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Todas las naciones democráticas han tenido (y tienen) conflictos partidarios, ideológicos, Muchas veces, interprovinciales o regionales, e incluso étnicos o religiosos.

Las guerras entre católicos y protestantes marcaron la formación de naciones europeas como Inglaterra, Francia o Alemania.

En los Estados Unidos, el modelo productivo y la esclavitud determinaron los 100 años entre la década de los 60 del siglo XIX y los 60 del siglo XX.

China sufrió durante 30 años una cruenta Guerra Civil entre los nacionalistas y los comunistas.

Dos naciones muy ligadas a Argentina -España e Italia- tienen, hasta hoy en día, fuertes divisiones regionales que cuestionan su unidad territorial.

No puede extrañarnos que nosotros tengamos también nuestras diferencias internas, como las tienen nuestros vecinos.

Sin embargo, nuestra característica especial es que no hemos podido cerrar un pacto de unidad nacional que regule nuestra convivencia política, pese a que, en 1994, aprobamos por unanimidad la primera Constitución que no fue el resultado de un bando ganador sobre el otro.

Aunque muchos lo critiquen, el llamado Pacto de Olivos en 1993 entre los ex presidentes Carlos Menem y Raúl Alfonsín, permitió acordar un texto constitucional de gran calidad literaria y jurídica, pero tuvimos poca voluntad de honrarlo para hacerlo funcionar en plenitud. Allí plasmamos una democracia republicana, social, representativa, y federal que supo incluir sabiamente los derechos humanos, de género, los medioambientales y, con gran generosidad hacia nuestros vecinos, proponer el derecho de la integración con rango supra-legal (dejando a nuestro país listo para ser parte de una “Nación de Naciones Sudamericana”).

Hubo entre nuestros dirigentes grandeza y visión autocrítica para superar nuestros conflictos históricos y una gran flexibilidad para legitimar medidas económicas y sociales que pudieran adaptarse a tiempos muy cambiantes en el futuro (recordemos que, en 1991, terminó la Guerra Fría, se disolvió la URSS y nació el Mercosur).

¿Qué nos pasó? ¿Por qué ese edificio institucional que parecía tan sólido se derrumbó en una década y nos sumergimos nuevamente en la grieta histórica que tantos recursos humanos y materiales nos había consumido en casi dos siglos?

Como burla macabra nos aparece el Covid-19 que nos agrava la tormenta perfecta producida por la combinación de pandemia, pobreza, recesión, default y conflicto con los vecinos.

Lo que sí podemos concluir es que la nueva grieta tiende a priorizar la cooptación de los que pueden ser tentados -con cargos o prebendas- para “servir” a quienes prefieren (desde el poder) suprimir al rival caracterizándolo como enemigo. Esta es la formula más apta para “uniformar” la Nación detrás de un pensamiento único.

Esta metodología -muy propia del autoritarismo- fue intentada reiteradamente durante gran parte de nuestra historia. Los resultados fueron siempre desastrosos.

Las democracias más desarrolladas han evolucionado hacia la construcción de frentes y la convivencia respetuosa entre oficialismos y oposiciones. En casos excepcionales -como el nuestro ante semejante crisis- puede recurrirse a una gran coalición como en Alemania, que le ha permitido en los últimos 12 años hacer de esa nación el pilar fundamental que sustenta hoy toda la ingeniería política y económica de la Unión Europea.

Los popularmente denominados panqueques son los oportunistas de turno que explicitan su identidad al elogiar al pretendiente a hegemón que agrede al oponente y hacen mutis por foro en vez de defender las posiciones de la parcialidad agredida.

La unidad nacional requiere generosidad y humildad, así como la capacidad de identificar lo importante y prioritario ante un desafío histórico que lo reclama.

Es difícil lograrlo, pero hay momentos en los cuales es imprescindible concretarlo. Estamos ante uno de ellos.

El autor fue embajador argentino en Estados Unidos, Unión Europea, Brasil y China