Muchos políticos se vinculan con los intelectuales solamente para que estos legitimen, a través de su presencia en los medios de comunicación, sus posiciones (iStock)
Muchos políticos se vinculan con los intelectuales solamente para que estos legitimen, a través de su presencia en los medios de comunicación, sus posiciones (iStock)

Ya nos hemos acostumbrado a escuchar críticas sobre nuestros políticos, sindicalistas y empresarios. Existe, sin embargo, otro sector de la dirigencia argentina del que se habla poco pero al que también le corresponde responsabilidad sobre nuestra decadencia: la intelectualidad.

Esto no siempre fue así. La Argentina tiene una larga tradición de intelectuales comprometidos con el futuro del país. Un ejemplo conocido es el de la generación del 37, un grupo de intelectuales que, liderados por Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento, pensaron una república posible que más tarde fue en parte llevada a la realidad por la generación del 80. Luego vendrían presidentes como Juan Domingo Perón y Arturo Frondizi, que, con todos sus defectos, entendieron que las ideas podían y debían ayudar a guiar el destino de la nación.

En su famoso ensayo “El escritor argentino y la tradición”, Borges fue aún más ambicioso. Para Borges, el escritor argentino tenía una ventaja respecto a los pensadores de los países centrales: no contaba con el sesgo natural que un escritor francés o inglés puede tener para con su propia tradición. Al encontrarse en los márgenes, el argentino es heredero de toda la cultura occidental, y esto le da mayor libertad para innovar. La propia obra de Borges demostraría que, efectivamente, los argentinos podíamos aspirar a ser los mejores en el mundo intelectual.

Pero hoy la realidad es diferente. Sufrimos, en efecto, un gran vacío de ideas. Si la comparamos con lo que sucedió en otras épocas, la producción intelectual en la Argentina es pobre y prácticamente no influye en la realidad. Para corroborar esto podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿cuál fue el último libro que cambió la forma en que piensa y actúa nuestra dirigencia?

Creo que enfrentamos dos problemas centrales. El primero consiste en que la mayoría de los dirigentes argentinos (políticos, empresarios, sindicalistas, etc.) no valoran el trabajo intelectual. Esto se ve reflejado en los pocos recursos que se destinan a la labor. Muchos amigos académicos no pueden, a pesar de su destacada producción, vivir de su trabajo intelectual. En el mejor de los casos destinan la mayor parte de su tiempo a la enseñanza y a realizar tareas administrativas en las universidades. En el peor, migran a otro país o cambian de profesión. Este fenómeno, de más esta decir, tiene un enorme costo social.

Muchos políticos se vinculan con los intelectuales solamente para que estos legitimen, a través de su presencia en los medios de comunicación, sus posiciones. No los ven entonces como pares con los que pueden discutir ideas y aprender. A lo sumo les brindan cierto protagonismo a los técnicos, aquellos profesionales que ofrecen soluciones específicas para problemas específicos pero que no cuestionan aspectos centrales de nuestra organización social y política.

Pero la mayor responsabilidad sobre la situación actual recae sobre los hombros de los propios intelectuales. Muchos de ellos parecen haber renunciado a la que debería ser su principal tarea: presentarle a la sociedad diagnósticos, por más disruptivos que estos sean, y proponerle al mismo tiempo nuevos caminos para recorrer. Esta es una ardua tarea que requiere de humildad -para aceptar las ideas de otros- y de coraje -para decirle al poder lo que no necesariamente quiere escuchar. El pensador promedio argentino parece haber abdicado de este rol para cruzar la cerca y asumir el rol de militante. Algunos inclusive han buscado cooptar instituciones educativas y culturales para avanzar una determinada agenda política.

Es importante destacar que este no es un problema que enfrenta solamente la Argentina, sino que lo sufre gran parte de Occidente. Efectivamente, parte de su intelectualidad ha sido fuertemente influenciada por las ideas del gran pensador italiano Antonio Gramsci, quien veía en el control de las instituciones culturales un paso previo para que se produjera la revolución comunista en Occidente. Y si bien lo que hoy se busca no es necesariamente una revolución, sigue teniéndose como objetivo la imposición de un sistema de ideas (cualquiera fuera este) sobre otros.

Una vez que se acepta esta lógica, el sistema académico comienza a premiar a los intelectuales más leales y no necesariamente a los mejores. Las voces que piensan distinto comienzan a autocensurarse debido al temor que les causa el castigo profesional o, más grave aún, el ostracismo social. El resultado es una abrupta caída en la calidad de la producción intelectual.

¿Qué podemos hacer los argentinos para promover el debate las ideas?

Una primera medida consistiría en revalorizar el rol de las instituciones educativas de élite, aquellas que premian la excelencia académica y promueven el pluralismo. Si estas contaran con los recursos y el apoyo social que necesitan, podrían consolidar la figura del profesor e investigador de tiempo completo, permitiendo de esta manera que más pensadores comprometidos con el futuro del país influyan en la realidad.

De esta manera quizás también encontraríamos la salida de nuestra decadencia. No sería la primera vez.

El autor es secretario general del CARI y global fellow del Wilson Center.