La democracia después de la crisis

Sociólogo, autor del libro "Gustar, ganar y gobernar" (Ed. Aguilar)
Buenos Aires, vacía durante la cuarentena dispuesta por el Ejecutivo (Photo by RONALDO SCHEMIDT / AFP)
Buenos Aires, vacía durante la cuarentena dispuesta por el Ejecutivo (Photo by RONALDO SCHEMIDT / AFP)

Una de las lecciones que nos enseñan las ciencias sociales sobre las personas es su cambiante forma de actuar. Difícilmente podamos encontrar el mismo comportamiento, una misma conducta, o la misma forma de interactuar por mucho tiempo. Los seres humanos nos adaptamos a nuevos entornos, modificamos lo que hacemos a partir de los que aprendemos y experimentamos, en definitiva, estamos en perpetuo movimiento.

Esto no solo tiene un evidente impacto en nuestra propia existencia individual, sino también en lo que construimos alrededor nuestro: el mundo social, las interacciones con los demás, las normas, las instituciones políticas. En su célebre libro El alma del hombre bajo el socialismo, Oscar Wilde señalaba: “Lo único realmente que sabemos sobre la naturaleza del hombre es que cambia. El cambio es la única cualidad que se puede proclamar sobre ella”. Esta idea no es nueva para los cientistas sociales. Sin embargo, lo que cada vez cobra mayor relieve es la velocidad con la que las transformaciones se dan en la sociedad, siendo la revolución tecnológica de la década de 1980 una gran impulsora de dichos cambios.

Sin embargo, no todo suscita una rápida adaptación a los nuevos escenarios que se configuran en la sociedad. Las instituciones, por ejemplo, y a diferencia de los individuos, suelen resistirse notablemente a cambiar. Siguiendo a Wilde en su mencionado libro, “los sistemas que fracasan son aquellos que depositan su confianza en la permanencia de la naturaleza humana y no en su crecimiento y desarrollo”.

La pandemia desatada a partir de la proliferación global del Covid-19 ha obligado a que muchos Estados tomen medidas excepcionales. Algunos, al tomarlas a tiempo, han logrado el tan mentado objetivo de “aplanar la curva”. Otros, por el contrario, deben tomar medidas excepcionales habiendo perdido las vidas de miles de sus ciudadanos, en gran medida, fruto de la irresponsabilidad política.

A más de un mes en el que diversos Estados dictaron el aislamiento obligatorio, la discusión comienza tímidamente a girar en torno a la salida de dicha medida. Si bien las decisiones se toman con cautela, todo parece indicar que en las próximas semanas comenzará a plantearse una estrategia de cara a la progresiva vuelta a la normalidad.

No obstante ello, el interrogante es qué transformaciones viviremos a partir de estos momentos tan particulares: qué medidas de excepción se disiparan eventualmente con el retroceso del virus, y qué cambios llegaron para quedarse.

Democracia en estado de excepción

Las situaciones excepcionales son siempre riesgosas para la institucionalidad democrática. De eso no hay duda. Un conjunto de líderes regionales, encabezado por el célebre escritor peruano Mario Vargas Llosa, se hizo eco de ello, pronunciándose a través de una misiva titulada “Que la pandemia no sea un pretexto para el autoritarismo”, que tuvo entre otros ex mandatarios de la región suscribientes, a Mauricio Macri.

Lejos de poder augurar de qué manera se reconfigurará el mundo una vez que se recupere cierta cotidianeidad tanto en el sistema económico internacional como en la institucionalidad de todos los países, lo cierto es que estamos en la antesala de una importante transformación de la democracia.

Cabe señalar que por definición la democracia –a diferencia de los regímenes totalitarios- está constantemente modificando y perfeccionando su funcionamiento. En este sentido, el politólogo e intelectual italiano Gianfranco Pasquino la definió como un régimen “exigente”, en cuanto la democracia no se contenta jamás de una vez y para siempre con las reglas y procedimientos dados, y está en constante redefinición y discusión.

El lazo representativo, aquella dinámica de representación que se da entre los electores y los líderes, se está sin dudas alterando. Así, la pandemia no solo impactará en la economía, la salud y educación. Todas esas dimensiones ya están viendo modificadas sus prácticas habituales. Pero también, es evidente que la pandemia alterará la dinámica representativa. Algo que, cabe aclarar, ya ocurrió anteriormente en la larga historia democrática.

Desde la Grecia antigua hasta la modernidad, la democracia pasó de ser ejercida de forma directa a identificar y empoderar representantes de la voluntad popular. El lento desarrollo de la democracia representativa con la afirmación del rol del Parlamento frente a las monarquías absolutistas, la transformación del original mandato imperativo en un mandato representativo autónomo, la masificación de las democracias ocurrida a principios del siglo XX –con la ampliación del sufragio primero al hombre y posteriormente a las mujeres-, fueron todas transformaciones que alteraron la representación política. En las últimas décadas del siglo XX, en un proceso que continúa hasta nuestros días, la frustración y el desencanto con la política y los políticos marcan una nueva y compleja dinámica que pone en aprietos el lazo representativo: no confiamos en quienes nos representan.

Es indudable que las observaciones realizadas por líderes auto reconocidos de derecha como los que firmaron la carta escrita por Vargas Llosa no son inocuas. Por lo contrario, persiguen metas políticas que, si bien son compatibles con la democracia, pecan de un reprochable oportunismo político en tiempos donde está claro que la prioridad es el abordaje de una crisis que nos afecta a todos.

No obstante ello, existe un punto interesante en lo que señala este conjunto de líderes conservadores: en democracia, más aún en sistemas presidencialistas con configuraciones republicanas de división de poderes, y aun en contextos excepcionales de crisis como el actual, la oposición, la disidencia, tiene que estar institucionalmente canalizada. Y una de las formas de hacerlo es a través del Parlamento.

En estos días este poder del Estado ha sido foco de atención. Su funcionamiento tradicional es objeto de señalamientos y debates, incluso por la propia titular de la Cámara de Senadores de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, quien aboga por poder sesionar a distancia a través de las herramientas virtuales. Esta idea que ha sido resistida en los últimos días por algunos legisladores, no ha sido impedida por la Corte Suprema de Justicia que ratificó la potestad y autonomía del Congreso para interpretar su propio reglamento y así poder habilitar una nueva modalidad de sesiones acorde a estos tiempos.

La política después de la crisis

Hay que salir, progresivamente, del estado de excepción. Los ciudadanos evalúan positivamente como ha actuado tanto el presidente Alberto Fernández como el Poder Ejecutivo en su conjunto. Sin embargo, el Poder Legislativo y el Poder Judicial, por diversas razones y condicionantes, no parecen haber estado a la altura de las circunstancias.

La crisis que atravesamos, y que ya las autoridades vienen administrando con altos niveles de eficacia, demanda ahora que el republicanismo se fortalezca. Si bien resulta fácil y cómodo para algunos sectores opositores criticar el notable incremento del poder que el Ejecutivo ha concentrado en las últimas semanas a causa de las decisiones de extrema necesidad y urgencia que ha tenido que tomar, la sociedad también espera que la oposición asuma un rol de liderazgo.

El Estado en su conjunto tiene por delante la oportunidad de modernizarse. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación ya están disponibles a tal efecto. Aunque evidentemente deben ser evaluadas con cautela, son un recurso válido para intentar que aun en estos tiempos tan difíciles no nos resignemos a contar con una esfera pública vibrante y una activa deliberación sobre los asuntos públicos que esté a la altura de las circunstancias.

*Sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (Parmenia, 2019)


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