Algo más que apagar incendios

El Gobierno prorrogó el aislamiento obligatorio hasta el 13 de abril (REUTERS/Agustin Marcarian)
El Gobierno prorrogó el aislamiento obligatorio hasta el 13 de abril (REUTERS/Agustin Marcarian)

Uno de los dramas del coronavirus es que nos encuentra sin una clase dirigente unida y con visión de largo plazo. En efecto, una de las principales tareas que les corresponde a los dirigentes es pensar más allá de la coyuntura y elaborar planes que le permitan a la sociedad enfrentar escenarios poco probables pero posibles, como es una pandemia. Naturalmente, estos escenarios no despiertan el interés del ciudadano común, que debe lidiar diariamente con un sinnúmero de preocupaciones. El pensamiento y el accionar estratégico son, por lo tanto, responsabilidad de la dirigencia.

La historia reciente de la Argentina ha sido, en parte, una sucesión de crisis políticas y económicas. No debe extrañarnos entonces que nuestra dirigencia política, empresarial, sindical, y hasta intelectual, se haya adaptado a esta realidad. Terminó así desarrollando habilidades que le permiten “apagar incendios”, pero descuidó la generación de consensos básicos y la implementación de políticas en áreas estratégicas como la defensa nacional, la política exterior y las políticas fiscales.

Si no modificamos esta mirada de corto plazo, el coronavirus puede transformarse en un instrumento que algunos sectores utilizarán para atacar a otros (políticos a empresarios, empresarios a políticos, etc.). Por lo contrario, la salida de la crisis actual reside en que estos sectores comiencen a coordinar sus acciones. Tomemos el caso de la economía. Si queremos evitar que crezca el desempleo o que quiebren miles de empresas, el sector empresarial, sindical y el propio Gobierno tienen que estar dispuestos a ceder recursos durante una negociación. Una vez más, la solución se encuentra en la unidad y no en la grieta.

¿Pero, dadas las circunstancias actuales, cómo puede ayudarnos el pensamiento estratégico? Me gustaría compartir algunas de las lecciones que aprendí dictando, junto a Lucio Castro, un curso sobre Estrategia Argentina en la Universidad Austral.

La primera lección consiste en que las medidas técnicas deben estar subordinadas a las decisiones políticas. Esto resulta particularmente claro en el área de defensa, ya que, como lo muestra la experiencia argentina durante la Guerra de Malvinas, la falta de una autoridad civil capacitada para sopesar los distintos aspectos que hacen a un conflicto internacional -más allá de lo puramente militar- nos terminó perjudicando. Como sostenía Otto Von Clausewitz, “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Pero esta misma lógica también puede aplicarse a otras áreas de gobierno.

Por ejemplo, los argumentos puramente económicos y sanitarios que escuchamos respecto al coronavirus deben formar parte de una estrategia más amplia. Esto significa que los líderes políticos tienen la responsabilidad de evaluar la pérdida de vidas causada por la pandemia. pero también las consecuencias económicas y sociales que tendría el colapso del sector productivo. Sin lugar a duda este es un gran desafío, especialmente si consideramos la incertidumbre que reina respecto a la naturaleza misma del virus.

En segundo lugar, cualquier plan que se termine adoptando debe tener en cuenta las restricciones que enfrenta nuestro país (en términos de recursos económicos, pero también sociales y de seguridad). Caso contrario, corremos el riesgo que la estrategia adoptada no sea sostenible en el tiempo.

Tenemos que ser conscientes, asimismo, de que las medidas que adoptemos como país afectarán a otras naciones y viceversa. Esto es especialmente cierto en un mundo tan integrado como el actual. No alcanza entonces con cerrar las fronteras, sino que también habrá que compartir información, colaborar con la Organización Mundial de la Salud y ayudarnos mutuamente. Cuando esta crisis pase, una de las prioridades de la política exterior argentina debería ser ayudar a impulsar un multilateralismo que, de manera realista, coordine más eficientemente el accionar de los Estados.

Por último, si bien nunca debemos perder de vista cuál es el objetivo final, tenemos que ser suficientemente flexibles para cambiar nuestras tácticas cuando las circunstancias varíen. Habrá por lo tanto que estar atentos a la evolución de infectados, la aparición de nuevas medicinas y la situación de nuestra economía.

Pensando a futuro, quizás la principal lección que nos deje la pandemia es la necesidad de contar con una clase dirigente capaz de pensar estratégicamente. El shock externo causado por el coronavirus no será el último. Es por lo tanto responsabilidad del Estado nacional y de la sociedad civil (universidades, fundaciones de políticas públicas…) analizar futuros escenarios (crisis migratorias y económicas, un conflicto entre las potencias, nuevas pandemias…) e implementar planes para evitar y mitigar sus posibles efectos.

Esto solamente sucederá si nuestros dirigentes (especialmente los más jóvenes) comienzan a desarrollar lazos de confianza y a elaborar una visión de país que les permita compartir ciertos ciertos lineamientos básicos. La unión hace la fuerza.

El autor es secretario general del CARI y global fellow del Wilson Center.



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