el cuidado del ambiente, propiciando cadenas de agregación de valor, es un vector clave de ocupación territorial y demandará una generosa oferta energética que articule eólico-hídrico y solar.

El litoral marítimo es otro objetivo natural para descentralizar el país, crear empleo y lograr divisas, evitando que sigan pirateando nuestros recursos ictícolas. Necesitamos actualizar nuestros equipamientos de control aéreo y marítimo para lograrlo. La cooperación entre nuestros institutos científicos y los especialistas de la defensa es una gran tarea que debe incrementarse.

Ninguno de estos temas aquí planteados son de propiedad o una originalidad del autor. Todos ellos fueron anteriormente analizados y nunca llegaron a buen puerto por la falta de planificación estratégica nacional; por haber estado dominados por las urgencias; por mala praxis política; o por los variados intereses sectoriales, que atentan contra el interés nacional.

Un nuevo modelo nacional de esta envergadura traería muchas ventajas: un gran entusiasmo y renovadas esperanzas de la población; la creación de expectativas favorables para la inversión productiva (no la especulativa). Existen tres Argentinas: la verde, focalizada en lo alimentario y en la calidad ambiental; la azul, que contiene inmensas riquezas marítimas no explotadas y la gris, basada en nuestros valiosos recursos humanos para el desarrollo de las nuevas tecnologías, inteligencia artificial, biotecnología, nano tecnología, software y otros. El nuevo modelo debe articularlas, apoyado en los ejes geopolíticos nacionales. Para cualquier sugerencia o ampliación: argentinatransformacion@gmail.com

El autor es analista geopolítico