El retorno del Estado

Sociólogo, autor del libro "Gustar, ganar y gobernar" (Ed. Aguilar)
El Gobierno dispuso el aislamiento obligatorio para aplanar la curva de contagios (REUTERS/Matias Baglietto)
El Gobierno dispuso el aislamiento obligatorio para aplanar la curva de contagios (REUTERS/Matias Baglietto)

Las crisis son por lo general episodios traumáticos, pero también escenarios propicios para repensarnos. Algo que es muy difícil en tiempos de “normalidad”, en tanto la cotidianeidad tiene ese casi ineludible componente de “ceguera” a causa de la inercia automatizada del día a día.

Esta pandemia logró, entre otros cambios abruptos, irrumpir con una inusitada fuerza en la vida los argentinos, quienes desde hace un mes están recluidos en sus casas, forzados de alguna manera a vivir el día a día de una forma diferente.

Pero las personas somos “naturalmente” adaptativas. Si bien en situaciones límites podemos llegar a modificar hábitos muy arraigados, intentamos no hacerlo si podemos adaptarnos al nuevo contexto con nuestras prácticas anteriores. Así, la cuarentena potenció sus hábitos o preferencias previas a ella. Quien nunca leía un libro, tampoco lo hace ahora; quien miraba series, mira más; quien sentía afinidad por la comida y la cocina, está comiendo o cocinando más; quien tenía una vida deportiva, está haciendo ejercicio (como puede y adaptado) en su hogar; quien tenía una vida tendiente al sedentarismo, la potenció.

Siguiendo el razonamiento, la mayoría de los ciudadanos no solían estar informados sobre política. Si bien esto no se ha modificado en esencia, quizás sí están al tanto de la información proveniente de las fuentes oficiales o a los portales de la prensa para seguir el desarrollo del virus a nivel mundial, regional y local, estando atentos también a las regulaciones vigentes, particularmente sobre qué se puede hacer y qué no en tiempos de aislamiento, cuánto durará cada fase, qué actividades pueden liberarse, qué medidas de apoyo a determinados sectores anuncia el gobierno, etcétera.

Es notable cómo en este marco de incremento en la información de lo que está haciendo el Estado, una vieja discusión se ha visto alimentada en las últimas semanas. Se trata, nada más ni nada menos, que del debate sobre el rol del Estado, sin dudas, una pieza central en el abordaje de todo lo que está ocurriendo y que puede ser uno de los elementos –junto con los liderazgos políticos eficaces- mejor posicionados después de esta crisis.

La “liquidez” de la opinión pública

Las personas tenemos, si nos lo proponemos, la capacidad de modificar nuestro entorno. Con el final de la Edad Media y el inicio de la modernidad desechamos la idea de que todo lo que nos ocurría o podía ocurrir en esta vida estaba signado por la divina providencia. No fue Dios quien lanzó al mundo esta pandemia, como tampoco será él quien encuentre y suministre la vacuna para contrarrestarla. Hoy el mundo que nos rodea está construido por nosotros, pero esta capacidad de hacerlo o modificarlo nos confiere un gran desafío para el futuro. No basta con tener la capacidad de transformar la realidad, sino que hay que discernir hacia a dónde queremos ir con dichas transformaciones.

La cuarentena obligatoria en la que se subsumió una gran parte del mundo evidenció lo rápido que podemos revertir alarmantes problemas como la contaminación ambiental, los efectos del cambio climático y la extinción de muchas especies, pero para concretarlo necesitamos convencernos de que queremos ir a un mundo más sustentable y armónico con el medio ambiente y tomar las medidas en pos de ello.

Lo mismo ocurre con el Estado que queremos. La democracia está ante el desafío de repensar lo público, el rol del Estado y los liderazgos políticos. Pero “democracia” no es solo la decisión política, sino también las preferencias de los electores.

Y como bien señala Manuel Mora y Araujo, las preferencias son siempre fluctuantes. Así lo han dado cuenta estudios de opinión realizados a lo largo de las últimas décadas, como el realizado por el propio sociólogo, quien estudió la evolución de las preferencias de la población hacia el Estado o las empresas privadas desde la década de 1980 hasta sus últimos años de vida. En La Argentina Bipolar, una de sus últimas obras publicadas, se puede ver como entre 1985 y 2001 las preferencias de los argentinos giraban más en torno al privatismo que al estatismo. El estatismo tocó su piso más bajo hacia 1992, cuando solo el 22% de los argentinos se inclinaba hacia él. Sin embargo, casi 15 años después, en 2006 se registraría un pico en las preferencias de los encuestados hacia el Estado, superando el 70%.

Nunca está de más recordarlo: uno de los principales atributos de la opinión pública es, parafraseando al influyente sociólogo polaco Zygmunt Bauman, la “liquidez”.

El Estado frente a la crisis

Hoy parece haber un consenso generalizado en torno a que los Estados son imprescindibles para abordar las situaciones de crisis derivadas de la pandemia. En países como la Argentina, la rápida reacción del gobierno nacional y las medidas que se tomaron en conjunto con populosos distritos como la Ciudad de Buenos Aires y la provincia de Buenos Aires lograron cumplir la primera meta propuesta: aplanar la curva de contagios. Parece una tarea sencilla, pero no fue alcanzada por la mayoría de los países, incluso muchos de ellos considerados entre los “desarrollados”, que registran un aumento exponencial de contagios y muertes.

Los países que demoraron las decisiones extremas en el marco de la pandemia están hoy viendo los lacerantes resultados de dicho letargo y tomando –obligadamente- decisiones que antes habían ignorado, minimizado, y hasta ridiculizado. Tales son los casos emblemáticos de Italia, Inglaterra, Brasil y Estados Unidos, solo por citar algunos ejemplos.

Pero la crisis se aceleró, las consecuencias son cada vez más impredecibles, y hoy países como Francia con Emmanuel Macron al frente tienen que tomar medidas que van en contra de lo que venían sosteniendo tanto en lo discursivo como en la práctica. Se trata de apoyos financieros, subsidios no sólo a empresas sino a personas físicas, bonos, y otros estímulos propios de una política económica neokeynesiana. La conservadora Merkel apela a la “solidaridad colectiva”, y en Brasil el ultraliberal ministro de economía, Paulo Guedes, comienza a adoptar una suerte de keynesianismo de emergencia, lo que implica lisa y llanamente, movilizar las capacidades del Estado.

Incluso en Estados Unidos, Donald Trump –acorralado en un año electoral atípico- aceleró estas medidas, emitiendo subsidios directos para ciertos sectores de la población en formato de cheques que llevan estampada su propia firma.

Está claro que la situación parece haber superado dicotomías propias de otras épocas y que, muy probablemente ya nada vuelva a ser lo mismo. Quizás sea la ocasión propicia para saldar esa vetusta grieta y reafirmar el rol central de un Estado eficiente, transparente y dotado de capacidades para la toma de decisiones en diversas materias -incluida la económica- no niega la coexistencia y fomento de una economía capitalista con empresas tan vitales y dinámicas como socialmente responsables.

Las dicotomías suelen ser más efectivas como estratagemas discursivas que como forma de dirimir decisiones políticas. Después de esta crisis queda claro que el estado no ha dejado y puede seguir estando en el centro de la escena. Pero no cualquier Estado. La discusión pasará por dotarlo de mayor transparencia y eficiencia para afrontar las necesidades que surgirán después del temporal, entre las cuales sin duda estarán la profundización de las desigualdades y el crecimiento de la pobreza.

*Sociólogo, consultor político y autor de “Comunicar lo local” (Parmenia 2019)


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