Francisco nos dice que afirmemos la esperanza

El Papa Francisco encabeza la misa para la Vigilia antes de Pascua en una Basílica de San Pedro vacía por las medidas de confinamiento para evitar los contagios de coronavirus. April 11, 2020.   Vatican Media/Handout via REUTERS
El Papa Francisco encabeza la misa para la Vigilia antes de Pascua en una Basílica de San Pedro vacía por las medidas de confinamiento para evitar los contagios de coronavirus. April 11, 2020. Vatican Media/Handout via REUTERS

¿Qué celebramos el domingo de Pascua?

El pueblo judío vivía en Egipto, en tierras que no eran de ellos, donde fueron esclavizados por el Faraón. Era un pueblo creyente e imploraron a Dios que los ayude. Dios los oyó y encomendó a Moisés, un pastor que estaba en Israel, que condujera al pueblo en su éxodo de Egipto a la tierra prometida y en esa encomienda Dios lo fue guiando. El Faraón se opuso y Moisés siguiendo las indicaciones puntuales del Señor y su ayuda concreta -las siete plagas -llevó al pueblo a la Tierra Prometida. Ese paso de la esclavitud a la liberación es la fiesta de la Pascua judía. Jesús y sus apóstoles también festejaban el Pésaj y así fue que Jesús la noche antes de su muerte -14 de Nisán- anuncia la ofrenda de su vida.

Unas horas después de la Última Cena será entregado, apresado, juzgado y condenado a morir en la Cruz como lo había predicho y resucita el domingo -15 de Nisán-, como también lo había anunciado.

Pero vayamos un poco más atrás en la Semana Santa.

Jesucristo es aclamado

La Semana Santa se inicia el domingo de Ramos. Jesús está en Betania y Betfagé y desde ahí, se procura un burrico sobre el que ingresa a Jesusalem, donde es aclamado por la gente como el Salvador. Este acto hace reaccionar a los fariseos y estos que preparan manipulando la opinión del pueblo, haciéndole creer que Jesús era un impostor.

Jesús echa a los mercaderes

El lunes Jesús cenó en la casa de Lázaro y al día siguiente llegó a Jerusalén. “Llegaron a Jerusalén; y entrando Jesús en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo; volcó las mesas de los que cambiaban el dinero y los asientos de los que vendían las palomas, y no permitía que nadie transportara objeto alguno a través del templo. Y les enseñaba, diciendo: «¿No está escrito: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”? Pero ustedes la han hecho cueva de ladrones». Los principales sacerdotes y los escribas oyeron esto y buscaban cómo destruir a Jesús, pero le tenían miedo, pues toda la multitud estaba admirada de Su enseñanza” (Marcos (11:15-18).

Jesucristo anuncia la traición

Cuenta el evangelista “que Jesús reunido con los discípulos les dijo:

-«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar».

-«Señor, ¿quién es?» le pregunta Simón Pedro.

Le contestó Jesús:

-«Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».

Y untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:

-«Lo que tienes que hacer hazlo en seguida».

…Cuando salió, dijo Jesús:

…Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: Donde yo voy, vosotros no podéis ir».

Simón Pedro le dijo:

-«Señor, ¿a dónde vas?»

Jesús le respondió:

-«Adonde yo voy no me puedes acompañar ahora, me acompañarás más tarde».

Pedro le dijo a Jesús:

Daré mi vida por ti».

Jesús le contestó:

-«¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces».” (Juan 13, 21-33 36-38).

Jesucristo en la Última Cena

Relata San Lucas que “cuando llegó la hora, Jesús y sus apóstoles se sentaron a la mesa. Entonces les dijo:

—He tenido muchísimos deseos de comer esta Pascua con ustedes antes de padecer, pues les digo que no volveré a comerla hasta que tenga su pleno cumplimiento en el reino de Dios.

Luego tomó la copa, dio gracias y dijo:

—Tomen esto y repártanlo entre ustedes. 18 Les digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios.

También tomó pan y, después de dar gracias, lo partió, se lo dio a ellos y dijo:

—Este pan es mi cuerpo, entregado por ustedes; hagan esto en memoria de mí.

De la misma manera tomó la copa después de la cena, y dijo:

—Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por ustedes.” (Lc 22:7-20)

De esta forma instituye la Eucaristía de tal modo de permitirnos compartir el Cordero de Dios.

Jesucristo es detenido, juzgado y condenado a morir en la Cruz

Cinco días después de la entrada gloriosa de Jesús a Jerusalen, habiendo sido apresado y condenado por el Tribunal de sacerdotes, fue llevado ante el procurador Poncio Pilato. Este sometió el veredicto a la multitud y esta manifestó a gritos en dos oportunidades que liberaran a Barrabás, un vulgar criminal y crucificaran a Jesús. Y ante el griterío de la opinión popular manipulada por los fariseos confirmó la condena.

Jesucristo muere crucificado

Y ese viernes Jesús condenado, coronado de espinas, flagelado, blasfemado, y de quien se burlaron, cargó la cruz y -ayuda mediante del Cirene- llegó al lugar llamado Gólgota -de la calavera- y fue crucificado. Sus últimas palabras fueron: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. El Hijo de Dios -ese Dios humano, al que le gustó disfrutar de la vida, padeció el sacrificio y lo ofrendó por amor. Lo hizo hasta el fin por nosotros para ser “el cordero que quita los pecados del mundo” y antes de partir creó la Eucaristía para que podamos sentarnos a su mesa y compartirlo.

Y después de dar ese testimonio magistral resucitó entre los muertos para estar presente entre nosotros como un solo Dios trinitario. Hoy festejamos aquella resurrección que se conmemora en el mundo a cada momento.

Francisco anoche nos dijo que afirmemos la esperanza

“No tengas miedo -dijo en la celebración de la Vigilia- no tengas miedo: aquí está el anuncio de la esperanza. Es para nosotros hoy. Estas son las palabras que Dios nos repite en la noche que estamos pasando. Esta noche conquistaremos un derecho fundamental, que no nos será quitado: el derecho a la esperanza. Es una esperanza nueva y viva que proviene de Dios. No es un mero optimismo, no es una palmada en la espalda o un estímulo de las circunstancias. Es un regalo del cielo, que no pudimos obtener nosotros mismos”.

“Si en el camino eres débil y frágil, si caes, no temas, Dios te tiende la mano y te dice ánimo y nos invita a decirle a Jesús, para superar nuestros miedos: ‘Ven, Jesús, en medio de mis miedos, y dime también ánimo. Contigo, Señor, seremos probados, pero no turbados, porque Tú estás con nosotros en la oscuridad de nuestras noches, eres certeza en nuestras incertidumbres, palabra en nuestros silencios, y nada podrá nunca robarnos el amor que nos tienes’”.