FOTO DE ARCHIVO: Familiares de una persona que murió por enfermedad de coronavirus (COVID-19) llegan a un cementerio en Bérgamo. 16 de marzo de 2020. REUTERS/Flavio Lo Scalzo
FOTO DE ARCHIVO: Familiares de una persona que murió por enfermedad de coronavirus (COVID-19) llegan a un cementerio en Bérgamo. 16 de marzo de 2020. REUTERS/Flavio Lo Scalzo

La pandemia que afecta a buena parte del planeta impactará en varias dimensiones de lo humano. En los últimos días, se ha llamado la atención sobre los problemas que traerá aparejados para familiares y amigos la imposibilidad de sepultar y tributar honras fúnebres a los que mueren debido al virus. Este drama se enraíza en las profundidades de la naturaleza humana y toca la identidad misma de cada uno de los afectados.

Al obvio dolor ocasionado por la pérdida de un ser querido, se suma la imposibilidad de la sepultura según el rito acostumbrado. No es algo inédito en la historia, aunque los motivos hayan ido variando.

Los antiguos griegos reflexionaron y alertaron sobre este hecho que se producía por ejemplo cuando las guerras y las pestes eran más frecuentes que en la actualidad. Tenían, incluso, una palabra para este fenómeno: akedéo, es decir, falta de cuidado por la sepultura de los muertos.

Hacia el final de la Ilíada, cuando el anciano Príamo se entrevista con Aquiles a fin de reclamarle el cadáver de su hijo Héctor para darle sepultura, le dice: “No me ofrezcas asiento mientras Héctor yace en las tiendas insepulto (akedés)…”. A Príamo le urge sepultar a su hijo porque el cadáver reclama una nueva identidad que le es conferida por los ritos fúnebres.

Aquiles da muerte a Héctor y el padre de éste le reclama el cadáver para darle sepultura
Aquiles da muerte a Héctor y el padre de éste le reclama el cadáver para darle sepultura

Se trata de inventar y de fijar para el difunto un nuevo estatus que le permitirá gozar, en tanto que muerto, de una presencia simbólica a pesar de su ausencia física. Pero esta nueva identidad no afecta solamente al muerto sino también a quienes lo lloran, puesto que ellos también necesitan encontrar una nueva identidad. La sepultura del cadáver es, entonces, un nuevo comienzo y un nuevo modo de ser tanto para quien ya no está físicamente, y a quien deberá conferírsele otra forma de presencia, como para quienes quedan privados ahora de aquél y deberán reconstruir su identidad a partir de esa ausencia.

Consecuentemente, impedir la sepultura y las honras fúnebres no es meramente un asunto sanitario o de respeto por los sentimientos de los deudos. Es una decisión que afecta a la construcción de la identidad de cada uno de ellos, la que debe reconfigurarse luego de la muerte del ser querido. Es el caso de Antígona, la protagonista de la tragedia homónima de Sófocles.

Antígona, y el imperativo de dar sepultura a su hermano
Antígona, y el imperativo de dar sepultura a su hermano

Creonte había prohibido enterrar a Polinices, el hermano de Antígona, lo cual no solamente implicaba un desprecio por sus restos mortales sino que también era un intento por hacer desaparecer su identidad. Por el contrario, Eteocles recibe el reconocimiento de la sepultura A él, “que se le sepulte en su tumba y que se le cumplan todos los ritos sagrados que acompañan abajo a los cadáveres de los héroes”, establecía el monarca. El destino preciso –una tumba-, de uno se contraponía con la dispersión del otro y, en consecuencia, aquel tendría asegurada su identidad, mientras que éste sería privado de la suya.

Polinices es así condenado al olvido y a la desaparición de su identidad. Como advierte Tiresias, se trata de matarlo dos veces, ya que no sólo sufrirá la muerte física que encontró en manos de su hermano, sino también una muerte mucho más cruel, la del olvido que arranca su identidad. De ese modo, Polinices dejará de ser ya para siempre.

Desde un drone: tumbas en el cementerio de Vila Formosa, el más grande de Brasil, en Sao Paulo. 13 de mayo de 2020. REUTERS / Amanda Perobelli
Desde un drone: tumbas en el cementerio de Vila Formosa, el más grande de Brasil, en Sao Paulo. 13 de mayo de 2020. REUTERS / Amanda Perobelli

La sepultura, como vemos, es mucho más que una simple medida higiénica que evita la proliferación de las pestes. Sepultar es el modo de afirmar la identidad del muerto pero también, y sobre todo, de los que quedan en este mundo. Si Antígona no sepultaba a su hermano, arriesgándose con este acto a ser muerta ella misma por los esbirros del rey, si no era capaz de cometer ese “delito sagrado”, ya no será quien era. La propia identidad de Antígona se construye también a partir de la identidad de su hermano, y la pérdida de ésta conllevará a la gradual disolución de aquella. La sepultura y el hecho mismo de sepultar a un muerto conlleva un significado existencial y pragmático, siendo uno de los gestos constitutivos de la espiritualidad humana.

El cadáver es la expresión de un cuerpo y unos recuerdos que se desvanecen y que requieren de cuidado, el cual se cumple en el duelo. Frente a los pedazos de una unidad resquebrajada que no se puede sostener ni volver a forjar —eso es el cadáver—, los humanos lloramos. Y necesitamos del sepulcro tanto como lo necesitan los muertos, pues en él no solamente se cuidará el cuerpo sin vida, sino también y principalmente, el recuerdo del muerto. Sepultar es evitar que los restos y los recuerdos se dispersen hasta perderse. Es velar por la identidad del difunto y por la propia identidad, que es depositada en recuerdos junto al cuerpo fenecido.

Un grupo de trabajadores y familiares en un cementerio en Río de Janeiro. May 8, 2020. REUTERS/Pilar Olivares
Un grupo de trabajadores y familiares en un cementerio en Río de Janeiro. May 8, 2020. REUTERS/Pilar Olivares

La sepultura, en definitiva, es un esfuerzo de domesticación de la muerte; y no sólo porque el sepulcro haga las veces de estancia para el fallecido, sino porque, en cierto sentido, en el sepulcro el difunto se aviene a quedar próximo, cercano y familiar. Y, además, es el lugar a partir del cual los que quedan pueden comenzar a reconstruir sus nuevas identidades, pues dejaron de ser esposas para convertirse en viudas, y dejaron de ser hijos para ahora ser huérfanos.

Llorar y enterrar a los muertos es una exigencia que se hunde en la misma naturaleza humana. Está en juego no sólo el proceso identitario del difunto sino también la identidad de los que han quedado. La imposibilidad que vemos en estos días de tributar las honras fúnebres traerá muy probablemente en un futuro cercano, dificultades y afecciones psicológicas que será necesario atender.

El autor es profesor en la Universidad Nacional de Cuyo y profesor invitado de la Universidad de Oxford, además de investigador del CONICET

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