El futuro de la democracia

Sociólogo, autor del libro "Gustar, ganar y gobernar" (Ed. Aguilar)
El Presidente extendió la cuarentena hasta el 24 de mayo (REUTERS/Agustin Marcarian)
El Presidente extendió la cuarentena hasta el 24 de mayo (REUTERS/Agustin Marcarian)

Con la extensión de la cuarentena dictada por los mandatarios en la mayoría de los países, el mundo está reforzando una idea sencilla pero no por ello menos efectiva hasta tanto llegue la vacuna: el aislamiento social impide nuestro “encuentro” con el virus y, por ello, es la clave de la supervivencia, de la reducción de los contagios y de la sostenibilidad de los sistemas sanitarios.

A nivel mundial diversos estudios de opinión pública arrojan resultados claros sobre el liderazgo de sus mandatarios. Los encuestados están privilegiando a aquellos líderes que lograron tomar medidas a tiempo, que no dudaron o negaron la escala de la crisis, que privilegian la salud y que hoy están sosteniendo medidas sanitarias activas. Ahora bien, cuando se les consulta sobre si continuar o no con el aislamiento obligatorio, existe cierto consenso en afirmar la necesidad de extender la medida, pero al mismo en flexibilizarla. En otras palabras, la economía que ya se hace sentir en los bolsillos de la gente y en la actividad económica en general, no sólo de los argentinos sino en casi todo el mundo.

Como si esta situación no fuese lo suficientemente traumática para los ciudadanos y sus gobiernos, el escenario futuro está cubierto por un velo de incertidumbres que plantea importantes desafíos que los países tendrán que enfrentar en los meses venideros.

Lo que vendrá

El mundo ya se está preparando para lo que viene después del coronavirus, una “nueva normalidad”. Un mundo política, económica y socialmente mucho más complejo, a causa de un fenómeno que ya no es una amenaza sino una realidad que nos ha explotado en la cara: la incertidumbre característica de la “sociedad del riesgo” llegó para quedarse.

Los países que no logren generar estrategias de salida a la crisis adaptadas a esta “nueva normalidad” que viviremos en un futuro próximo van a estar en serios problemas. Esto, naturalmente, es más sencillo de enunciar que de resolver en la práctica.

A nivel económico y comercial, las disyuntivas pasan, en el corto plazo, por responder a interrogantes del tipo ¿hasta qué punto abrirse comercialmente?, ¿cuánto más es posible sostener la parálisis de muchas actividades económicas?, ¿qué sectores se verán perjudicados y cuáles beneficiados con esa apertura?, ¿qué hacer para apoyar a los perjudicados y sostener el empleo? A mediano y largo plazo, ¿se van a fortalecer los lazos comerciales con los socios históricos (por ejemplo, en nuestro caso, Brasil) o habrá que ir a buscar nuevos mercados?, ¿habrá una escalada de proteccionismo en el mundo? Estos son sólo algunos de los interrogantes que dan cuenta de la necesidad y al mismo tiempo la dificultad de pensar y diseñar estrategias en marcos de incertidumbre.

En el plano social, pero estrechamente vinculado al fenómeno económico, una extendida preocupación está siendo pronunciada por especialistas en todo el mundo: la pobreza va a aumentar significativamente a escala global. Por razones socioeconómicas previas a la pandemia, Latinoamérica no será la excepción a esto. Por lo contrario, es probable que se trate –junto con algunos países de Asia o África- de la región en donde la crisis impacte más ferozmente en sus capas medias y bajas, y en donde los Estados estén más limitados en cuanto a sus instrumentos económicos para intervenir.

Evidentemente este es un desafío titánico para los presidentes de la región, quienes no solo deben lidiar con una pandemia desde la óptica de la salud, o en sostener su entramado productivo y comercial desde la óptica de la economía, sino que tendrán que hacer frente a un incremento de la pobreza en su población con el correlato de desigualdades de la más diversa índole que ello traerá aparejado para las generaciones futuras.

Con ese escenario mundial complejo, así como es muy probable que muchos países adopten, en términos económicos, una política proteccionista, en términos políticos se estaría en presencia de un caldo de cultivo ideal para el fortalecimiento de los siempre agazapados nacionalismos -en algunos casos exacerbados al extremo de la xenofobia- y de los movimientos antiglobalización de diversa especie.

El día después de la crisis

La crisis abrió la puerta a la incertidumbre, evidenciando este rasgo como el más evidente del mundo que viene, que será mucho más complejo, más conflictivo y, por ende, más difícil de gobernar.

Transformaciones que no sólo impactarán en los atributos y cualidades exigidas a los nuevos liderazgos emergentes, sino también en las configuraciones estatales, estilos de gobierno, modalidades de los lazos representativos, y prioridades en materia de políticas públicas, que muy probablemente muten hacia algo nuevo.

Evidentemente muchos líderes experimentaron estos últimos dos meses un aumento en su imagen positiva a raíz de las decisiones adoptadas y la percepción de sus ciudadanos en relación a los buenos resultados alcanzados en la lucha contra el Covid-19. Sin embargo, los meses que están por delante evidencian escenarios capaces de dilapidar cualquier capital político acumulado. Las verdades de ayer pueden hacerse añicos mañana: quien hasta hace poco era venerado en el altar de los dioses puede encontrarse con su nemésis y caer en la más absoluta irrelevancia o ser condenado al ostracismo de la historia.

A pesar de que existe un contexto compartido, claro está que no habrá fórmulas mágicas ni soluciones providenciales: cada país y cada sociedad es distinta y deberá encontrar sus propias variantes y modulaciones para enfrentar esta incertidumbre que nos agobia y nos genera tanta angustia y ansiedad. Sin embargo, el desafío de reducir la pobreza y ser competitivos en términos económicos será el denominador común que interpelará a los liderazgos que emerjan después de la crisis. En parte, ello será lo que marque el futuro de la democracia el día después de mañana.

*Sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (Parmenia, 2019).


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