En estos cuatro meses se incorporaron a nuestro lenguaje cotidiano nuevos términos y tecnicismos, y se reflotaron algunas palabras que estaban hace tiempo en desuso. Coronavirus, cuarentena, distanciamiento social, aplanamiento de curva, Ro, PCR, definición de caso, testeos masivos… Todos pasaron a formar parte de nuestros diálogos cotidianos. Las circunstancias además nos llevaron a estar pendientes de si la curva se aplana o no, si la tasa de duplicación de casos es 25 o 16, en qué fase estamos, cómo se sale de la cuarentena, qué pasará con nuestra vida en el futuro inmediato.

Desde el pasado 20 de marzo en Argentina vivimos en cuarentena, definida técnicamente como “aislamiento social preventivo obligatorio” (ASPO). En medicina, “aislar” significa separar de todo contacto a un paciente cuyo diagnóstico de infección ha sido confirmado, para prevenir que contagie a otros. Nosotros como sociedad debimos aislarnos sin conocer si estamos o no infectados, con el fin de reducir el potencial riesgo de contagio. De nosotros a otros o de otros a nosotros, bien difícil de entender cuando nos sentimos sanos.

Me gustaría analizar con ustedes qué impacto pueden estar ejerciendo en las personas y en las sociedades la combinación de todos estos factores, los nuevos conocimientos, los cambios en los estilos de vida, la incertidumbre y el miedo.

La cuarentena como medida sanitaria suele ser una experiencia no muy agradable para la mayoría de las personas. Estamos separados de nuestros seres queridos, experimentamos la pérdida de libertad, tenemos incertidumbre sobre nuestro estado de salud, y algunas personas también se aburren, algo a lo que en la era moderna ya no estamos acostumbrados.

Varios estudios científicos comprobaron que las personas en aislamiento social padecen estrés agudo, agotamiento, desapego, ansiedad, irritabilidad, insomnio, poca concentración, indecisión, deterioro del desempeño laboral y hasta reticencia al trabajo. Ni hablar del impacto en los niños y sus padres. En otros estudios se demostró que el estrés postraumático fue cuatro veces mayor en niños que habían sido puestos en cuarentena versus aquellos que no lo fueron, y que un 30% de los padres en cuarentena presentaron algún síntoma emocional en comparación con el 6% de los padres que no fueron aislados. También los trabajadores de la salud estamos afectados. Síntomas como angustia psicológica , depresión, estrés, irritabilidad, tristeza, frustración o insomnio son habituales y más frecuentemente que en situaciones laborales normales.

Sin embargo, cabe preguntarse si es solamente el aislamiento social la causa de estos trastornos, o qué rol juegan los otros factores asociados.

Sabemos que el miedo a adquirir la infección, sus complicaciones, el temor de contagiar a los familiares o convivientes, impacta asimismo emocionalmente en todos nosotros. Por otra parte, el bombardeo de información puede contribuir a desatar estos temores, sobre todo si se accede a información de baja calidad o claridad científica o periodística, alarmismo y noticias falsas. No obstante, a mi entender el miedo es uno de los factores que contribuyó a obtener altas tasas iniciales de acatamiento, y gracias a ello, lograr que varias regiones del país hayan ingresado ya a la fase 4 de la cuarentena.

Sería esperable que quienes aún estamos en fase 3 tratemos de hacer todo lo mejor posible para poder rápidamente dar el salto a la siguiente fase, y así seguir asegurando el éxito de la estrategia sanitaria nacional, que hasta hoy así ha resultado. Pero me pregunto si podría comenzar a ocurrir precisamente lo contrario, es decir, que todos los factores se combinen a partir de ahora en sentido inverso. ¿A qué me refiero? A que el cansancio de una cuarentena tan prolongada nos lleve a incurrir en “pequeñas tentaciones” de incumplimiento, precisamente porque el miedo también está aflojando, y porque además también los que informan están comenzando a pensar que probablemente sea hora de hablar de otros temas.

Cuando se comience a volver cotidiano conocer que las cifras de casos fatales se mantiene estable, que mucha gente se recupera, que hay más casos detectados pero muchos son asintomáticos, los miedos se van a ir relajando. A ello se suman la crítica situación económica de muchísimas personas, las propias necesidades afectivas, el agotamiento de tantos días en casa, y con la mezcla se obtiene una nueva combinación de factores que podría causar un fuerte debilitamiento de las medidas y aumentar exponencialmente el riesgo de no poder controlar la pandemia o, dicho de otro modo, que tanto esfuerzo que hicimos hasta hoy, quede totalmente desperdiciado.

Por lo tanto es necesario que los funcionarios tomen todas las medidas que garanticen que esta experiencia única que nos toca vivir sea lo más tolerable posible. Además de continuar describiendo lo que está sucediendo, se necesita enfatizar que la curva está aplanada gracias al éxito de las medidas sanitarias hasta hoy. Es fundamental continuar mostrando diariamente el número de casos, pero también lo es brindar horizontes probables que pueden obtenerse en base a los modelos de impacto con los que cuentan las autoridades de salud.

Fundamentalmente, como siempre, es clave comunicar desde el Estado con sinceridad. Necesitamos que la población comprenda que la COVID-19 vino para recordarnos, una vez más, que la medicina es la combinación del arte y la ciencia. Será únicamente la historia la que en un futuro no muy lejano nos permita juzgar si las medidas sanitarias que hoy los funcionarios deben decidir habrán sido las adecuadas. Y si no lo fueran, seguramente ni Dios ni la Patria se lo demanden.

El autor es médico infectólogo, vicepresidente de la Sociedad Latinoamericana Infectología Pediátrica, y coordinador de Relaciones Institucionales del Hospital Garrahan