Vista de la Casa Rosada durante la pandemia del coronavirus (REUTERS/Agustin Marcarian)
Vista de la Casa Rosada durante la pandemia del coronavirus (REUTERS/Agustin Marcarian)

170 países del mundo en recesión. Empleos que se pulverizan. Empresas que pagan los salarios de sus empleados gracias a los subsidios estatales. Caída abrupta de los flujos globales del intercambio comercial. Fronteras cerradas al tránsito de las personas. Megacorporaciones en virtual estado de cesación de pagos. Contratos que se renegocian… Se trata de una enumeración apresurada, postales apenas, de un mundo que ha crujido. La economía lo ha hecho, sin duda, pero también lo han hecho formas inveteradas de relacionamiento social, pautas culturales de consumo, mecanismos de aprendizaje y de enseñanza, modos de vivir el tiempo en familia o formas de concebir el trabajo.

Se trata del comienzo de un proceso de consecuencias inimaginables, lleno de interrogantes acerca de cómo transcurrirán los procesos políticos, económicos y sociales. En este contexto emerge la pregunta acerca de la capacidad de la política para intervenir en esos procesos. ¿Es la política una herramienta con capacidad de procesar y orientar los cambios en razón de objetivos asociados al bienestar colectivo? ¿O acaso el devenir de los acontecimientos se asemeja a un tsunami tumultuoso, indómito, que arrasa con todo intento de orientar o regular los efectos derivados de este verdadero cisne negro llamado COVID-19?

El mercado y su mano invisible lucen exhaustos en este momento dilemático de la humanidad, sin capacidad de encauzar el desorden mundial generado por desregulaciones ciegas que desquiciaron la convivencia a escala global. Los Estados nacionales, en cambio, tan denostados y vituperados hasta ayer, emergen como factores imprescindibles si se trata de construir salidas ordenadas a la anomia actual.

El Estado no se rige por ninguna mano invisible sino por política. Y la política puede ser concebida en dos dimensiones. Una dimensión asociada al largo plazo, vinculada a la pregunta acerca de su capacidad de organizar la convivencia humana. Esta dimensión refiere a las políticas públicas, más necesarias que nunca para un mundo que necesita enfrentar una coyuntura no prevista, pero que necesita también pensar el día después. Y pensar el día después en nuestro país supone pensar en la sostenibilidad de un proceso de reconversión productiva orientado al mercado interno y a la posibilidad resolver el eterno cuello de botella de la restricción externa. Indudablemente necesitaremos un Estado activo, inteligente, capaz de entender la dinámica de los cambios mundiales y las posibilidades que surjan del nuevo mundo en configuración.

Junto con esa dimensión de la política como ejercicio de proyección estratégica, se presenta la política como ejercicio de construcción de cercanía con quienes más necesitan la presencia estatal. Y allí hay que poner en valor el entramado construido a partir de las múltiples prestaciones del Anses (moratorias previsionales, AUH, becas Progresar, IFE, etc.), lo que pone a la Argentina en un lugar distinto al del año 2001. Construir cercanía desde el Estado y construir cercanía desde la práctica política son dos desafíos para encarar los tiempos venideros. Necesitamos abrir los ojos a lo que pasa en el día a día, estar presentes, pensar en las pequeñas respuestas que contribuyan a transitar tiempos indudablemente complejos.

El destino del país se vincula de un modo inescindible con la capacidad de generar trabajo, de recomponer su aparato productivo, de poner en marcha la economía real, de expandir su mercado interno, de construir sustentabilidad y de manejar con prudencia sus equilibrios de orden macro, entre otros desafíos. Pero hay un mientras tanto, y es allí donde no es posible el piloto automático del Estado ni de la política.

La Argentina ha sufrido el endeudamiento escandaloso de unos irresponsables que sólo pensaron en hacer daño. También ha sufrido la destrucción de miles de pymes que debieron afrontar la descabellada apertura de las importaciones en un mundo que hacía lo contrario, con la consecuente pérdida de empleos. Ello ha impactado en la estructura social, sin duda, pero aún existen resortes estatales y un entramado de solidaridad que va desde el activismo de fuerzas partidarias hasta diversas formas de organización vecinal o el ejemplo de entrega incondicional de los curas villeros que llegan donde otros no lo hacen.

Construir presencia y cercanía debe ser un imperativo ético y político para los tiempos que se avecinan. Hay quienes creen que para arreglar un país basta con poner en orden algunas variables, y que el resto viene por añadidura. Esa visión ramplona se olvida de la vida misma, de los hombres, mujeres, jóvenes, niños y niñas que son el rostro mismo de la Patria.

Los campeones del ajuste prometieron que apretando el cinturón de los sectores populares se ordenarían las cuentas y, luego sí, vendría un tiempo de bonanza para todos. En nuestro país ajustaron los cinturones vía caída del salario real, pero la bonanza no llegó nunca. Esta es la hora de invertir los términos de la ecuación, y de pensar primero en las personas antes que en las cuentas.

Contener, construir cercanía, llevar el Estado a cada rincón y hacernos carne de aquel mandato de Evita en tanto nos decía que “donde hay una necesidad, hay un derecho”.

El autor fue diputado nacional