Piedras en un camino sinuoso

Sociólogo, autor del libro "Gustar, ganar y gobernar" (Ed. Aguilar)
El presidente Alberto Fernández
El presidente Alberto Fernández

Este no es el primer gobierno que inicia su mandato en medio de una crisis, aunque es cierto que la que atravesamos tiene ribetes inéditos en la historia. Lamentablemente, Argentina tiene un largo historial de presidentes que apenas realizado el juramento de rigor y recibidos de su antecesor los atributos del mando tienen que lidiar tanto con inestabilidades internas –tales como debilidad democrática, hiperinflación, recesión, default, negociaciones con acreedores externos, solo por citar algunas desde 1983 a la actualidad- como con conflictos externos con gran impacto a nivel local.

Sin embargo, a casi seis meses de asumir su mandato y 40 días de la decisión del aislamiento obligatorio, Alberto Fernández se enfrenta a nuevos desafíos. Parece llamativo que en medio de una pandemia un gobierno pueda tener mayores desafíos que ese. Lo cierto es que, en ese abanico de conflictos que caracteriza a la Argentina, la cuestión sanitaria no es la única que desvela en Casa Rosada.

Balances de cuarentena

Con casi medio año de mandato cumplido, el gobierno de Alberto Fernández está anotándose su primer “logro de gestión”. Con un rápido diagnóstico a partir de lo que estaba ocurriendo en Asia y Europa, celeridad en las decisiones, una estrategia con objetivos claros, información clara y sencilla, y destreza política para generar rápidamente un liderazgo convocante, logró que los argentinos disminuyeran el impacto de la pandemia que viene asolando al mundo entero.

Resultaría contrafáctico plantear “lo que hubiera pasado si…”, pero es evidente que los países que lograron tomar medidas a tiempo sin subestimar el impacto del Covid-19 son los que hoy pueden lamentarse menos muertes y contagios. Otros, por su parte, están pagando las consecuencias de la irresponsabilidad y la soberbia y el narcisismo que caracteriza a los líderes megalómanos, como es en Estados Unidos y Brasil, lugar, este último, en donde tanto en lo que respecta a casos (más de 90 mil) como muertos (casi 6.500) ya superan las estadísticas de la República Popular China.

Argentina logró lo que se propuso al iniciar este esfuerzo colectivo que popularmente conocemos como “cuarentena”. Aislarse socialmente no tenía como fin evitar los contagios, sino dos metas: por un lado, disminuir su volumen –“achatar la curva”-; por otro lado, preparar el sistema de salud para contar con los recursos humanos y la infraestuctura necesaria para responder ante un eventual pico de contagios que requiera simultáneamente masivas internaciones.

Además de los resultados objetivos de esta estrategia sanitaria, cabe señalar que el Gobierno ha logrado posicionarse positivamente frente a la opinión pública, siendo el liderazgo del Presidente su principal baluarte. Lo que caracteriza a un liderazgo fuerte es su doble capacidad, tanto de planificar desde el hoy al futuro, como la reacción y la anticipación de lo futuro. La opinión pública se está inclinando en destacar esta habilidad por parte del Ejecutivo, lo que repercute en un ascenso de la imagen de Alberto Fernández. Haciendo un promedio entre los distintos sondeos que se están conociendo estos últimos días, para encontrar niveles similares de imagen positiva hacia la figura presidencial habría que remontarse varios años hacia atrás.

Nuevos frentes abiertos en un contexto de crisis

Sería un grave error del Gobierno contemplar pasivamente este momento de beneplácito de parte de la opinión pública, ya que es la proactividad, la respuesta y los resultados obtenidos lo que alimenta esta imagen positiva.

Otros frentes se abren en el marco de la pandemia y demandan no ser soslayados. La economía parece ser el principal factor que preocupa al Gobierno. El combo del inminente vencimiento de pagos de la deuda que nos podría hacer entrar en default, más una recesión que si bien ya venía heredada, se profundizó inevitablemente en estos meses, vuelve más inestable e incierto el futuro del país.

Esos condicionamientos encorsetan las medidas que el Gobierno puede tomar en medio de esta situación. No es lo mismo extender la cuarentena si la mitad del país vive de los ingresos que genera diariamente, que si estos ingresos estuvieran garantizados. Más aún con cifras de pobreza que desde hace un par de años han alcanzado niveles críticos.

Sin embargo, no todos los frentes y desafíos son producto del fenómeno externo desatado por la pandemia. Algunos se gestan dentro de la misma coalición de gobierno. En algunos casos, son fruto de internas dentro del oficialismo, en otros de los ya conocidos “errores no forzados”, a lo que hay que sumar también algunos pocos errores en materia de comunicación.

El tratamiento de un proyecto de ley para grabar las grandes riquezas –impulsado, entre otros, por los diputados del Frente de Todos, Carlos Heller y Máximo Kirchner-, las polémicas sentencias de jueces que avalan la prisión domiciliaria para algunos condenados por delitos graves que generaron un amplio repudio en la ciudadanía, los sobreprecios detectados en la compra de alimentos por parte del Ministerio de Desarrollo Social, la salida de Alejandro Vanoli del Anses –primer funcionario importante desplazado del Gobierno y en un área clave de gestión por la magnitud del presupuesto que controla-, los “roces” con el presidente de Chile, la confrontación con los socios del Mercosur y los exabruptos del Canciller son sólo algunas de los últimos frentes que se abrieron para el gobierno de Fernández.

Si bien cada uno de estos casos no parece por sí mismo representar una nueva crisis que amenace con desestabilizar al Gobierno, cabe recordar un antiguo juego asiático para dimensionar los riesgos que ello entraña. En el Go, juego de estrategia cuyo objetivo es rodear al oponente y controlar la mayor cantidad de territorio posible, una pieza de más o una de menos no parece amenazante para el adversario. Sin embargo, su acumulación y posición estratégica podría eventualmente llevarlo a un punto de no retorno.

En otras palabras, el Gobierno no sólo tiene que depositar su energía en enfrentar esta pandemia global, algo que por cierto viene haciendo con eficacia y resultados a la vista, sino también evitar abrir frentes innecesarios, para lo cual se requiere un equipo de gestión comprometido y disciplinado.

Mezquindades vs liderazgos

Para algunos políticos, sobre todo en la oposición, esta situación de crisis puede parecer un escenario ideal para intentar posicionarse y aspirar a conquistar espacios de poder. Además de ser esta una actitud mediocre y casi siempre penalizada por los electores en el caso de percatarse de ello, no parece ser tampoco una actitud estratégica. Los electores están apoyando a los liderazgos que les resuelven sus problemas, que enfrentan los desafíos que plantea este presente turbulento con templanza y moderación, que son claros y transparentes en sus intenciones, y que entienden los esfuerzos y padecimientos de los argentinos.

En este marco, existe cierto consenso entre los analistas en caracterizar como positivo tanto el liderazgo de Alberto Fernández como su performance gubernamental en estos casi seis meses de gobierno. Sin embargo, algunas luces de alarma comienzan a dispararse en distintas esferas de la gestión.

La dinámica de la Argentina es siempre desafiante, y nunca debe olvidarse que los aplausos rápidamente pueden transformarse en ruidos.

*Sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (Parmenia, 2019)


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