El rol de la oposición en democracia

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En las últimas horas circuló un mensaje de la ex gobernadora María Eugenia Vidal, con motivo de la pandemia que azota al mundo. En este, se la podía escuchar decir: “Poner nuestra parte es acompañar y apoyar las decisiones del presidente, de los gobernadores, de cada intendente”. En el mismo tono, según información que se replicó en los principales diarios argentinos, el resto de la cúpula dirigencial de la ex coalición de gobierno Cambiemos también decidió bajar el tono a cualquier disenso para con la estrategia del manejo de la crisis de la dupla Fernandez-Kicillof. La estrategia se resume en alinearse y fundirse acríticamente en las decisiones del otro.

Los argentinos conocemos estos momentos hasta el hartazgo. Podemos hallarlos en la víspera de la guerra de Malvinas, en los meses y años posteriores a la debacles económicas y políticas de 1989 y de 2001, y en cualquier otra circunstancia en la cual la crisis de turno pareciera justificar la necesidad de anular el debate y evaporarse detrás de la decisión del poder de turno. Lo grave es que después de tantos años no hayamos comprendido que la democracia en tiempos de emergencia demanda todo lo contrario: tal vez unión en pos de un fin común, pero nunca unanimidad.

La salud de la democracia y su fortaleza radican tanto en el consenso como en el disenso. La dirigencia política argentina pareciera no distinguir entre acompañar y callar.

La exigencia de la rendición de cuentas supone un juego de frenos y contrapesos entre instituciones del Estado y entre gobierno y oposición. La emergencia no puede borrar esta sana y necesaria tarea que le corresponde a quienes han elegido transitar la profesión política. No extrañe luego el rechazo de los ciudadanos por sus políticos.

Pero si analizamos la misma situación ya no desde el deber ser institucional, sino desde ese terreno propio del maquiavelismo político, el error sigue siendo igual de grave. Miguel Ángel Pichetto, sin ir más lejos, no pierde oportunidad de decir en cada entrevista o mitin político al que lo convocan que la grave falla política del gobierno anterior fue no saber comunicar ni hacer pedagogía. Porque si la respuesta simplista que esgrimen algunos hoy para este silencio opositor -que llega al absurdo de hasta negarse a sesionar en el Congreso- es que cuando el clamor popular pide encolumnarse con el súper héroe de turno, hoy Alberto Fernandez, no hacerlo es pagar un costo político enorme, esta respuesta sigue siendo cuando menos sumamente deficiente.

De fondo se comportan como si hubiesen olvidado que un verdadero político no es aquel que dice lo que el pueblo quiere escuchar (como pareció ser la estrategia cambiemita durante casi una década con el ya tristemente recordado “yo te escucho”), sino por el contrario, se trata de lograr asertivamente que el pueblo escuche lo que el político tiene para decir. Y en estas circunstancias es mucho lo que hay que decir y hacer, ejerciendo el rol de proponer, interpelar y controlar, que un 40% de la población demandó en las urnas hace pocos meses atrás, en octubre de 2019.

En estos días, todos parecen olvidarse muy fácilmente que el peronismo lleva en su ADN un gen autoritario. Y como dijo por ahí el escritor español Arturo Pérez Reverte, “en un mundo sin líderes, cuando esto pase y lleguen las consecuencias, habrá negocio para demagogos, oportunistas y canallas”. Esperemos que esta vez la democracia argentina, y nosotros como ciudadanos, estemos mejor preparados para hacer frente a los embates que nos aguardan. Evidentemente, nuestros dirigentes no lo están.


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